AYER, AL ANOCHECER
Las sombras descendían,
los pájaros callaban,
la luna desplegaba su
nacarado olán.
La noche era de oro, los
astros nos miraban
y el vento nos traía la
esencia del galán.
El cielo azul tenía
ambiantes de topacio,
la tierra oscura cabello
de bálsamo sutil;
tus ojos más destellos que
todo aquel espacio,
tu juventud más ámbar que
todo aquel abril.
Aquella era la hora
solemne en que me inspiro,
en que del alma brota el cántico
nupcial,
el cántico inefable del
beso y del suspiro,
el cántico más dulce, del
idilio triunfal.
De súbito atraído quizá
por una estrella,
volviste al éter puro tu
rostro soñador…
Y dije a los luceros: “¡verted
el cielo en ella!”
y dije a tus pupilas: “¡verted
en mí el amor!”
Víctor Hugo
Cuadro: "Gemidos del viento" de Miguel O. Menassa

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