EL RELOJ CAÍDO EN EL MAR
Hay tanta luz tan sombría
en el espacio
y tantas dimensiones de súbito
amarillas,
porque no cae el viento
ni respiran las hojas.
Es un día domingo detenido
en el mar,
un día como un buque
sumergido,
una gota del tiempo que
asaltan las escamas
ferozmente vestidas de
humedad transparente.
Hay meses seriamente
acumulados en una vestidura
que queremos oler llorando
con los ojos cerrados,
y hay años en un solo
ciego signo del agua
depositada y verde,
hay la edad que los dedos
ni la luz apresaron,
mucho más estimable que un
abanico roto,
mucho más silenciosa que
un pie desenterrado,
hay la nupcial edad de los
días disueltos
en una triste tumba que
los peces recorren.
Los pétalos del tiempo
caen inmensamente
como vagos paraguas
parecidos al cielo,
creciendo en torno, es
apenas
una campana nunca vista,
una rosa inundada, un
medusa, un largo
latido quebrantado:
pero no es eso, es algo
que toca y gasta apenas,
una confusa huella sin
sonido ni pájaros,
un desvanecimiento de
perfumes y razas.
El reloj que en el campo
se tendió sobre el musgo
y golpeó una cadera con su
eléctrica forma
corre desvencijado y
herido bajo el agua temible
que ondula palpitando de
corrientes centrales.
Pablo Neruda
Cuadro: "El viejo y el mar" de Miguel O. Menassa









