EL ALMA ERA LO MISMO QUE UNA
RANITA VERDE
El alma era lo mismo
que una ramita verde,
largas horas sentadas
sobre el borde
de un rumoroso
Misisipí.
Desea el agua, y duda. La desea
porque es el elemento para
que fue criada,
pero teme
el bramador empuje del
caudal,
y, allá en lo oscuro, aún
ignorar querría
aquel inmenso hervor
que la puede apartar (ya
sin retorno,
hacia el azar sin nombre)
de la ribera dulce, de su
costumbre antigua.
Y duda y duda y duda la
pobre rana verde.
Y hacia el atardecer,
he aquí que, de pronto,
un estruendo creciente
retumba derrumbándose,
y enfurecida salta el agua
sobre sus lindes,
y sube y salta
como si todo el valle
fuera
un hontanar hirviente,
y crece y salta
en rompientes enormes,
donde se desmoronan
torres nevadas contra el
huracán,
o ascienden, dilatándose
como gigantes flores que
se abrieran al viento,
efímeros arcángeles de
espuma.
Y sube, y salta, espuma,
aire, bramido,
mientras a entrambos lados
rueda o huye,
oruga sigilosa o tigre elástico
(fiera, en fin, con la
comba del avance)
la lámina de plomo que el
ancho valle oprime.
Oh, si llevo las casas, si
desraigó los troncos,
si casi horadó montes,
nadie pregunta por las
ranas verdes…
…¡Ay, Dios,
cómo me has arrastrado,
cómo me has desarraigado,
cómo me llevas
en tu invencible frenesí,
cómo me arrebataste
hacia tu amor!
Yo dudaba.
No, no dudo:
dame tu incógnita aventura,
tu inundación, tu océano,
tu final,
la tromba indefinida de tu
mente,
dame tu nombre,
en ti.
Dámaso Alonso
Cuadro: "El mar verde" de Miguel O. Menassa

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