jueves, 18 de enero de 2018

TENDIDOS, DE NOCHE - Vicente Aleixandre


TENDIDOS, DE NOCHE


Por eso tú,
quieta así, contemplándote,
casi escrutándote, queriendo en la noche mirar muy despacio el color de tus ojos.
Cogiendo tu cara con mis dos manos mientras tendida aquí yaces,
a mi lado, despierta, despertada, muda, mirándome.


Hundirme en tus ojos. Has dormido. Mirarte,
contemplarte sin adoración, con seca mirada. Como no puedo mirarte.
Porque no puedo mirarte sin amor.
Lo sé. Sin amor no te he visto.
¿Cómo serás tú sin amor?
A veces lo pienso. Mirarte sin amor. Verte como serás tú del otro lado.
Del otro lado de mis ojos. Allí donde pasas,
donde pasarías con otra luz, con otro pie,
con otro ruido de pasos. Con otro viento que movería tus vestidos.
Y llegarías. Sonrisa… Llegarías. Mirarte,
y verte como eres. Como sé que eres.
Como no eres… Porque eres aquí la que duerme.
La que despierto, la que te tengo.
La que en voz baja dice: “Hace frío”. La que cuando te beso murmura
casi cristalinamente, y con su olor me enloquece.
La que huele a la vida,
a presente, a tiempo dulce,
a tiempo oloroso.
la que señalo si extiendo mi brazo, la que recojo y acerco.
La que siento como tibieza estable,
mientras yo me siento como precipitación que huye,
que pasa, que se destruye y se quema.
La que permanece como una hoja de rosa que no se hace pálida.
La que me da vida sin pasar, presente,
presente inmóvil como amor, en mi dicha,
en este despertar y dormirse, en este amanecer,
en este apagar la luz y decir… Y callarse,
y quedarse dormido del lado del continuo olor que es la vida.


Vicente Aleixandre




domingo, 14 de enero de 2018

AMANTES VAGABUNDOS - Enrique Molina

AMANTES VAGABUNDOS


Nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido
Pero un poco más lejos hacia nada
Están las lámparas de viaje
temblando suavemente
los hoteles de garganta amarilla siempre rota
y sus toscas vajillas para el suicidio o la melancolía
 --¡Oh el errante graznido sobre la cumbrera!...—
Dormíamos al azar con montañas o chozas
bajo las lentas destrucciones del cielo prontas a arder
con un fuego inasible
junto al árbol de paso que se aleja
a menudo asomados a ventanas en ruinas
a balcones en llamas o en cenizas

En esos lechos de comarca
la lluvia es igual a los besos te desnudabas
girando dulcemente en la oscuridad con la rotación de la tierra
belleza impune belleza insensata
pero solo una vez sólo una vez
juega el amor sus dados de ladrón del destino:
si pierdes puedes saborear el orgullo
de contemplar tu porvenir en un puñado de arena

¡Cuántos rostros abandonados!
¡Cuántas puertas de viaje entreabriendo su llanto!
Cuántas mujeres que la luz ahoga
Sueltan sus cabelleras de región indeleble besada por el viento
Con aves inmóviles posadas para siempre en su mirada
Con el silbo de un tren que arranca lentamente sus raíces de hierro

Con la lucha de todo abandono y de toda esperanza
Con los grandes mercados donde pululan cifras injurias
legumbres y almas cerradas sobre sus negros sacos de
semillas
Y los andenes disueltos en una espuma férrea
--Desvarío tiempo y consumación—
Tumba de viejos días
Bella como el deseo en las venas terrestres
Su fuego es la nostalgia
La celosía del trópico tras la cual hay arañas cortinas en
jirones y una vieja victrola con la misma canción
inacabable
Pero los amantes exigen frustraciones tormentos
Peligros más sutiles:
Su pasado es incomprensible y se pierde como el mendigo
Dejado atrás en el paradero borrascoso.


