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lunes, 27 de mayo de 2024

ENSÁNCHAME

 

ENSÁNCHAME

 

 

Tanto licor en vaso tan pequeño,

Señor, tan hondo afán, tan altas ramas,

tanto clamor corriendo a borbotones

en las estrechas delicadas venas.

Tanto pesar, o luz, o hiel, o nieve

manando en mí, creciéndome –continua

marea sin reflujo que me bate-

me romperán, Señor, me harán pedazos

la débil envoltura que me encierra.

 

Ensánchame, Señor. Dame el abismo

más hondo y alto y ancho de tus mundos

para volcarme toda y dilatarme

con dimensión de marea, mar yo misma,

y alzarme en olas, y cantar subiendo

desde el oscuro fondo frecuentado

por peces sin pupila hasta el ardiente

contacto de los astros suspendidos,

y revolverme libre, y alargarme

hasta rozar las playas remotísimas

con lentos pasos y tenderme en ellas

como animal herido, descansando.

 

Ángela Figuera Aymerich

 

 

lunes, 15 de abril de 2024

CULPA

 

CULPA

 

 

Si un niño agoniza, poco a poco, en silencio,

con el vientre abombado y la cara de greda.

Sin un bello adolescente se suicida una noche

tan sólo porque el alma le pesa demasiado.

Si una madre maldice soplando las cenizas.

Si un soldado cansado se orina en una iglesia

a los pies de una Virgen degollada, sin Hijo.

Si un sabio halla la fórmula que aniquile de un golpe

dos millones de hombres del color elegido.

 

Si las hembras rehúyen al parir. Si los viejos

a hurtadillas codician a los guapos muchachos.

Si los lobos consiguen mantenerse robustos

consumiendo la sangre que la tierra no empapa.

 

Si la cárcel, si el miedo, si la tisis, si el hambre.

Es terrible, terrible. Pero yo, ¿qué he de hacerle?

Yo no tengo la culpa. Ni tú, amigo, tampoco.

Somos gente honrada. Hasta vamos a misa.

Trabajamos. Dormimos. Y así vamos tirando.

Además, ya es sabido. Dios dispone las cosas.

 

Y nos vamos al cine. O a tomar un tranvía.

 

Ángela Figuera Aymerich

Cuadro: ·Hay almas que tienen" de Miguel O. Menassa

 

 

sábado, 30 de diciembre de 2023

DADME UN ESPESO CORAZÓN DE BARRO...

 


DADME UN ESPESO CORAZÓN DE BARRO…

 

 

Dadme un espeso corazón de barro,

dadme unos ojos de diamante enjuto,

boca de amianto, congeladas venas,

duras espaldas que acaricie el aire.

Quiero dormir a gusto cada noche.

Quiero cantar a estilo de jilguero.

Quiero vivir y amar sin que me pese

ese saber y oír y darme cuenta;

este mirar a diario de hito en hito

todo el revés atroz de la medalla.

Quiero reír al sol sin que me asombre

que este existir de balde, sobreviva,

con tanta muerte suelta por las calles.

Quiero cruzar alegre entre la gente

sin que me cause miedo la mirada

de los que labran tierra golpe a golpe,

de los que roen tiempo palmo a palmo,

de los que llenan pozo gota a gota.

Porque es lo cierto que me da vergüenza,

que se me para el pulso y la sonrisa

cuando contemplo el rostro y el vestido

de tantos hombres con el miedo al hombro,

de tantos hombres con el hambre a cuestas,

de tantas frentes con la piel quemada

por la escondida rabia de la sangre.

Porque es lo cierto que me asusta verme

las manos limpias persiguiendo a tontas

mis mariposas de papel o versos.

Porque es lo cierto que empecé cantando

para poner a salvo mis juguetes,

pero ahora estoy aquí mordiendo el polvo,

y me confieso y pido a los que pasan

que me perdonen pronto tantas cosas.

Que me perdonen esta miel tan dulce

sobre los labios, y el silencio noble

de mis almohadas, y mi Dios tan fácil

y este llorar con arte y preceptiva

penas de quita y pon prefabricadas.

Que me perdonen todos este lujo,

este tremendo lujo de ir hallando

tanta belleza en tierra, mar y cielo,

tanta belleza devorada a solas,

tanta belleza cruel, tanta belleza.

