miércoles, 18 de octubre de 2017

NO TAN ALTO - Pablo Neruda


 

NO TAN ALTO

 

De cuando en cuando y a lo lejos
ay que darse un baño de tumba.

 
Sin duda todo está muy bien
y todo está muy mal, sin duda.

 
Van y vienen los pasajeros,
crecen los niños y las calles,
por fin compramos la guitarra
que lloraba sola en la tienda.

 
Todo está bien, todo está mal.

 
Las copas se llenan y vuelven
naturalmente a estar vacías
y a veces en la madrugada,
se mueren misteriosamente.

 
Las copas y los que bebieron.
 

Hemos crecido tanto que ahora
no saludamos al vecino
y tantas mujeres nos aman
que no sabemos cómo hacerlo.

 
Qué ropas hermosas llevamos!
Y qué importantes opiniones!

 
Conocí a un hombre amarillo
que se creía anaranjado
y a un negro vestido de rubio.

 
Se ven y se ven tantas cosas.

 
Ví festejados los ladrones
por caballeros impecables
y esto se pasaba en inglés.
y ví, a los honrados, hambrientos,
buscando pan en la basura.

 
Yo sé que no me cree nadie.
Pero lo he visto con mis ojos.

 
Hay que darse un baño de tumba
y desde la tierra cerrada
mirar hacia arriba el orgullo.

 
Entonces se aprende a medir.
Se aprende a hablar, se aprende a ser.
Tal vez no seremos tan locos,
tal vez no seremos tan cuerdos.
Aprenderemos a morir.
A ser barro, a no tener ojos.
A ser apellido olvidado.

 
Hay unos poetas tan grandes
que no caben en una puerta
y unos negociantes veloces
que no recuerdan la pobreza.
Hay mujeres que no entrarán
por el ojo de una cebolla
y hay tantas cosas, tantas cosas,
y así son,  y así no serán.

 
Si quieren no me crean nada.
 

Sólo quise enseñarles algo.

 
Yo soy profesor de la vida,
vago estudiante de la muerte
y si lo que sé no les sirve
no he dicho nada, sino todo.
 

Pablo Neruda.

martes, 17 de octubre de 2017

CANCIÓN DEL DIOS DE LA FORTUNA - Bertolt Brecht


 
CANCIÓN DEL DIOS DE LA FORTUNA

 
(dedicada a M.S.)

 
 
Amigos, cuando os echo los dados
sucede que me dan escalofríos
pues al malo le basta con el nervio,
pero el sincero necesita suerte.

 
Y, siento eso así, en mi oficio
se dice, darse prisa
te estira las manos; en una pezuña
nada puedo escanciar.

 
Con mi vista engañosa
a menudo he regalado al traidor
vino y pan blanco, y comida con carne
se ha desperdiciado en ese tipo.

 
Me mato trabajando hasta que toso y sudo
y no logro hacerle feliz;
ando buscando el chiste más picante
pero él no logra reír.

 
Entre nosotros, me gusta tomar partido
a favor de los espíritus inquietos;
les regalo con una mueca un huevo podrido
y entonces encuentro a mi maestro.

 
Ay, para la vida me encanta suministrar
un barco y no sólo un puerto.
¡Amigos, no sólo no aceptéis a ningún amo,
sino tampoco a ningún esclavo!
 

Amigos, luego os haré gracias con vuestras penas
y cicatrices elegantes con vuestras heridas.
Sí, los descarados, esos
son mis clientes preferidos.
 

Amigos, soy un Dios barato
¡y hay tantos caros!
Si a ellos les sacrificáis las uvas del tarro,
¡sacrificadme a mí solo el vinagre!

 
Bertolt Brecht

 

domingo, 15 de octubre de 2017

DESEO - Luis Cernuda



DESEO


 
Por el campo tranquilo de septiembre.
Del álamo amarillo alguna hoja,
como una estrella rota,
girando al suelo viene.

 
Si así el alma inconsciente,
Señor de las estrellas y las hojas,
fuese, encendida sombra,
de la vida a la muerte.

