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miércoles, 4 de abril de 2018

TESTIGOS PERDIDOS - Enrique Molina


TESTIGOS PERDIDOS



Óyeme:
Criatura de pasión y abandono con labios de mil noches que
no quieren morir
dilapidada ante la esfinge del pan y del agua
de un país lacerado por la memoria
de adiós en adiós de sombra en sombra la ruta se prolonga
hasta las islas somnolientas de tu cuerpo
Las mejillas doradas y la increíble maleta sobre la tierra
entre las comisuras del hotel
Tantas frases de pasión y de odio
Y en la playa las pescadoras bajo sus trenzas chorreantes
bañándose en el amanecer
Con el escalofrío de sus toscas camisas
Una blanca águila de espumas con senos palpitantes para las
leyendas del viento
En la impalpable mutación de mi sangre
Faz intrusa de la bahía espiando desde el balcón nuestros
amores sobre el petate
Y tú mi ciencia de extravío
Haciendo desaparecer esos personajes de la extrema alegría
en las ceremonias ambiguas
Que ligan la tierra y el sueño
Los ídolos vagabundos que sustentaron mi fanatismo y
mi debilidad

Óyeme:
Perdida hechicera del perfume del viento en la estación
inconmensurable
En el perpetuo conflicto
De beso y ausencia de agonía y furor
Más allá de la parálisis en tu cueva de llamas abrías el jardín
del desayuno entre las sábanas
Y el pozo blanco y sin fondo del pan en la espesura matinal
de los besos
El talud ha desparecido pero en lo profundo de un reino sin tregua
Yo hubiera querido seguir balbuceando ante los restos de un
amor devorador
Yo con una manzana nefasta y labios de forajido
Cada ribera deshaciéndose cada pájaro de paso cada sonrisa
con la noche cada objeto en pleno vuelo
Instalados como el infierno en una belleza insalvable

Óyeme:
Gran sombrero de paja en llamas del pequeño vendedor de
mangos en la escollera
Mercaderías fáusticas altares de la costa
Con fuego y polvo han sido creados estos huacos de
imágenes obscenas que sellan vínculos meteóricos
La ciega dulzura de estar vivo en un circo de formas feroces
modificadas a cada latido mientras camino a lo largo de
los médanos con el pecho constelado por un oro
demoníaco.
Ese irrisorio antro de cinc de la Aduana deja pasar
sin embargo tanta miseria
Tanta mirada ausente
Para esas almas de escándalo que desarraigan a sus hombres
con magias confusas
Mordiendo sus lenguas
Con apariciones de voz negra que hablan un idioma
encarnizado y húmedo de equinoccio

Óyeme:
Sexo azul de mujer cuando impones tu autoridad y tu fuerza
en cualquier límite de estrellas
Entre los movimientos del verano y las sorpresas de una tierra
que entrega sus secretos
A la luz del delirio
Oh amante desconocida apostada en los más altos vientos a
mi espera
Hacia la irrealidad y la decrepitud
Pero aún prisionera de estos veloces vuelos de alacranes

Vosotros sois testigos –mujer de antaño virando hacia
otras dichas
Paisajes tatuados sosías sin identificación ni esperanza
inventario de viejos sortilegios de mi vida—de que algo
inmenso y devastador
Como una lámpara que se desborda
Como el diálogo de un dios con el huésped de un burdel del
olvido
Sobrepasaba instante por instante mi ser oscuro
El terror
El ansioso torbellino de venas de un hombre desconcertado
por la presión de su aliento