 

Ángela Figuera Aynerich

Cuadro: "El latido de la selva" de Miguel Oscar Menassa

martes, 12 de mayo de 2020

SOLO ANTE EL HOMBRE


SOLO ANTE EL HOMBRE


Sí, yo me inclinaría
ante el definitivo contorno de los lirios.

Sí, yo me extasiaría
con el trino del pájaro.

Sí, yo dilataría
mis ojos ante el mar y la montaña.

Sí, yo me inclinaría
ante la faz de Dios, tocando el polvo,
si con su mano convocara el trueno.

Pero sólo ante el hombre, hijo del hombre,
reo de origen, ciego, maniatado,
los pies clavados y la espalda herida,
sucio de llanto y de sudor, impuro,
comiéndose, gastándose, pecando
setenta veces siete cada día,
sólo ante el hombre me comprendo y mido
mi altura por su altura y reconozco
su sangre por mis venas y le entrego
mi vaso de esperanza, y le bendigo,
y junto a él me pongo y le acompaño.

Ángela Figuera Aymerich
Autor del cuadro: Salvador Dalí


jueves, 7 de mayo de 2020

LA CALLE




LA CALLE


La calle es larga y negra por la noche.
Hay que llevar el sol en la solapa.
O, al menos, una estrella de bolsillo.

La calle es peligrosa. Muy bien puedes
partirte el corazón contra una esquina
si no lo llevas limpio y en la mano,
si no has sabido a tiempo y sin remilgos
llenarlo con la sangre más caliente.

Conviene andar descalzo y sin sombrero;
quitarse la sortija y la corbata;
armarse con el dardo de una espiga
para pasar de noche por la calle.

Hay que tener en cuenta, muy en cuenta,
que hay manchas a lo largo de los muros
y sombras que parecen conocidas
y zanjas donde yacen piernas rotas.

Los quicios está llenos de chaquetas
sucias de llanto y de sudor antiguo.

Las casas se apretujan en silencio
guardando grandes masas apiñadas
de cuerpos que disuelven su cansancio
en una muerte dulce y transitoria.

Pero los pechos laten y respiran
y hay una fuerza enorme en su latido,
un potencial de vida inextinguible
que se alzará total en la mañana
y se pondrá a la obra de hacer mundo.

La calle es dolorosa por la noche:
produce malestar en las costillas,
sabe a mendrugo, a vino y a pecado.

Pero sus hombres tienen hierro y savia,
fuego de Dios, la sal de nuestra tierra
en la profunda médula del hueso.

Si no quieres tu muerte decisiva,
no escapes por el cabo de la calle.
Entra en las casas, mira a los que duermen,
toca sus manos, pon una esperanza
entre sus ojos, acomoda al niño
que se apartó del seno de su madre.

Mejor aún, hazte un pequeño hueco
entre las filas, tiéndete a su lado,
duerme su mismo sueño penitente
y cuando el sol comience un nuevo día,
vete a cumplir con ellos la tarea.

Ángela Figuera Aymerich
Autor del cuadro: John Atkinson Grimshaw


sábado, 2 de mayo de 2020

LAS MADRES


LAS MADRES

Con esa carga dulce y tremenda del hijo
colgando de sus hombros o apretado en los brazos,
caminan, cruzan ríos, pantanos, espesuras.
Huyendo. Huyendo siempre sin saber hacia dónde.
Las vemos en refugios subterráneos,
en la profunda entraña de la selva,
por caminos desiertos
o en una casa en ruinas sin puerta ni tejado
cociendo un puñadito de arroz o dando el pecho.
Pero abrazando siempre, protegiendo incansables
el informe envoltorio donde asoma y reluce
como una perla oscura la carita del hijo.

Las vemos solas, mudas, con sus ojos abiertos,
opacos de dolor; interrogantes,
como esperando --¿qué?—dentro del caos.

Pero sus rostros tienen
un raro resplandor, cierta belleza
de signo sobrehumano donde late
una indomable voluntad de vida.

Ángela Figuera Aymerich
Cuadro:  Joaquín Sorolla


martes, 7 de abril de 2020

DIFÍCIL


DIFÍCIL


Difícil es salir del agujero
de un túnel sin estrellas ni bombillas.
Difícil es llegar a las orillas
de tanta sangre y tanto estercolero.