 
Luis Cernuda

 

A UNA MADONA - Charles Baudelaire


 
A UNA MADONA

 

 
Yo quiero erigir para ti, Madona, mi amante,
un altar subterráneo en el fondo de mi angustia,
y cavar en el rincón más negro de mi corazón,
lejos del deseo mundanal y de la mirada burlona,
un nicho de azur y de oro todo esmaltado,
donde tú te erigirás, Estatua maravillosa.
Con mi Versos pulidos, enmallados por un puro metal
sabiamente constelado de rimas de cristal,
yo haré para tu cabeza una enorme Corona;
y de mis Celos, oh Mortal Madona,
yo sabré cortarte un Manto, de manera
bárbara, tieso y pesado, y forrado de sospechas,
que, como una garita, encerrará tus encantos;
no de Perlas bordado, ¡sino de todas mis Lágrimas!
Tu Ropa, será mi deseo, trémulo,
ondulante, mi Deseo que sube y que desciende,
en las cimas meciéndose, en los valles reposando,
y reviste con un beso de todo tu cuerpo blanco y rosado.
Yo te haré de mi Respeto, hermosos Escarpines
de raso, para tus pies Divinos humillados,
que, aprisionándolos en un muelle abrazo,
cual un molde fiel conservarán la impronta.
Si yo no puedo, malgrado todo mi arte diligente,
por peana tallar una Pluma de plata,
p0ndré la Serpiente que me muerde las entrañas
bajo tus talones, a fin de que tu pises y te mofes,
Reina victoriosa y fecunda en redenciones,
este monstruo hinchado de odio y de salivazos.
Tú verás mis Pensamientos, alineados como los Cirios
ante el altar florido de la Reina de las Vírgenes,
estrellando el cielorraso pintado de azul,
mirándote siempre con ojos de fuego;
y como todo en mí te quiere y te admira,
todo se hará Benjuí, Incienso, Olíbano, Mirra,
y sin cesar hacia ti, cumbre blanca y nevada,
en Vapores ascenderá mi Espíritu tempestuoso.
Finalmente, para completar tu papel de María,
y para mezclar el amor con la barbarie,
¡Negra Voluptuosidad! De los siete Pecados capitales,
verdugo lleno de remordimientos, yo haré siete Puñales
bien afilados, y, como un juglar insensible,
¡Tomando lo más profundo de tu amor por blanco,
¡Yo los plantaré a todos en tu Corazón jadeante,
en tu Corazón sollozante, en tu Corazón sangrante!
 
Charles Baudelaire

sábado, 14 de octubre de 2017

INSISTENCIA DE LLUVIA - Germán Pardo garcía


INSISTENCIA DE LLUVIA

 

Lluvia sobre la tierra. Lluvia con insistencia
de inextinguible llanto.
Al Norte, al Sur, al Este del espíritu, al hidrópico Oeste,
la vida toma la semejanza de un cementerio acuático.
El huracán emboca despedazadas cornamusas
y lanza un grito largo.
A través de la lluvia insistente
se ven pájaros
absortos  como números de un infierno de hielo.
La lluvia llueve sobre sí misma,
cual una inmensa angustia sobre un gran desamparo.
Vertiginosos arcángeles
vuelan sobre el estrago
del  mundo con un ruido de gigantescas mariposas.
La noche inunda al día con la noche y el día
se desborda en la noche diluvial sollozando.

 
La lluvia fluye densa, tenaz e innumerable.
Llueve al Sur. Llueve al Ese del espíritu y al hidrópico Norte.
Diluvio. Diluvio. Diluvio compacto,
hasta que al fin la tierra
cae humillada ante el huracán,
mientras los árboles sin raíces huyen desesperadamente
detrás de los montes que huyen,
y las palmeras se desanudan los cabellos envilecidos
como vírgenes que enloquecieron de dolor.
 

Germán Pardo García

jueves, 12 de octubre de 2017

LA MUERTE DE LOS AMANTES -Charles Baudelaire


LA MUERTE DE LOS AMANTES

 

Poseeremos lechos colmados de aromas.
Y como sepulcros, divanes hondísimos,
a insólitas flores sobre las consolas que estallaron,
siendo nuestras, en cielos más cálidos.

 
Avivando al límite postreros ardores,
serán dos antorchas ambos corazones,
que, indistintas luces, se reflejarán,
en nuestras dos almas, un día gemelas.

 
Y, en fin, una tarde rosa y azul místico,
intercambiaremos un solo relámpago,
igual a un sollozo grávido de adioses.

 
Y más tarde, un Ángel, entreabriendo puertas
vendrá a reanimar, fiel y jubiloso,
los turbios espejos y las muertas llamas.

 
Charles Baudelaire

miércoles, 11 de octubre de 2017

AL PIE DESDE SU NIÑO - Pablo Neruda


 
AL PIE DESDE SU NIÑO

 

 
El pie del niño aún no sabe que es pie,
y quiere ser mariposa o manzana.

