Mostrando entradas con la etiqueta Joaquín Sorolla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joaquín Sorolla. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de mayo de 2021

CARICIA


 

CARICIA

 

 

Madre, madre, tú me besas,

pero yo te beso más,

y el enjambre de mis besos

no e deja ni  mirar…

 

Si la abeja se entra al lirio,

no se siente su aletear

Cuando escondes a tu hijito

ni se le oye respirar…

 

Yo te miro, yo te miro

sin cansarme de mirar, 

y qué lindo niño veo

a tus ojos asomar…

 

El estanque copia todo

lo que tú mirando estás;

pero tú en las niñas tienes

a tu hijo y nada más.

 

Los ojitos que me diste

me los tengo de gastar

en seguirte por los valles,

por el cielo y por el mar…

 

Gabriela Mistral

 

miércoles, 30 de septiembre de 2020

EL NIÑO QUE YA NO SOY


 EL NIÑO QUE YA NO SOY

 

Logré el uso de razón.

Perdí el uso del misterio.

Desde entonces, la evidencia,

siempre viva, me da miedo.

 

Me da miedo cuando ladra

en la perrera mi perro

Quizá me esté saludando.

Más no lo entiendo. No entiendo.

 

El niño que fui recuerda:

Me trabaja como un hueco.

El niño que fui me llama

a gritos con su silencio.

 

Me he mirado en mis retratos,

de marinera, riendo,

con rizos rubios y un aire

impertinente y despierto.

 

¿Quién eres tú? ¿Qué sabías?

Ahora solo siento sueño.

Me aturde tu desafío

y tu risa me da miedo.

 

Ya no puedo, sin romperlos,

atravesar los espejos.

Mi sistema no funciona

como solía. Lo siento.

 

Si funcionara, quizá

no escribiría estos versos.

Lloraría de otro modo.

Lo diría todo en perro.

 

Pero me creo que soy

sigo más que un niño muerto

y como estoy medio calvo

me hago bucles con mis versos.

 

Gabriel Celaya

 

 

sábado, 22 de agosto de 2020

FORMA

 

FORMA

 

 

Menudo imprime el pie

la huella de los dedos

sobre la arena fina,

que besa largo el viento.

 

Levántala, la lleva

a dar contra mi pecho,

y, aún calientes, cinco

yemas de carne siento.

 

El gesto blando que

mi mano opone al viento

es molde que yo al breve,

huidizo pie le ofrezco.

 

Mas ya el pasaje, esquivo,

se alza y quiebra el céfiro,

y el pie con lluvia fina

de arena, cae disperso.

 

Vicente Aleixandre

Cuadro: Joaquín Sorolla

 

viernes, 21 de agosto de 2020

HIJA DE LA MAR

 

HIJA DE LA MAR

 

 

Muchacha, corazón o sonrisa,

caliente nudo de presencia en el día,

irresponsable belleza que a sí misma se ignora,

ojos de azul radiante que estremece.

 

Tu inocencia como un mar en que vives

–qué pena a ti alcanzarte, tu sola isla aún intacta,

qué pecho el tuyo, playa o arena amada

que escurre entre los dedos aún sin forma.

 

Generosa presencia la de una niña que amar,

derribado o tendido cuerpo o playa a una brisa,

a unos ojos templados que te miran,

creando un desnudo dócil a su tacto.

 

No mientas nunca, conserva siempre

tu inerte y armoniosa fiebre que no resiste,

playa o cuerpo dorado, muchacha que en la orilla

es siempre alguna concha que unas ondas dejaron.

 

Vive, vive como el mismo rumor de que has nacido:

escucha el son de tu madre imperiosa:

sé tú espuma que queda después de aquel amor,

después de que, agua o madre, la orilla se retira.

 

Vicente Aleixandre

Cuadro: Joaquín Sorolla

lunes, 27 de julio de 2020

ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ




ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ

En Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como del Ramón Sijé,
a quien tanto quería


Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y  estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volvería a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradora.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
de almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

(10 de enero de 1936)

Miguel Hernández


miércoles, 22 de julio de 2020

CARTA



CARTA


El palomar de las cartas
abre su imposible vuelo
desde las trémulas mesas
donde se apoya el recuerdo,
la gravedad de la ausencia,
el corazón, el silencio.

Oigo un latido de cartas
navegando hacia su centro.
Donde voy, con las mujeres
y con los hombres me encuentro,
malheridos por la ausencia,
desgastados por el tiempo.

 Cartas, relaciones, cartas:
tarjetas postales, sueños,
fragmentos de la ternura
proyectados en el cielo,
lanzados de sangre a sangre
y de deseo a deseo.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.

En un rincón enmudecen
cartas viejas, sobre viejos,
con el color de la edad
sobre la escritura puesto.
Allí perecen las cartas
llenas de estremecimientos.
Allí agoniza la tinta
y desfallecen los pliegos,
y el papel se agujerea
como un breve cementerio
de las pasiones de antes,
de los amores de luego.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.

Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros:
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y un claro calor humano
sube desde el fondo negro.

Cuando te voy a escribir,
te van a escribir mis huesos:
te escribo con la imborrable
tinta de mi sentimiento.
Allá va mi carta cálida,
paloma forjada al fuego,
con las dos alas plegadas
y la dirección en medio.
Ave que sólo persigue,
para nido y aire y cielo,
carne, manos, ojos tuyos,
y el espacio de tu aliento.
Y te quedarás desnuda
dentro de tus sentimientos,
sin ropa, para sentirla
del todo contra tu pecho.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.