Enrique Molina

ME VIENE, HAY DÍAS, UNA GANA UBÉRRIMA... - César Vallejo

ME VIENE, HAY DÍAS, UNA GANA UBÉRRIMA…


Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
De querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
Y me viene de lejos un querer
Demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
Al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
A la que llora por el que lloraba,
Al rey del vino, al esclavo del agua,
Al que ocultóse en su ira,
Al que suda, al que pasa al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
Al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
Su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
Un pañuelo al que no puede llorar
Y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
Remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
Y me urge estar sentado
A la diestra del zurdo, y responder al mundo
Tratando de serle útil en
Lo que puedo, y también quiero muchísimo
Lavarle al cojo el pie,
Y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste,  el mío, éste, el mundial,
Interhumano y parroquial, proyecto!
Me viene a pelo
Desde el cimiento, desde la ingle pública,
Y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
La bufanda al cantor,
Y al que sufre, besarle en su sartén,
Al sordo en su rumor craneano impávido;
Al que me da lo que olvidé en mi seno
En su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
Cuando estoy al borde célebre de la violencia
O lleno de pecho el corazón, querría
Ayudar a reír al que sonríe,
Ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
Cuidar a los enfermos enfadándolos,
Comprarle al vendedor,
Ayudar a matar al matador? Cosa terrible?
Y quisiera yo ser bueno conmigo
En todo.

César Vallejo





jueves, 11 de enero de 2018

COBRA - Vicente Aleixandre


COBRA

La cobra toda ojos,
bulto echado la tarde (baja, nube),
bulto entre hojas secas,
rodeada de corazones de súbito parados.

Relojes como pulsos
en los árboles quietos son pájaros cuyas gargantas cuelgan,
besos amables a la cobra baja
cuya piel es sedosa o fría o estéril.

Cobra sobre cristal,
Chirriante como navaja fresca que deshace a una virgen,
fruta de la mañana,
cuyo terciopelo aún está por el aire en forma de ave.

Niñas como lagunas,
ojos como esperanzas,
desnudos como hojas
cobra pasa lasciva mirando a su otro cielo.

Pasa y repasa el mundo,
cadena de cuerpos o sangres que se tocan,
cuando la piel entera ha huído como un águila
que oculta el sol. ¡Oh cobra, ama, ama!

Ama bultos o naves o quejidos,
ama todo despacio, cuerpo a cuerpo,
entre muslos de frío o entre pechos
del tamaño de hielos apretados.

Labios, dientes o flores, nieves largas;
tierra debajo convulsa derivando.
Ama al fondo con sangre donde brilla
el carbunclo logrado.


Vicente Aleixandre

martes, 9 de enero de 2018

MUJER CON ALCUZA - Dámaso Alonso




MUJER CON ALCUZA


A Leopoldo Panero

¿A dónde a esa mujer,
arrastrándose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Yo no sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos,
si el gris desvaído de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro
por una voluntad
de esquivar algo horrible.

Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos del color de la esperanza.

Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durantes muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío,
otras veces lucía el sol y sacudía el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan extrañas flores encendidas.

Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversación,
por el traqueteo de las ruedas
 por el humo, por el olor a nicotina rancia.
¡Oh!
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Ella
recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso que le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables margaritas, blancas cual su alegría infantil en la fiesta del pueblo,
como si le arrancaran los días azules, el gozo de amar a Dios y esa voluntad de minutos en sucesión que llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose,
solo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estación,
y un lugar
señalado en las tres dimensiones del gran espacio cósmico
por una cruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
sí, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas,
como de gentes que hablaran a través de mantas bien espesas,
sólo rasgadas de improviso
por lloros de niños que se despiertan mojados a la media noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que en los túneles les pellizcan las nalgas,
…aún mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y días,
sí, muchos días,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con una ansia turbia, de bajar ella también, de quedarse ella también,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables.

…No ha sabido cómo.
Su sueño era cada vez más profundo,
iban cesando,
casi habían cesado por fin los ruidos a su alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla un instante en las sombras,
algún cuchillo como un limón que pone amarilla un  momento la noche.
Y luego nada.
Solo la velocidad,
solo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
solo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un  asiento,
y estaba sola,
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

…Y esa es la terrible,
la estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que  esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abriéndolo con delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
si, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada,
sobre el suelo.
¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
¿O es que como eso almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pájaros?

Dámaso Alonso



domingo, 7 de enero de 2018

BANDERA - Gloria Gómez

BANDERA


Manos enarbolando colores en la madrugada
camino a la labranza, a la ebanistería, a las fábricas,
tras una tableta de dulce, ahuyentando el hambre.
Hay manos que honran la bandera elaborando el pan de la mesa,
la que acompaña el entusiasmo de una palabra
haciendo vibrar las vísceras en la noche
sin distinguir el color de la piel,
la que baila al son del viento que recorre las cumbres
llevando el candor de los afligidos,
percibiendo el furor de la garganta,
calmando la sed fulgente de los pueblos.