 
Pero luego los vidrios y las piedras,
las calles, las escaleras,
y los caminos de la tierra dura
van enseñando al pie que no puede volar,
que no puede ser fruto redondo en una rama.
El pie del niño entonces
fue derrotado, cayó
en la batalla,
fue prisionero,
condenado a vivir en un zapato.

 
Poco a poco sin luz
fue conociendo el mundo a su manera,
sin conocer el otro pie, encerrado,
explorando la vida como un ciego.

 
Aquellas suaves uñas
de cuarzo, de racimo,
se endurecieron, se mudaron
en opaca substancia, en cuerno duro,
y os pequeños pétalos del niño
se aplastaron, se desequilibraron,
tomaron formas de reptil sin ojos,
cabezas triangulares de gusano.
Y luego encallecieron,
se cubrieron
con mínimos volcanes de la muerte,
inaceptables endurecimientos.

 
Pero ese ciego anduvo
sin tregua, sin paras
hora tras hora,
el pie y el otro pie,
ahora de hombre
o de mujer,
arriba,
abajo,
por los campos, las minas,
los almacenes y los ministerios,
atrás,
afuera, adentro,
adelante,
este pie trabajó con su zapato,
apenas tuvo tiempo
de estar desnudo en el amor o el sueño,
caminó, caminaron
hasta que el hombre entero se detuvo.

 
Y entonces a la tierra
bajó y no supo nada,
porque allí todo y  todo estaba oscuro,
no supo que había dejado de ser pie,
si los enterraban para que volara
o para que pudiera
ser manzana.

 
Pablo Neruda

 

 

lunes, 9 de octubre de 2017

Y NO ME DIGAN NADA - César Vallejo


 
Y NO ME DIGAN NADA

 

Y no me digan nada,
que uno puede matar perfectamente,
ya que, sudando tinta,
uno hace cuanto puede, no me digan…

 
Volveremos, señores, a vernos con manzanas;
tarde la criatura pasará,
la expresión de Aristóteles armada
de grandes corazones de madera,
la de Heráclito injerta en la de Marx,
la del suave sonando rudamente…
Es lo que bien narraba mi garganta:
uno puede matar perfectamente.

 
Señores,
caballeros, volveremos a vernos sin paquetes;
hasta entonces exijo, exijiré de mi flaqueza
el acento del día, que,
según veo, estuvo ya esperándome en mi lecho.
Y exijo del sombrero la infausta analogía del recuerdo,
ya que, a veces, asumo con éxito mi inmensidad llorada,
ya que, a veces, me ahogo en la voz de mi vecino
y padezco
contando en maíces los años,
cepillando mi ropa al son de un muerto
o sentado borracho en mi ataúd…

 
César Vallejo

 

domingo, 8 de octubre de 2017

CANCIÓN DEL PAN - Germán Pardo García



CANCIÓN DEL PAN

 

Pan nuestro,
de cada jornada, de todo momento.

 
Pan nuestro, formado
de un trigo sangriento, sembrado
en surcos de pena y rencor.
Pan nuestro que moja el dolor.
Pan nuestro con sangre amasado.

 
Yo te he visto, lejos de la alegría.
Caer entre las bocas lívidas
de los hombres que nunca han el ruego
ni en los ojos el rastro que deja la súplica.
Pan nuestro, comido ante el fuego
del tugurio, en las noches sin fin
en que azota cual látigo el viento.
 

Pan nuestro,
de cada jornada, de todo momento:
Eres sangre, eres Vida y Espíritu.
Eres sangre y espíritu nuestro.

 
Bien haya el que lejos del júbilo
te como y te llama pan único.
Bien haya el que siempre te ha hallado
en su vida, en su mano capaz
con sangre sagrada mojado.
 

Pan nuestro, que deja brotar el Dolor
en surcos de pena y rencor.

 
Bien haya el que dobla su frente hacia el surco
y te encuentra y te arranca y te amasa
y te come llamándote único,
porque, ¡oh pan doloroso, oh pan nuestro
de cada jornada y de todo momento!
¡Eres sangre, eres Vida y Espíritu!
¡Eres sangre y espíritu nuestro!