Difícil es hallar norte y sendero
por tierras calcinadas y amarillas.
Difícil es, sin agua y sin semillas,
de amor o pan hacerse cosechero.

Difícil es andar, subir la vida
con un muerto cogido de la mano
que tiene nuestro rostro y nuestra herida.

Difícil es cantar, luchar es vano,
sabiendo que la voz y la partida
se han de perder más tarde o más temprano.

Ángela Figuera Aymerich

jueves, 12 de marzo de 2020

EL GRITO INÚTIL


EL GRITO INÚTIL 


¿Qué vale una mujer? ¿Para qué sirve
una mujer viviendo en puro grito?
¿Qué puede una mujer en la riada
donde naufragan tantos superhombres
y van desmoronándose las frentes
alzadas como diques orgullosos
cuando las aguas discurrían lentas?

¿Qué puedo yo con estos pies de arcilla
rodando las provincias del pecado,
trepando por las dunas, resbalándome
por todos los problemas sin remedio?

¿Qué puedo yo, menesterosa, incrédula,
con sólo esta canción, esta porfía
limando y escociéndome la boca?

¿Qué puedo yo perdida en el silencio
de Dios, desconectada de los hombres,
preñada ya tan sólo de mi muerte,
en una espera lánguida y difícil,
edificando, terca, mis poemas
con argamasa de salitre y llanto?

Volvedme a aquel descuido, a aquel sosiego
en que era dable andar por los caminos
pastoreando ensueños como ovejas.
Volvedme al ruiseñor de aquel boscaje,
al vuelo de aquel cisne por el lago
bajo la planta azul de aquella luna.

Volvedme a la andadura mesurada
al trópico dulcísimo y sedante
de un verso con timón y cortesía
donde cantar cómo los bucles de oro
son cómplices del pájaro y la rosa,
porque eso, al fin, a nada compromete
y siempre suena bien y hace bonito.

Pero es vano, amigos, nos cortaron
la retirada hacia seguras bases.
Están rotos los puentes,
los caminos confusos,
los túneles cegados. No sabemos
de cierto si avanzamos o si huimos
dejando por detrás tierra quemada.

Y yo pregunto, vadeando a solas
un río de aguas turbias y crueles,
¿qué puede una mujer, para qué sirve
una mujer gritando entre los muertos?

Ángela Figuera Aymerich


viernes, 1 de noviembre de 2019

MUJERES DEL MERCADO - Ángela Figuera Aymerich


MUJERES DEL MERCADO

Son de cal y salmuera. Viejas ya desde siempre.
Armadura oxidada con relleno de escombros.
Tienen duros los ojos como fría cellisca.
Los cabellos marchitos como hierba pisada.
Y un vinagre maligno les recorre las venas.

Van temprano a la compra. Huronean los puestos.
Casi escarban. Eligen los tomates chafados.
Las naranjas mohosas. Maceradas verduras
que ya huelen a estiércol. Compran sangre cocida
en cilindros oscuros como quesos de lodo
y esos bofes que muestran, sonrosados y túmidos,
una obscena apariencia.

Al pagar, un suspiro les separa los labios
explorando morosas en el vientre mugriento
de un enorme raído monedero sin asas
con un miedo feroz a topar de improviso
en su fondo la última cochambrosa moneda.

Siempre llevan un hijo todo greñas y mocos,
que les cuelga ay arrastra de la falda pringosa
chupeteando una monda de manzana o de plátano.
Lo manejan a gritos, a empellones. Se alejan
maltratando el esparto de la sucia alpargata.

Van a un patio con moscas. Con chiquillos y perros.
Con vecinas que riñen. A un fogón pestilente.
A un barreño de ropa por lavar. A un marido
con olor a aguardiente y a sudor y a colilla.

Que mastican en silencio. Que blasfema y escupe.
Que tal vez por la noche, en la fétida alcoba,
sin caricias ni halagos, con brutal impaciencia
de animal instintivo, les castigue la entraña
con el peso agobiante de otro mísero fruto.
Otro largo cansancio.