El color de la bandera
no distingue el hambre del campesino
del dolor exhausto en los altos campanarios,
sus colores llevan el de la sangre en los hospitales,
el de las lágrimas del destierro,
el verdor de las cumbres,
la limpia mirada, la primera sonrisa,
los amantes bajo la luna,
los sueños de la gente sencilla,
los que cruzan cada día la plaza
volviendo a los brazos de medianoche.
Amo esa bandera,
la que empuña el alma
y sostiene el poema de la pasión.

Más la bandera se decolora,
cuando el vecino elude una palabra,
al instalarse una frontera
en el llano de la escalera,
aparece el extraño en la llanura
y el calor del fogón se apaga.
Ahí el puño se resquebraja,
el cielo olvida su azul,
el monte pierde su verdor, y se abrasa,
las gentes dejan de sonreír
y el hermano desparece en otro continente.

Arrieros somos, compañero, vecino, amante,
el final del camino es común para todos.
Y allí sólo hay una bandera.


Gloria Gómez Candanedo

jueves, 4 de enero de 2018

MIENTRAS LOS ÁNGELES CANTAN LOS DIABLOS SUEÑAN - Maribel Domínguez Duarte


MIENTRAS LOS ÁNGELES CANTAN LOS DIABLOS SUEÑAN

Somos el fruto de una población foránea
procedente de dispares lugares
arrastrando el sueño de asentar un hogar.
Habitantes de barriadas humildes
expandidas sin otro orden
que el crecimiento industrial.
La infancia corría feliz por las calles
ente la niebla de la nostalgia
y un pequeño rayo de prosperidad.

Crecimos libres, en parques sombríos
bajo el frío hormigón, entre ladrillos destrozados
descampados solitarios y ritmos de rock and roll.

La primavera en la gris ciudad
brotaba en forma de adolescencia:
rebelde, descarada
con un toque de insolencia y un halo de ingenuidad:
cambiar el mundo, parar la guerra,
olvidar la costumbre de algún modo siempre protestar:
no queríamos parecernos ni a papá ni a mamá.
Princesas por un día,
se adentraban en el goce del asiento de atrás.
Mientras otros, peligrosamente,
jugaban con la muerte y una sobredosis les arrastraba a la eterna oscuridad.

La mayoría avanzamos sin volver la vista atrás.
Hoy los acordes de una vieja guitarra
nos traslada a las ilusiones perdidas
a los sueños encontrados
allí donde siempre regresa el recuerdo
donde reposo mi mirada.


Maribel Domínguez Duarte

martes, 2 de enero de 2018

VIOLETAS NUBES - Sandra Marie Steele


VIOLETAS NUBES

Las tierras históricas flotan sobres los océanos,
y del aire se respira humanidad cultural en cada Finisterre.

La sangre azul se torna roja,
de estos colores nace nueva sangre familiar.

Hoy el Violeta es la sangre moderna,
que junta a nuestras almas gemelares hasta el infinito.


Sandra Marie Steele Pastor

lunes, 1 de enero de 2018

EL ÚLTIMO ADIÓS -Esther Núñez



EL ÚLTIMO ADIÓS

Es ese triángulo interminable de vastedad
que aprisiona la intransitable voz en la garganta,
son las palabras
las que apuntan con el fusil quebradizo de la muerte.

Y sigo ahí,
invencible en la ironía de la cavidad del muerto,
deambulando como si nada fuese pequeño,
como si la sombra
congelase el mecanismo de un último adiós.

Camino sin destreza
con el alma rota,
con los dedos ensangrentados por la tristeza de tu nombre,
vulnerable al aire que entumece los deseos de un corazón de hielo,
presa de una realidad incierta.

Contemplo los sonidos agudos de tu boca
y con sensatez asiento en el error,
en todo lo trabajado con ahínco,
en el yerro del deseo
sin delimitar ni  un solo recodo de esta habitación,
donde el final me nombra en su silencio.

Pagamos un precio
por la derrota de los muertos,
y sin embargo, tú olvidarás,
que un día te amé.


Esther Núñez Roma