Germán Pardo García 
De “Voluntad”

jueves, 5 de octubre de 2017

CUANDO ALGUIEN SE NOS MUERE - Olga Orozco



CUANDO ALGUIEN SE NOS MUERE

                                                     Poema a Eduardo Bosco

Fue necesario el grave, solitario lamento del viento entre los árboles,
para que tú supieras más que nadie ese desesperado resonar,
ese rumor sombrío con que pueden decirse las palabras
cuando de nada vale su fugaz melodía,
cuando en la soledad -la única apariencia verdadera -,
contemplamos, callando, los seres y los tiempos que fueron en nosotros
irrevocables muertes cuyos nombres no sabremos jamás.

Fue necesario el ocio de aquellas largas noches
que minuciosamente ordenaste en recuerdos, memorioso,
para que tú pasaras sosteniendo la sombra con tu sombra,
apenas presentida por los días,
con tu misma pausada palidez demorándose aún después de haberte ido,
porque era tu adiós la despedida última,
la última señal que acercaba los sueños desde el incontenible amanecer.

Fue necesario el lento trabajo de los años,
su rápido fulgor, su mustio decaer entre pesados muros
que sólo levantaron respuestas de ceniza a tu llamado
para que tú miraras largamente tus despojadas manos
como una llanura donde los vientos dejan polvaredas mortales,
mientras disponen, lejos,
la tempestad que arrase desmedida su sediento destino.

Fue necesario todo lo que fuimos contigo,
lo que somos contigo del lado de los llantos,
para saber, viviendo, cuánta sorda tiniebla te asediaba
y encontrarnos, después,
Con el transido resplandor del aire que dejaste muriendo.

Porque todo este tiempo
es el innumerable testigo que nos trae las mismas evidencias,
aquello en lo que fuiste cuanto eras, de una vez para siempre:
acostumbrados gestos,
ciertos ritos que cumpliera tu sangre sumisa a la memoria,
esos nocturnos pasos acercando los campos
donde la luz es sólo un repetido comienzo de penumbras,
las remotas paredes, las efímeras cosas a las que retornabas
con la triste paciencia de quien guarda afanoso, en la mirada,</P>
paisajes habituales que más tarde
aliviarán el peso de las horas en sabido destierro.

Tú pedías tan poco.
Apenas si anhelas un tranquilo vivir que prolongara la duración de tu alma
en idéntico amor,
en radiante amistad, en devoción sagrada
por gentes que existieron con la simple nobleza de la tierra,
sin glorias ni ambiciones.
Tú amabas lo inmortal, lo grandioso terrestre.

Mas no pudo el débil llamado de tu vida contra pesadas puertas
aposentos malditos, épocas miserables
donde la dicha duerme sordamente su legendario olvido-,
nada tu lejanía contra las invencibles mareas de lo inútil,
nada tu juventud contra ese rostro
que entre desalentadas rebeldías, nostalgias y furiosas pesadumbres,
infatigablemente se asomó a tus desvelos;
y unas noche sentimos dentro del corazón un ronco oleaje,
amargamente vivo,
en el preciso sitio donde ardía en nosotros,
como nosotros mismos duradera,
tu callada grandeza.

Ahora estamos más solos por imperio de muerte,
por un cuerpo ganado como un palmo de tierra por la tierra baldía,
recobrando al conjuro del más lejano soplo
realidades perdidas en lo más olvidado de los antiguos días,
imágenes que juntos traspasamos, que juntos nos esperan;
porque no es el recuerdo del pasado dispersos ademanes
-hojarascas y ramas que encendemos
para llorar al humo de una lánguida hoguera-,
sino fieles señales de una región dormida que aguarda nuestro paso
con las huellas de antaño suspendidas como eternos ropajes.

No es por decir, Eduardo, cuando alguien se nos muere,
no hay un lugar vacío, no hay un tiempo vacío,
hay ráfagas inmensas que se buscan a solas, sin consuelo,
pues aquí, y más allá,
tanto de lo que él fue respira con nosotros la fatiga del polvo pasajero,
tanto de lo que somos reposa irrecobrable entre su muerte
que así sobrevivimos
llevando cada uno una sombra del otro por los distantes cielos.
Alguna vez se acercarán,
Entonces, cuando estemos contigo para siempre,
Últimos como tú, como tú verdaderos.


Olga Orozco

 

TRAICIÓN - Germán Pardo García


TRAICIÓN

 

¡El oculto ignorar fue mi castigo!
¡No supe nunca lo que adentro fuera!
¡Al blondo ciervo lo llamé pantera
y al gavilán destazador amigo!

 
¡De yermos columbarios al abrigo,
fui el que le rinde culto a la huesera!
¡El que sembró de sal su primavera
Y en la abundancia padeció mendigo!