Ayer se quedó una carta
abandonada y sin dueño,
volando sobre los ojos
de alguien que perdió su cuerpo.
Cartas que se quedan vivas
hablando para los muertos:
papel anhelando, humano,
sin ojos que puedan verlo.

Mientras los colmillos crecen,
cada vez más cerca siento
la leve voz de tu carta
igual que un clamor inmenso.
La recibiré dormido,
si no es posible despierto.

Y mis heridas serán
los derramados tinteros,
las bocas estremecidas
de rememorar tus besos,
y con su inaudita voz
han de repetir: te quiero.

Miguel Hernández


domingo, 12 de julio de 2020

NANAS DE LA CEBOLLA



NANAS DE LA CEBOLLA


La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
 y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la  cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu  sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu  carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando  el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Miguel Hernández
Autos del cuadro: Joaquín Sorolla

martes, 2 de junio de 2020

GENERACION MILLENIUM



GENERACIÓN MILLENIUM


Vosotros,
los que nacidos entre la sociabilidad
y lo académico en vuestras manos,
aún no habéis emprendido vuestro camino,
aún estáis deambulando por los recovecos del destino,
y no habéis centralizado vuestros anhelos,
a los que todavía no habéis apartado las piedras del camino,
y los que habiendo fructificado el saber
habéis cruzado océanos lejos del hogar;
aún viniendo de una cuna arropada por la libertad.

Vuestra estirpe de lucha,
de otros que quisieron decorar el mundo de saber,
salieron a la calle con sus banderas en pos de una igualdad
y un bienestar,
los que amaron hasta la eternidad un futuro bienhechor.
Aquellos que empuñaron con ahínco la voz
rompiendo el fuelle de la tiranía,
salieron a las calles entonando ¡libertad!
Y lucharon contra el polvo amarillento de sus alcobas.
El horizonte era pulir el linaje del futuro,
obsequiar con el valor a los que estaban por nacer.

A pesar de ello, vosotros,
los que habéis abierto un nuevo siglo,
recogéis una siembra manchada por incertidumbres extrañas,
robándoos los mejores años,
y la osadía de una huída hacia el frente.
En vuestros días surge la transgresión entre colosos
por el imperio de las letras,
mancillando la sabiduría
y atribulando la ciencia con la certidumbre escarnecida.
El latigazo de un sublime atropello del poder sobre el oro
vuelve a caer en la sien hendiendo el decoro
con la tropelía del hambre.

Aún sin levantar la vista al ingenio
otra ola de dolor, dicen venir de oriente,
de nombre pandemia azotando el universo,
vuelve a ensombrecer vuestros límites
y otra vez vuelve a dejaros desnudos,
sin palabras, sin adioses, sin fortuna,
despojando la brillantez de vuestros días.
Más tenéis el ímpetu de aunar fuerzas sin temor
entre vosotros y vuestro origen sosteniendo
el baluarte de la creatividad y el emprendimiento.
Cogedlo, es vuestro.

Gloria Gómez
Autor del cuadro: Joaquín Sorolla

martes, 26 de mayo de 2020

CANCIÓN DE INFANCIA



CANCIÓN DE INFANCIA

Para que sepas lo que fui de niño
voy a decirte toda la verdad.
Para que sepas cómo fui, aún guardo
mi retrato de entonces junto al mar.

Playa de arena, corazón de arena,
hubiera yo querido en tu ciudad.
Que te faltase como me faltaba
.le llamaron post-guerra al hambre- el pan.

Tú con tu casa de muñecas vivas
llenando los rincones de piedad.
Yo, capitán con mi espada de palo,
matando de mentira a los demás.

Si hubieras sido niña rodeada
por todas partes, ay, de soledad,
yo te habría buscado hasta encontrarnos,
hasta ponernos los dos a llorar.

Juntos los dos. Que tu  madre nos diga
aquel cuento que no tiene final.
Despertar de la infancia no quisimos
y no sé quién nos hizo despertar.

Pero hoy, que hemos crecido tanto, vamos,
dame la mano y todo volverá.
Somos dos niños que a la vida echaron.
Muchacha –niña-, empieza a caminar.

 Carlos Sahagún
Autor del cuadro: Joaquín Sorolla

sábado, 2 de mayo de 2020

LAS MADRES


LAS MADRES

Con esa carga dulce y tremenda del hijo
colgando de sus hombros o apretado en los brazos,
caminan, cruzan ríos, pantanos, espesuras.
Huyendo. Huyendo siempre sin saber hacia dónde.
Las vemos en refugios subterráneos,
en la profunda entraña de la selva,
por caminos desiertos
o en una casa en ruinas sin puerta ni tejado
cociendo un puñadito de arroz o dando el pecho.
Pero abrazando siempre, protegiendo incansables
el informe envoltorio donde asoma y reluce
como una perla oscura la carita del hijo.

Las vemos solas, mudas, con sus ojos abiertos,
opacos de dolor; interrogantes,
como esperando --¿qué?—dentro del caos.

Pero sus rostros tienen
un raro resplandor, cierta belleza
de signo sobrehumano donde late
una indomable voluntad de vida.

Ángela Figuera Aymerich
Cuadro:  Joaquín Sorolla