Ángela Figuera Aymerich

martes, 3 de septiembre de 2019

IGNORANCIA - Ángela Figuera Aymerich


IGNORANCIA

Cuando caí de Ti a la dura tierra,
cuando me hallé, caliente de tus manos,
desnuda y con gemido entre los hombres,
era tu propio aliento el que llenaba
mis frágiles pulmones encerrados
hasta ese instante en soledad sin viento.
Era el reflejo de tu rostro en llamas
el que encendía mis pupilas nuevas.

Venía desde Ti, de Ti sabía
tu esencia, tu color y tu figura.

Sabía la razón de mi comienzo,
la cusa de mi carne y el designio
que hizo brotar, precisa, mi simiente
entre infinitos gérmenes frustrados.

Entonces te sabía y me sabía.
Por eso, duro, hermético, borraste
al paso de los días la memoria
de aquel primer instante y me has dejado
como un sediento río que corriera
desde una oscura fuente inasequible
hacia ignorados mares sin orilla.

Ángela Figuera Aymerich


lunes, 15 de abril de 2019

VEINTE AÑOS - Ángela Figuera Aymerich


VEINTE AÑOS

A mi hijo

Muchachos, torres, álamos rectamente creciendo,
cuajando reciamente, modelándose firmes;
rompiendo las cortezas, desclavando ventanas.
Muchachos, hijos míos, a vuestro veinte años,
yo vieja, yo cansada, yo madre, me dirijo.

Al fin, tengo que hablaros, muchachos, hijos todos
nacidos de mi entraña,
nacidos en el fuego y en la sangre y la pólvora
una noche sin sueño cuando mi hijo nacía.
Nacía con vosotros,
lloraba con vosotros un proféticos llanto
sobre  una tierra triste ya cebada de lágrimas;
caía con vosotros en medio de la herida
de España, en los escombros de sus bellas ciudades,
para dormir un sueño de metralla sin pájaros
en una frágil cuna que cercaban las hienas.

Hoy he de hablaros, hijos, porque tenéis veinte años,
la frente ya muy lejos del suelo, el pulso ardiente,
los ojos y los sueños poblados de muchachas,
y las mejillas ásperas y  los pies decididos.
(Yo sola sé, no importa, que aún queda  una blandura,
un dulce olor de madre que os ciñe la garganta.
Pero qué bellas manos, tan de hombre ya, tan hechas
tan ávidas, tan duras. Y  tan nuevas y limpias).

No puedo esperar más. Porque ya es hora
de que sepáis. Y yo voy a morirme,
voy a morirme cualquier día.
De aquello (y de callarlo) y de esto (y de decirlo)
y de mi corazón atragantado
a fuerza de penosas digestiones,
tabletas de aspirina y cocacola,
aire acondicionado por las calles,
hambre en la tierra y Dios en las alturas.

Podéis creer que lo he pensado mucho,
que lo he llorado mucho antes de hablaros.
Han sido largos años de morderse
los puños y la lengua, mucho tiempo
de comulgar con ruedas de molino,
de comulgar con ruedas de poesía
a diario y a sabiendas. Tantas penas,
tantas jornadas fueron necesarias
acumulando sangre gota a gota,
para lograr exacta la medida
de un hombre y ve colmada su estatura.
Ya estáis aquí. Mirándoos, amanece
sobre las aguas del dolor antiguo.

No, no os diré de aquello: (la ignominia,
la destrucción, la muerte), cuando observo
el puro resplandor de vuestras manos.
No, no os diré del odio y la venganza.
De cada niño muerto aquella noche
no renació ningún fusil con ojos.

Salieron vuestras manos, esas manos
con uñas y con palmas tan viriles.
Ponedlas a la obra. Alegremente.
Tomad en ellas pronto la herramienta,
que es mucha la labro y es vuestra hora.
Las manos de los jóvenes del mundo
están alzando a pulso las montañas.
Uníos. Trabajad hombro con hombro.
Mirad hacia delante. Haced camino.
Las sendas enlodadas ya no sirven.
Dejad que las podridas estructuras
se caigan sobre el débil y el cobarde.
Muera el chacal, la zorra, el cuervo, el buitre,
si os salen al encuentro y os detienen.
Arrinconad banderas desteñidas,
los libros de Historia apolillados,
las bellas etiquetas de colores
de tantos analgésicos. Quitaos
el plomo que os cayó sobre las cejas.