 
¡Di mi pasión y me negué un abrazo!
¡Entre azucenas me volví cetrino!
¡Amé el fogón más olvidé el lucero!

 
¡Como al can que arrastran con un lazo
y en agria hostilidad por un  camino,
para mi propio ser fui traicionero!

 
Germán Pardo García

martes, 3 de octubre de 2017

SÍMBOLOS - Germán Pardo García


SÍMBOLOS

 

Es la pequeña lágrima
que ha debido verterse,
y no cayó jamás,
y entonces se convierte
en contenida lluvia
que refugió en los ojos
la sal de sus silencios
y el odio de sus peces,
y está luchando en noches
atlánticas sin días,
por derramarse inmensa
de sus bastiones áridos
y sus miradas verdes.

 
Y es la palabra noble
de sílabas ardientes
que no se dijo nunca,
y entonces se convierte
en interior escándalo;
en hiel de la garganta
y en piedra de los dientes,
y martiriza y clama
sin sosegar, y vuelve
a clamar, a clamar,
y a clamar, y a clamar,
hasta romper los tímpanos
y calcinar los labios,
por laberintos sólidos
y bóvedas de nieve.

 
Y es el amor intenso,
de púrpuras que duelen,
aquel amor sin nombre
que no se amó jamás,
y entonces se convierte
en insondable réprobo
que agarra y estremece
la luz de los barrotes
de su prisión sin hálitos,
y golpea y golpea
sin cesar en los muros,
hasta herirse los puños
y sangrar de las sienes.
Y grita y grita y grita
contra el pecho con lapidas,
y consume crepúsculos
y tinieblas y límites,
y está sintiendo siempre
trepidar de motores
en los pulsos que avanzan
cual un potro con látigos;
como las sordas hélices
de un avión que se lanza
sin poder elevarse;
como  eléctrico timbre
de una casa entre ruinas
donde nadie responde.
Y así clamando siempre
y acumulando siempre
la lágrima que nunca
se derramó y las sílabas
que no se dicen nunca.
Hasta que al fin destruye
los diques y se arroja
colérico y proscrito,
rompiendo las paredes,
derribando las cárceles,
las columnas, los túmulos,
dejando, fugitivo,
timones y maderas;
despojos y cadáveres
de corazones náufragos,
y escamas de sirenas
y escorzos  de querubes,
que huyeron en la sombra
con inaudible estrépito,
por una eternidad.

 
Germán Pardo García
De “Sacrificio”

domingo, 1 de octubre de 2017

EL VENDEDOR DE FRUTAS Y PÁJAROS -German Pardo Garcia


EL VENDEDOR DE FRUTAS Y PÁJAROS

 

Yo soy ese hombre vendedor de frutas
que en las ciudades a las puertas llama,

 
con su pequeño carro y su burrito
y un pregón musical para que le abran.

 
oídme lo que digo, gentes duras,
escuchad mi pregón y mis parábolas:

 
Vengo del monte, de los campos vivos.
soy un fruticultor de la montaña.

 
Vendo liebres y tórtolas, limones
y ramas de malvón, vendo naranjas.

 
Ofrezco almíbar de ciruelas rojas
y blando betabel, vendo guanábanas.

 
Nísperos doy y fresas y aceitunas
y flores de amarilla calabaza.

 
Vendo zenzontles, lirios y turpiales
y un mirlo arrullador en esta jaula.

 
Venid, llegad a mi silbante fronda
que en la ciudad ensombrecida avanza.

 
Vendo membrillos, uvas y frambuesas.
acudid a comprar, vendo manzanas.

 
Pero nadie me escucha y estoy solo.
¿Qué se hicieron los niños que compraban

 
mis pájaros azules, mis ramitos
de arrayanes y todas mis castañas?

 
Me siento solo en la ciudad oscura.
Cambiaré mi pregón: ¡vendo esperanza!

 
Vendo alegría para el mundo, vendo
ternura y amistad para las almas.

 
¿Quién recibe un manojo  de ternura?
¿Quién quiere conocer esta abundancia

 
cristalina que llevo entre las manos,
y que amistad y corazón se llama?

 
Vendo espíritu puro, vendo brisas.
Soy un apicultor de las montañas.

 
Pero nadie me escucha mis pregones
se estrellan contra el muro de las casas.

 
La ciudad en las brumas no recuerda
que soy su antiguo compañero. Hay caras

 
desconocidas para mí y se nublan
cuando paso, portones y ventanas.

