ARRÁNCAME LA VISTA, AMADA
Arráncame la vista, amada,
le dije sin mirarla
y ella, acostumbrada a mis
palabras, bajó el telón.
Quedamos, al besarnos, de
este lado del mundo,
sin ver lo que pasaba, sin
mostrar lo que hacíamos.
Devuélveme la vista,
amada, le dije sin mirarla
y ella, acostumbrada a mis
palabras, subió el telón.
Quedamos, al besarnos, de
este lado del mundo,
lo vimos y lo mostramos
todo, mas todo daba igual.
Déjame como estoy, no
toques mi delirio.
Algo te doy amándote y
nadie se da cuenta.
Algo me guardo para mí del
amor peor no siento nada.
No somos náufragos
perdidos, aún no hemos partido.
Aún, amada, nadie ha
llegado al puerto
y al llegar no habrá barca
esperándonos.
Sólo la bruma de la orilla
espera,
sin novedad, sin mundo,
volvemos a la página.
Ya fuimos ciegos, ya
fuimos videntes,
ya dimos de beber a quien
no amaba el agua,
nos sentamos a comer en la
mesa de los ayunadores
y una cama vacía de amor
la llenamos de lágrimas.
Ya fuimos la luz que no se
enciende
aunque de golpe aparezca
Aladino.
Ya fuimos los condenados
de la tierra
y el dolor de quien nada
tiene para sí.
Somos, ahora, como los árboles
perennes
que una vez plantados no
dejan de crecer;
más allá de los soles, del
viento, de las lluvias,
más allá de los tiempos,
del amor, de la muerte.
Miguel O. Menassa
Del libro: “Al sur de
Europa”
Cuadro: "Más allá de los cuerpos" de Miguel O. Menassa