Enrique Molina

martes, 3 de abril de 2018

DIÁLOGO ENTRE VENUS Y PRÍAPO - Rafael Alberti



DIÁLOGO ENTRE VENUS Y PRÍAPO


Príapo:
…Despierta, sí, cerrada
Caverna de coral. Voy  por tus breñas,
Cabeceante, ciego, perseguido.
Ábrete a mi llamada
al mismo sueño que en tu gruta sueñas.
Tus rojas furias sueltas me han mordido.
¿Me escuchas en lo oscuro?
sediento, he jadeado las colinas
y descendido al valle donde empieza
el caminar más duro,
pues todo, aunque cabellos, son espinas,
montes allí rizados de maleza.
¿Duermes aún? ¿No sientes
cómo mi flor, brillante y ruborosa
la piel, extensa y  alta se desnuda,
y con labios calientes
–coral los tuyos y los míos rosa—
besa la noche de tus labios muda?
¡Despierta!...

Venus:
¿Quién me nombra?
¿quién persigue mis óleos seminales,
quién mi gruta de sombra
y navegar oculto mis canales?

Príapo:
Quien solamente puede y se desvela,
levantado por ti, de noche y día,
se atiranta en candela
y no se dobla hasta que el mar lo enfría
¡Deja que te contemple!

Venus:
Que te mire
déjame a mí también.? Siempre eres bello!

Príapo:
¡Déjame que en tus selvas te respire!

Venus:
¡Que me despeine en tu robusto cuello!

Príapo:
¿Por qué dormías?

Venus:
Todo era fingido.
Mi dormir no era más que desearte.
Tú alzas mi sueño cuando estás dormido.
Nací tan sólo para levantarte.

Príapo:
¡Oh noche clara!

Venus:
¡Oh clara la luna llena!
¡Rayo directo que me inundas!

Príapo:
Eres taza de espuma azul,
concha marina,
alga abierta en la arena,
paraíso de sal de las mujeres
secreto erizo que en la mar trasmina.
Golfo nocturno, ábrete a mí, bañadas
del más cálido aliento tus riberas.
Sabes a mosto submarino, a olas
en vivientes moluscos despeñadas,
a tajamares, soles de escolleras
ya rumor de perdidas caracolas.
Sabes también…

Venus:
Repósate un momento…

Príapo:
El reposar es mi mayor tristeza.

Venus:
También yo quiero repetir al viento
toda mi admiración por tu grandeza.

Príapo:
Hincho las velas. Habla.

Venus:
Eres trinquete,
palo mesana… torre indagadora
y, ardido del más rojo gallardete,
cresta de gallo al despuntar la aurora.
Sales de un bosque, lanza o jabalina.
Redondos aramboles, de espejuelos
te alumbran cuando  cazas.
Pende en los dos la gloria masculina.
Llenas las nubes, los cargados cielos
rebosan de sus tazas.

Príapo:
¡Oh, ven más cerca! ¡Ven!

Venus:
¡No! No me riegues,
amor, de blancos copos todavía.
Guarda, mi bien, esas nevadas flores
hasta que al fin me llegues
a lo más hondo de cueva umbría
con tus largos y ocultos surtidores.

Príapo:
¿Qué quieres más?

Venus:
Anhelo que me cantes
cosas que faltan. Mis alrededores
prometen sima al sur y el norte cumbres.

Príapo:
Hacia ellas van mis rayos penetrantes,
su flor certera, sus certeras lumbres.

Venus:
¿Qué ves, qué me iluminas?

Príapo:
¡Oh precipicio, oh noche bordeada
de oscuridad también! ¡Despeñadero
que hacia las sombras sólo me encaminas!
Te miro y más se hunde mi mirada.
Si la dicha es redonda, está en tu cero.

Venus:
Pasa a los altos, sube a los alcores… ¿qué ves ahora, dime?

Príapo:
Un baluarte
de clavel y de nieve a cada lado.
¡Oh fortalezas” ¡Claros miradores
para clavar en ellos mi estandarte
y descender al bosque enamorado!

Venus:
Dime si escondes para mi ventura
cosas que acaso yo no sepa.

