SOMOS EL FRUTO MADURO DE UNA
ESTACIÓN LEJANA
En plena noche
Ella sigue siendo mi luz
y descansar me parece
absurdo en su presencia.
Ella produce luz cuando
vibra su cuerpo
cuando su cuerpo tiembla
de volcanes perdidos
de volcanes abiertos cual
pestilente herida
escupiendo y llorando
calientes tempestades de
silencio.
Abro los ojos para verla
temblar
y Ella me enceguece con su
luz.
Cuando su cuerpo recorre
los escándalos de la noche
cuando su cuerpo se
detiene
violín interminable
en infinitas notas
imposibles
como una música
loca de silencio
la luz
infinita luz
se enceguece a sí misma.
Al compás
de los últimos movimientos
de su cuerpo
todo es gris.
Como cuando la lluvia
te parte el corazón
como cuando en el invierno
las heladas razones del
odio
en tu cuerpo
hacen fracasar todo
temblor
todo sueño.
Y el gris es
más que la soledad
más que el silencio
como cuando las piedras
se defienden de las
piedras
como cuando la noche
estalla
de oscuridad y sombras.
Reina la noche
y Ella, todavía,
es Poesía.
Animal de luz.
Bestia del tiempo
baila para mí
última danza.
Se contonea y salta entre
la muerte y la locura
sin brusquedad como
danzando entre corales
como danzando entre nubes
ardientes de plenitud.
Su cuerpo es el amor
es el amor que nos lleva más
lejos que la muerte
amor de amores más
imposible, aún, que la locura.
Amor no sabe nada de la
vida
es una carne abierta
a las palabras más
pequeñas.
Amor no reina sobre nada
danza sin esperar
respuesta
como si la vida fuera su
compás.
Furtiva
entre la espesa niebla
donde se pudre el tiempo
envuelta en mis palabras
crucificada por el amor
sonríe
abierta como nube
partida por el sol.
Yo era el inefable
hombre de las cavernas
buitre feroz sin patria
caía
con toda mi destreza
sobre tu pequeño tiempo
muerto entre la niebla
y me lo comía.
Miguel Oscar Menassa
Del libro: “La poesía y yo”
Cuadro: "Meterse en el corazón de la ciudad" de Miguel Oscar Menassa









