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domingo, 25 de enero de 2026

DOMINGO POR LA TARDE

 


DOMINGO POR LA TARDE

 

Domingo por la tarde en la ciudad inerte.

Me llaman los portales desdentados,

como boca de vieja

que cantase canciones de niñez.

Las sombras en la piedra.

Las nubes enganchadas en la torre,

pinchadas, desangrándose.

Los niños que se aburren,

que se espían en torno de la fuente,

sin entender por qué

siempre han de inventar juegos.

Enredado a mis pasos,

el tiempo se demora sin oficio,

igual que una pelota desinflada.

De pronto me parece que te busco

desde otros años y desde otra luz,

mi ciudad estancada de domingo,

que voy desentrañando con paciencia y esfuerzo,

pieza por pieza, la perdida imagen,

descifrando sus signos.

Me paro unos instantes trastornada en mitad de la acera,

herida por la aguja alevosa del futuro,

me tropiezo con alguien

--“¿en qué va usted pensando?”—

y le pido perdón atolondradamente,

hombre o mujer, no sé, llevaba abrigo oscuro.

Tal vez me va siguiendo con la vista

mientras reemprendo mi paseo sin rumbo,

mi zigzag indolente de domingo

por las calles angostas y sombrías, en espera de nada,

tan solo, en todo caso, de que la noche borre la ciudad.

 

Carmen Martín Gaite

Cuadro:"Viste el color" de Miguel O. Menassa

domingo, 7 de diciembre de 2025

DONDE ACABA EL AMOR

DONDE ACABA EL AMOR

 

Cuando llegas al muro

donde acaba el amor

ya no hay escapatoria.

Y lo escalaba trabajosamente,

repitiendo “ya no hay escapatoria”,

desafiando los cristales rotos

clavados en su cumbre;

y se dejó caer al otro lado

con las manos heridas.

Se las miró un momento,

y se lamió la sangre.

“Ya no hay escapatoria”

susurraba anhelante.

Por fin echó a correr,

sin mirar hacia atrás,

por la llanura estática,

plana, infinita y yerma.

 

Carmen Martin Gaite

Cuadro: "Enamoramiento" de Miguel Oscar Menassa


jueves, 27 de noviembre de 2025

DESPERTAR

 


DESPERTAR

 

Me han roto un sueño frágil

a golpes de estallido amortiguado,

efímero y aleve.

¿Quién y adónde se lleva los fragmentos?

Me despierto en un bosque sin senderos.

El rumor de los pasos

era mi única guía

y el cuenco de mis manos apretadas

el cofre de aquel sueño.

Me despierto en un bosque enmarañado

con las manos vacías,

sin tesoro ni brújula,

sin saber por qué ruta

huyeron los ladrones,

si los hubo siquiera.

 

Porque –ay—en este bosque,

huérfano de señales y senderos

tampoco existe el eco

y no sé si la voz que enhebra esta canción

es o no verdadera.

 

Carmen Martín Gaite