Príapo:
Escondo,
también allá en lo hondo
de una caverna oscura,
de blancas y mordientes
almenas vigiladas,
una muy  dulce y de humedad mojada
cautiva…

Venus:
Yo prosigo. Son los dientes
los que fijos la rondan y dan vela.
También yo otra cautiva
como la tuya aguardo. ¿No la sientes?
A navegar sobre propia estela
mírala aquí dispuesta, siempre viva.

Príapo:
¡Oh encendido alhelí, flor rumorosa!
Deja que tu saliva  
de miel, que tu graciosa
corola lanceolada de rubíes
mojen mi lengua, ansiosa
de en la tuya mojar mis carmesíes.

Venus:
¡Flor contra flor!

Príapo:
¡Qué blandos oleajes
ya por mis flancos tu alhelí resbala!

Venus:
Gira la noche…

Príapo:
Cantan los cordajes…

Venus:
Cambia el viento… Dan vuelta los paisajes…

Príapo:
Y hace en tus labios mi navío escala,
mientras tu fuente oculta, prisionera
de mi boca, entreabriendo
su dócil ya y sumisa enredadera,
dulce y quejosamente va fluyendo.

Venus:
¡Oh bonanza!

Príapo:
¡Oh tranquilo
descanso ahora! ¡Calmas, aunque plenas,
nuncios ya de los hondos y más duros
combates!

Venus:
¡Desflecadas, hilo a hilo,
tus espumas descienden mis almenas.

Príapo:
Tus arroyos y peces más oscuros
me corren por los labios todavía.

Venus:
Un sabor a jazmín me permanece
ya tallo donde nada antes crecía.

Príapo:
A tallo que por ti de nuevo crece.

Venus:
¡Oh asombro! ¡Prodigiosa,
mágica fuerza!

Príapo:
¡Abismo que me atrae!

Venus:
¡Oh cima misteriosa!

Príapo:
¡Cima que sólo en ese abismo cae!

Venus:
Qué mármol jaspeado!
¡Pálida, arquitectónica belleza!
¡Qué alto fuste estriado
de azules ríos! ¡Capitel armado
para elevar el mundo en su cabeza!

Príapo:
Avanzo ya.

Venus:
La noche abrasa.

Príapo:
Gotas
de esperma verde tiemblan los luceros.

Venus:
Las dehesas remotas
de la luna, sus albos ventisqueros
se llenan de bramidos.
Del cielo penden signos genitales.
La Vía Láctea rueda sus henchidos
torrentes de amorosos sementales

Príapo:
Gruta sagrada, toco tus orillas.
Abre tus labios ya, siénteme dentro.

Venus:
¡Oh maravilla de las maravillas!
¡Luz que me quema el más profundo centro!

Príapo:
Se confunde los bosques, las lianas
se juntan y conmueven,
en el pomar revientan las manzanas
y en el jardín copos de nardos llueven.

Venus:
¡Qué bien cubres mis ámbitos! Sus muros
¡cómo me los ensanchas y los llenas!
¡Qué pleamar, qué viento acompasados!

Príapo:
Jaca y jinete, unísonos, seguros,
galopan de corales y de arenas
y de espumas bañados.

Venus:
Detente, amor. No infundas ese aliento
tan rápido a las brisas. Aminora
un poco el paso. Da a tu movimiento
un ritmo nuevo ahora.

Príapo:
Pondré en mis alas un volar más lento.

Venus:
¡Dulce vaivén! Rezuman mis paredes
las más blandas esencias.

Príapo:
Desasidas de sus más hondas redes,
ya mis médulas saltan encendidas.

Venus:
Ten más el freno.

Príapo:
¿El freno? Querencioso,
mi caballo se pierde a la carrera.

Venus:
Sigo también su galopar furioso,
antes que derramado en mí se muera.

Príapo:
¡Amor!

Venus:
¡Amor! La noche se desvae.
Nos baña el mar. ¡Oh luz! El mundo canta.
Cae la luna… El viento…

Príapo:
Todo cae
cuando el gallo del hombre se levanta.