Dejadlo todo atrás. Para nosotros
quedó la infamia, el látigo el grillete.
Nosotros ya secamos nuestras venas,
quemamos nuestros pies y nuestras manos
y hay demasiada hiel en nuestras bocas.

Vosotros, no. Vosotros, adelante.
Tenéis la mano a punto y la esperanza.
Inaugurad el tiempo de la viña,
del pan y de la miel y la paloma.

Pronto: sumad esfuerzos al esfuerzo,
vida a la vida. Fecundad la tierra,
andad el mar, volad sobre la nueve.
Pasad sobre las ruinas. Olvidadnos
si, muertos, enterramos nuestros muertos.
Sed sanos, libres, justos y tenaces.
Labrad, edificad, haced España.
España en paz y en gracia de trabajo.
España a hechura y semejanza vuestra,
nacida limpia, madurada al viento,
muchachos, hijos míos, ya tan hombres,
los que cumplís veinte años este día.


Angela Figuera Aymerich

martes, 12 de marzo de 2019

CANTO RABIOSO DE AMOR A ESPAÑA EN SU BELLEZA - Ángela Figuera Aymerich

CANTO RABIOSO DE AMOR A ESPAÑA EN SU BELLEZA.

Con los ojos cerrados,
Con los puños cerrados, con la boca
Cerrada, España, canto tu belleza.
Y con la pluma ardiendo y con la pluma
loca de amor rabioso canto y firmo.

Belleza sobre ti y en tus entrañas
de miel y de granito, y en tu cielo,
y en tus encadenadas cordilleras
y en tus encadenados hombres, canto.

De siglo en siglo en olas y torrentes
de barro ibero, en sucesivas olas
de tierras y metales agregados,
de frutos madurados poco a poco
bajo tu fiero sol, me vienes madre

me viene tu belleza tierna y dura,
tu corazón rodando enamora
hasta embestirme, hasta llenarme toda,
hasta romperme el miedo y la corteza.

De siglo en siglo con tus ríos dulces,
puertos alegres, míticas ciudades,
piedras labradas, torreones, claustros,
palacios, catedrales y conventos,
pueblos de tierra, cementerios míseros,
huertos, jardines, patios y zaguanes,
cristos sangrientos, sonrosadas Vírgenes,
lanzas y escudos, cálices y códices;
de siglo en siglo con cincel y gubia,
con mística y ascética y pinceles,
con el arado, el yunque y el martillo,
la pluma y los telares, me has llegado.
De sueño en sueño con palmeras y agua,
con limoneros, nardos y arrayanes,
vino y almendra, música y aceite;
de mar a mar, al remo y a la vela,
con sal y caracolas, con pescados,
playas doradas, ásperos cantiles;
de tierra en tierra, con praderas húmedas,
sierras nevadas, florecidos valles,
pardas llanuras, parameras ásperas,
cierzos helados, delicadas brisas
oliendo a los tomillos de tu aliento,
de siglo en siglo me has llegado, España.

Tú me has parido y hecho y traspasado
de dicha y dolor hasta los huesos
con tu belleza que se clava y ciñe
como un silicio rojo en mi cintura
y hace subir mi sangre a borbotones
entre garganta y verso para ahogarme
de amor rabioso de vergüenza sorda,
de amor, de amor, de amor, de amor rabioso.

Porque eres bella España y agonizas
bajo mis pies, herida en tus cimientos.
Porque te veo andando entre zarzales
por todos los caminos rezagada
con una cruz al cuello y otra al hombro,
durmiendo en las cunetas de la gloria
para soñar perdidas carabelas
con ojos anegados de ceniza.
Porque te veo escuálida y desnuda,
comiendo el pan moreno de tu vientre,
bebiéndote el gazpacho de tu sangre,
desposeída de oros y de espadas,
borracha en copas, vapuleadas en bastos,
por todos malcomprada y mal vendida,
pordioseando impúdica en la puerta
de la opulenta Catedral del Mundo.
Porque te veo presa entre cadenas,
viuda, asesina y mártir de tus hijos,
a mil años y un día condenada.