 
Vendo frutas recientes, las más dulces,
y alcatraz y laurel y remolacha.

 
El eco imperceptible me responde.
Nadie más… y mi espíritu se apaga.

 
Voy a brindar la miel de mis colmenas
a las tímidas liebres y a las cabras,

 
y mis primicias de algodón al nido
del colibrí y a las palomas blancas.

 
La ciudad en las brumas me desprecia.
Soy su vulgar jardín sucio de cáscaras.

 
No se puede ofrecer frutas y alondras
a un mundo sanguinario que fracasa.

 
No se puede llevar lirios al pecho,
porque otros lucen homicida espada.

 
¡Adiós, adiós, me voy con mis jilgueros,
mis frutas y mi olor a mejorana!

 
Ya nadie me conoce. ¡Adiós, amigos!
vendo ciruelas, nueces y guayabas.

 
En el reloj de la vecina torre
suena la una de la madrugada.

 
¡Qué soledad! Mis pájaros sollozan
y no he vendido ni siquiera un ánsar.

 
Y yo creyendo que era el mediodía,
y era mi corazón el que irradiaba.

 
Mi abierto corazón de niño grande,
vendedor de avecillas y balsáminas.

 
Hora lo comprendo: era mi espíritu.
Soy una claridad entre fantasmas.

 
Me circundan espectros de otros mundos.
Seres que conocí surgen y me hablan

 
desde el fondo apacible de otros días,
y les vuelvo a decir: ¡vendo naranjas!

 
Me miran y se alejan y se ocultan
otra vez en las sombras asordadas.

 
Yo empuño un sol nocturno y en su esfera
de signo un ruiseñor con ojos de águila.

 
Y me pregunto: ¿qué hago yo a estas horas
con un carro de flores y calandrias?

 
¿Por qué esta oscuridad, por qué hay tinieblas
siempre en nosotros, siempre agazapadas?

 
¡Ah mi espíritu simple que transforma
las penumbras en luz, y entre sus lágrimas

 
suelta un  barquito de papel y dice
que él es el capitán de aquella barca!

 
¡Ay del que ignora que jugó y fue niño!
¡Ay del que vive lejos de su infancia!

 
Más, ¿qué hacer con los sueños que yo tuve
y en donde ir a soñar los que me faltan?
 
¿Cuándo seré mas hombre y menos niños?
¿Cuándo tendré la voluntad forjada

 
a golpes de cincel como ese obrero
que en túneles sin luz vive y trabaja,

 
o como el panadero que en la boca
del horno abrasador curte las masas

 
y el brazo leudador hunde en el gluten
y de la cueva renegrida saca

 
panes alimenticios y reservas
que el hombre necesita en su morada?

 
¿Cuándo me dejaré de estar creyendo
que no hay dolor y que las piedras cantan?

 
¿Cuándo voy a entender que entre los bosques
un tigre sideral bruñe sus garras?

 
¡Qué torpeza!... y me burlo de mí mismo.
¡Luz y penumbra… y no diferenciarlas!

 
¡Pobre de mi que nunca h comprendido
lo que dice mi perro en sus alarmas!

 
El sí sabe, él sí escucha y él sí ha visto.
¡Me estremecen sus cósmicas miradas!

 
Va certero a sus presas y adivina
donde esta el escorpión y a que distancia.

 
Pero a mi se me oculta siempre el mundo
¡y que equivocaciones tan extrañas!

 
 ¡Vender turpiales a la media noche
y por una ciudad abandonada!

 
¡Oh discordantes sumas de mis cifras!
¡Oh divino ignorar de mi ignorancia!

 
Mi burrito se acuna y en sus sueños
por las estrellas inocentes vaga,

 
y las Siete Cabrillas Nexus rondas
lo hacen girar con músicas y danzas.

 
¡Que soledad!… mis pájaros suplican
y se me parte contra el mundo el alma.

 
Vendo azucenas, higos y nopales,
doradillas y tallos de linaza.

 
Más ya me voy con mi burrito triste,
mi viejo carro y mis cantoras jaulas.

 
¡Adiós, adiós, me voy hacia las brisas!
Ya nunca volveré… o quizá mañana,

 
si la luna y el sol no se equivocan
y mis sentidos de juglar no fallan.

 
En el reloj de la vecina torre
timbra el vacío de la madrugada.

 
Vendo gladiolas y orozuz y alpiste
y aretillos y anís… ¡vendo esperanza!

 

 
Germán Pardo García