Rafael Alberti

LA MUERTE DEL HOMBRE - Miguel Oscar Menassa



LA MUERTE DEL HOMBRE
 31 de diciembre de 1976


Es otra vez de noche
y en general la casa duerme.

Una voz en la radio dice últimas palabras.
Me entretengo con el humo
y me ocurren mil fantasías
y ninguna tiene que ver
con recostarme
tranquilamente en la cama
y dormir.

Entre tantos papeles
terminaré siendo un escritor
y fijo mi mirada en la lejanía
y dejo que la historia del hombre
irrumpa
con la violencia de su sino
mi noche.

Enciendo cigarrillos a mansalva
una detrás de otro como si fueran
centelleantes granadas contra los opresores.

Desde hace millones de años 
el hombre vive de rodillas.

Las granadas estallan en mi rostro.

Primitivas presencias
pueblan mi noche de salvajes ritos.

Ceremonias donde la muerte
siempre es una canción
sublime y misteriosa.
Bestias indomables
semejantes al hombre
por la torpeza
de sus movimientos
danzan a mi alrededor
iracundos
silvestres.

En un mal castellano
me dicen que su jefe
quiere charlar conmigo.

Sentado en mi cama escribiendo
pido que dejan de rugir tambores
que cese la danza
que me dejen escribir este poema.

El hombre tiene hambre y sed desde milenios.

Somos ese hombre hambriento y sediento poeta
cantad con nosotros.
Venimos de Mesopotamia
y del Caribe
y buscando la perfección hemos llegado
hasta los mundos que se esconden
por encima del cielo
y no hemos encontrado nada.

Siempre hay un hombre que tiene hambre.
Siempre hay un hombre que se muere de sed.

Aquí mismo poeta
en tu casa
anidan el opresor y el oprimido.

Sentado sobre mi cama escribiendo
les digo a los salvajes
que ya es noche tarde
que por favor dejen de danzar
que necesito
hundirme entre las letras
mi hambre
mi única sed.

Dejaron de danzar
y al que se destacaba
por su tremenda humanidad
me fulminó con su mirada.

¿Quién es más cruel?
Poeta
¿Quién más salvaje?
El que muere peleando
por un trozo de pan
o el que no muere nunca.
Quién producirá el exterminio
poeta.
Mis armas o tus versos.

Y ahora poeta deja la pluma
echa a andar y piensa.

Sentado sobre mi cama
escribiendo
le digo al salvaje
que no quiero irme de mi pieza
y que siempre supe que pensar
no era necesario  y que deseo
es la última vez  que lo digo  
seguir escribiendo este poema.

Antes de continuar me detengo
en la inteligencia del salvaje:
habla bien y mientras habla
deja escapar entre las palabras
el aliento
para que todo suene vital
desgarrador.

Yo soy el hombre
grita la bestia encadenada.
Y tu poeta ¿eres el hombre?
Escribir para quién
dónde los amigos
y dónde los enemigos.

Dime poeta
¿tu canto
necesita del futuro
para ser?
Ese poema que escribes
contra todo
a quién le servirá.

A ver poeta un verso
que me diga ahora mismo
¿qué es el hombre?

Sentado sobre mi cama escribiendo
me doy cuenta
que la inteligencia del salvaje
terminará quemando
todos mis papeles escritos
en esa hoguera
que  fueron construyendo
a mi alrededor
sus palabras.

Dejo de escribir
lo miro fijamente a los ojos
y murmuro sus propias palabras
en un solo verso un hombre
en un solo verso un hombre
y me decido a escribir ese verso.

Sostengo con mi mirada
la mirada del salvaje
y con rápidos movimientos
tomo la ametralladora
y disparo varias ráfagas
sobre el cuerpo del salvaje
que con los ojos desorbitados
por el asombro
cae
para morir y desparecer.