Porque eres bella, España, y te me mueres,
porque eres mía, España, y no e absuelvo
del mal de España, canto tu belleza
y fecho y firmo a corazón parado,
boca cerrada y apretados puños,
clavándome la lengua entre los dientes,
porque no quiero blasfemar tu nombre.

Ángela Figuera Aymerich

sábado, 9 de marzo de 2019

CANCIÓN DEL PAN ROBADO - Ángela Figuera Aymerich


CANCIÓN DEL PAN ROBADO


Hermano de la hoz y de la trilla,
hermano del molino atareado,
hermano con el pecho enrojecido
por el calor del horno, dime, hermano,
¿dónde está el pan que hiciste con fatiga?
¿En dónde esta mi pan, que no lo alcanzo?
El pan que hiciste, para todos era.
Igual que tú lo haces, me lo gano.
Con sangre, con sudor y  golpe a golpe,
partiéndome los huesos a destajo.
¿Por qué no está en mi casa? ¿Es el camino
tan largo de la espiga hasta mis labios?
Mis hijos piden pan y no lo tienen.
¿Dónde va el pan bien hecho y bien ganado?

Hermano nuestro de la mina
y del taller y del andamio,
hermano de los olivares
y de las redes del pescado,
el pan que cuecen nuestros hornos
para vosotros lo amasamos
pero, del trigo hasta la boca,
¡cuántos ladrones acechando!
Está el hocico de la hiena,
están las garras del milano,
están los buitres con su pico,
miles de dientes afilados.

Pongámonos mucho más cerca,
hagamos nudo con las manos;
hombro con hombro, pecho a pecho,
los corazones apretados.
Un solo cuerpo a la tarea,
un solo afán, un solo brazo.
Todas las frentes un sudor
y una canción para alegrarlo.
Entre hombre y hombre ni un resquicio
para el cuchillo mas delgado.
Nadie podrá romper el nudo,
poner cadenas en los brazos.
No nos podrá morder el lobo.
No nos podrá partir el rayo.

El pan que salga de los hornos,
pan bien cocido y bien ganado,
será el pan nuestro de cada día,
ni discutido ni menguado
.

Ángela Figuera Aymerich

domingo, 18 de marzo de 2018

NADIE SABE - Ángela Figuera Aymerich


NADIE SABE


Abre tus ojos anchos al asombro
cada mañana nueva y acompasa
en místico silencio tu latido
porque un día comienza su voluta
y nadie sabe nada de los días
que se nos dan y luego se deshacen
en polvo y sombra. Nadie sabe nada.

Pisa la tierra. Vierte la simiente.
Coge la flor y el fruto. Sin palabras.
Pues nadie sabe nada de la tierra
muda y fecunda que, en silencio, brota,
y nadie sabe nada de las flores
ni de los frutos ebrios de dulzura.

Mira la llamarada de los árboles
irguiéndose en lo azul. Contempla, toca
la piedra inmóvil de alma intraducible
y el agua sin contornos que camina
por sus trazados cauces ignorándolos.
Sueña sobre ellos. Sueña. Sin decirlo.
Pues nadie sabe nada de los árboles
ni de la piedra ni del agua en fuga.

Mira las aves, altas, desprendidas,
rayando el sol a golpe de sus alas.
Toma del aire el trino y el gorjeo,
pero no quieras traducir su ritmo,
pues nadie sabe nada de los pájaros.
Mira la estrella. Vuela hasta su altura.
Toma su luz y enciéndete la frente,
pero no inquieras su remoto arcano
pues nadie sabe nada de la estrella.

Besa los labios y los ojos. Goza
la carne del amante sazonada
secretamente para ti. Acomete
con decisión humilde la tarea
del imperioso instinto. Crece y ama.
Más nada digas del tremendo rito
pues nadie sabe nada de los besos,
ni del amor ni del placer ni entiende
la ruda sacudida que nos pone
el hijo concluido entre los brazos.

Clama sin gritos. Llora sin estruendo.
Cierra las fauces del dolor oscuro,
pues nadie sabe nada de las lágrimas.

Vete a hurtadillas con discreto paso.
Traspasa quedamente la frontera,
pues nadie sabe nada de la muerte.

Ángela Figuera Aymerich