Sentado sobre mi cama escribo ahora
con la seguridad
de quien ha llegado a la cima.

Un poeta asesinó su hombre
para escribir este poema
y eso
es un hombre.

Miguel Oscar Menassa





jueves, 29 de marzo de 2018

PROPÓSITOS A LA DERIVA - Esther Núñez


PROPÓSITOS A LA DERIVA


Propósitos  a la deriva
en el naufragio de un titán que antaño
iba cargado de buenas intenciones.
Es un alud sin frontera…
de las grandes ciudades,
ya no queda nada.

Los teatros sellaron sus puertas con un cartel de traspaso,
los cafés nos sirvieron monedas de cambio,
las modernas estatuas miran hacia otro lado.

Los aletargados aristócratas vierten por las calles
palabras de acero para cubrirnos los rostros,
la sangre deja un hedor en el alma de los desconsolados,
un lugar inhóspito y desapacible,
un paisaje desolad de almas inhumadas.

Se halla la muerte desordenada sin ley….
La enfermedad afuera de su locura,
familias deshabitadas
en la sencillez de sus escenas,
y con aflicción matan con furia su deseo.

Una historia de siglos en el hospicio del rencor y la locura,
niños abatidos, desabrigados en el corazón de la niebla,
mendigando pan para otros,
con la camisa rasgado por el tesón de los que ambicionan la nada.

El nombre del mendigo en los libros de historia,
del asesino huyendo de su mismo óbito,
de un humilde villano en la tierra santa.

Y permanecemos inmóviles, callados, sin propósitos,
desnudos de ociosas palabras,
de envidia, de odio,
de ruindades con pasadizos que hacen inaccesible
la salida a aun mundo más cierto,
sin poder amar, ni siquiera sentir la caricia del viento,
alcanzar la nieve de los tejados,
oler la olas que ofrecen su musa,
sin apenas escuchar las notas de aquella melodía.

Nos asusta la noche con sus madrugadas,
la luna y  las estrellas son un acecho,
hay soldados armados…
el sol y  el hielo nos quema
para después apagarse con la llama de la vida.

Esther Núñez Roma




miércoles, 28 de marzo de 2018

LLEGA EL FINAL - Gloria Gómez




LLEGA EL FINAL


Llega el final,
se abre una puerta diferente 
detrás espera un futuro indefinible a los ojos de la sabiduría,
al sentir el peso de la piel caer sobre sus párpados, 
la mirada se enturbia ante lo grisáceo del porvenir.
Ya no se acuerdan los hornos de aquellas manos
elaborando el pan de la mesa,
ya el humo de la chimenea tiene otro color ante la máquinas
y no recuerda la calidez de las yemas de los dedos
manufacturando el abrigo para el  invierno ante el fogón.

En un instante,
en un desliz de la penumbra,
se borran las madrugadas rechinando en los raíles
cuando unas manos vigorosas arrancaban la entraña del furor,
ese, el que caldea algún palacio del olvido.
En un parpadeo insignificante,
la ceguera se apropia de la razón
y en un sobrecito se guarda la limosna
como galardón a la curvatura de la espalda
cada vez que la siembra lo pedía,
cada vez que el llanto declamaba en la noche
ante el hambre del caminante.

En un simple pestañeo se da la vuelta a la orla
y desparecen los rostros
que cada día enseñaban a sumar no sólo cifras,
sino también algunos besos,
y labios frescos,
y las manos que labrarían el futuro.
Esos rostros, aunque ajados, siguen siendo rostros.

Y los brazos,
esos brazos envolviendo almas a la deriva,
sacando las espinas de un amanecer
enturbiado por melancolías,
esos brazos maternales ante la lágrima tierna,
capaz de iluminar los días apesadumbrados.
Todo se olvida en un febril capricho,
como si la noche nunca rebasara nuestros límites.

Y esos ademanes entonando las calles de la ciudad
cada día caminando a sus moradas,
cada uno con su traje de función correspondiente
engalanando las trincheras de la vida,
poniendo una flor en el jarrón de la mecedora al atardecer,
mientras despiertan la alegría del vecindario.

Al caer la niebla,
pronto se relega la condición
y sólo queda alguna voz sublime
para llorar la pérdida del pudor
y la lejanía de los que partieron a otro continente.
A veces, ni quedan retratos de una infancia,
ni los días señalados en el calendario,
ni el rastro de la efigie, y
ni siquiera la sangre corriendo por otras venas.

Todo se olvida,
sólo la voz, o la palabra escrita puede recordar su andadura,
o los objetos tallados en la repisa,
o el cuadro pintado en la pared,
el vestido entallado con el primer beso;
¡pero aún así no obtienen galardón!!

Algunas voces ya ni siquiera mendigan,
otras han perdido el candor entre las ramas secas,
pero otras gritan, gritan, gritan,
quieren romper las cadenas de la escollera
hasta ablandar las puertas del infierno;
alzan el puño si es preciso,
abanderan una nueva gallardía,
y quieren seguir engalanando las calles,
sólo, sólo piden un mendrugo de pan para el amigo.
Algo que no va a arruinar los blancos manteles.
Y además no quieren pasar la puerta del olvido.
Aún están vivos.

Gloria Gómez Candanedo

martes, 27 de marzo de 2018

HOY TE TUVE FRENTE A FRENTE - Maribel Domínguez Duarte



HOY TE TUVE FRENTE A FRENTE


Una bruma espesa y fría es tu  recuerdo
que me rodea y paralizaba.

Cuántas veces me cobijé al abrigo de tu sombra
perdida entre la forma de tu sonrisa
conducida por una melodía de unas palabras
susurradas suavemente, mientras tus labios
recorrían una y otra vez mi piel.

Fuiste un íntimo tesoro guardado e intangible
alimentando una llama ardiente
que resguardaba mi soledad,
ahora curtida en nuevos amaneceres,
rodeada de otros brazos que
también supieron amar.

Mi corazón latió el eco de tu ausencia
apaciguado en otros besos
y dolido, continuó amando
solventando aquella indiferencia tuya
aquella habitual lejanía.

Hoy te tuve frente a frente.
Miré un rostro, gastado por el olvido
tratando de buscar un pequeño horizonte
Que me devolviera esas cálidas noches de invierno.

Demasiado tiempo ha pasado,
un pedregal es ahora tu mirada
en el que sólo hallé
dos hermosas pupilas, vacías…

Maribel Domínguez Duarte


MENTIRAS OCULTAS - Yosune Castellano Alarcón



MENTIRAS OCULTAS


Oscuras apariencias
disfrazan tu rostro,
vistiendo de noche
tu presencia.

En el filo del amanecer
Sentí tus pasos huir,
sueño incumplido
despide el amor.

Oculto en penumbras
brilla tu imagen
sin saber donde
y cuando aparecerás.

Detrás, la mentira
descubre tu mirada
cuando escondido,
iluminas el día.

Si tu aroma
se convierte en verdad,
agita sus alas
para desaparecer.

Yosune Castellano Alarcón

lunes, 26 de marzo de 2018

BUSCANDO TU NOMBRE - Sandra Marie Steele Pastor




BUSCANDO TU NOMBRE


Entre ventanas y libros desaparece la arena,
y escribo como si tuviese pluma y tinta del arco iris,
pero nieve cristalina se evapora con suavidad de la pluma.

Y el viento atraviesa el océano en busca de un rostro,
como si fuese a buscar el diminuto mensaje del alma,
cuando por fin se desliza carne acariciada en mis sueños,
la mirada se torna sin averiguar quién fuiste,
no alcanzo la estrella que codifica tus entrañas.

Quizás ni siquiera tu sangre cayó aquí,
estará estancado en un pantano fangoso,
o quizás tu espíritu se esparció en el mar,
solo sé que existes en alguna tierra.

Sandra Marie Steele Pastor

LA PATRIA DEL POETA - XVI - Miguel Oscar Menassa




LA PATRIA DEL POETA – XVI

Huir de todos
De uno mismo.

Huir es imposible.

Las palabras sobrevuelan el mundo
y tu luz, tu ardiente luz,
brilla en tus ojos.

Huir es imposible.

El veneno se lleva en las entrañas,
el ser no se detiene en los abismos
y el odio,
vive en tu corazón.

Miguel Oscar Menassa

sábado, 24 de marzo de 2018

AMANTES DE LA NOCHE




AMANTES DE LA NOCHE


NOCHE licuante y a la vez tan densa.
¿Has visto cómo nos demuda el rostro
cuando en la oscuridad nos encontramos?
Hay un matiz cutáneo que destiñe
a sensibilidad de nuestros rostros,
y mis labios nocturnos te preguntan;
¿Cómo te llamas? Y tu voz responde
como si fuera  el techo de sí misma:
¿Quién eres?¡Ah, los dos nos ignoramos
bajo esta oscuridad que nos separa
y a la vez misteriosa nos concilia!

Tienes miedo, de mí, yo tengo miedo
de tus labios, del musgo de tus sienes,
del frío movimiento de tu traje,
de incitar tu quietud próxima al éxtasis,
de los cisnes que vagan en tus lágrimas
y de la suavidad de tus arrullos.
vamos por el jardín y recelosos
nuestros labios se besan y preguntan:
¿Quién eres? Y es tu voz la que reclama.
Y ¿quién eres? Mis labios te suplican.

¡Oh dolor de ignorar lo que sabemos!
¡Oh certeza fallando en los augurios!
¡Oh ausencias y cercanas lejanías
que el amor embellece en el espíritu!
¡Oh partir de nosotros sin movernos!
¡Oh quietud de las manos que se buscan!

¡Oh noche cautelosa que aglutinas
con laxitud amargos sedimentos!
¡Oh noche medular como las vértebras
que viven en nosotros amarillas!
¡Callamos nuestros nombres y sabemos
sus sonidos sinfónicos y letras!
¡Escondemos la faz bajo tus máscaras,
y buscamos el rostro que perdimos!

¡Amor mío! Me dices. Y ¡amor mío!
Mis palabras idénticas suspiran.

Y nos unge la luna y nuestros labios
palpitan como pétalos nocturnos.
¡Amor mío, amor mío! Y no sabemos
qué es el amor y hablamos sin oírnos
desde unas profundísimas distancias.
¡Deshójame tus labios!, te murmuro.
¿O es la niebla que finge comisuras?
¡Amos mío, amor mío! Y nuestras voces
incoloras ondulan y decrecen
Cual músicas y brisas. ¡Amor mío!
¡Amor mío! Y se teme que en nosotros
es dolor alejándose entre lágrimas.

¡Oh noche que divides nuestras manos
aunque estén por sus músculos atadas!
Extingues el color de nuestros rostros
que se ven a sí mismos asediándose.
Nos llenas de agonía ante los goces.
Nos llevas por jardines que cintilan
desasidos del polvo y en el aire.
Transfiguras el cuerpo y lo refractas
arcano y diferente, si desnudo.

Nosotros, los amantes en la noche,
fugitivos del fuego que adoramos.
Con la luz en la piel y sofocándola.
Con la carne acoplada y desunidos.
Llamándonos en sombras: ¡amor mío!
Clamando sin cesar: ¿cómo te llamas?,
y volviendo a exclamar ¿cómo te llamas?
Hasta que al fin se apagan nuestros labios
y sus alucinantes juramentos
de amarnos sin temor hasta el sepulcro.

Germán Pardo García
De “Labios nocturnos”