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jueves, 26 de febrero de 2026

EL ALMA ERA LO MISMO QUE UNA RANITA VERDE

 


EL ALMA ERA LO MISMO QUE UNA RANITA VERDE

 

El alma era lo mismo

que una ramita verde,

largas horas sentadas sobre el borde

de un rumoroso

Misisipí.

Desea el agua, y duda. La desea

porque es el elemento para que fue criada,

pero teme

el bramador empuje del caudal,

y, allá en lo oscuro, aún ignorar querría

aquel inmenso hervor

que la puede apartar (ya sin retorno,

hacia el azar sin nombre)

de la ribera dulce, de su costumbre antigua.

Y duda y duda y duda la pobre rana verde.

 

Y hacia el atardecer,

he aquí que, de pronto,

un estruendo creciente retumba derrumbándose,

y enfurecida salta el agua

sobre sus lindes,

y sube y salta

como si todo el valle fuera

un hontanar hirviente,

y crece y salta

en rompientes enormes,

donde se desmoronan

torres nevadas contra el huracán,

o ascienden, dilatándose

como gigantes flores que se abrieran al viento,

efímeros arcángeles de espuma.

Y sube, y salta, espuma, aire, bramido,

mientras a entrambos lados rueda o huye,

oruga sigilosa o tigre elástico

(fiera, en fin, con la comba del avance)

la lámina de plomo que el ancho valle oprime.

 

Oh, si llevo las casas, si desraigó los troncos,

si casi horadó montes,

nadie pregunta por las ranas verdes…

 

…¡Ay, Dios,

cómo me has arrastrado,

cómo me has desarraigado,

cómo me llevas

en tu invencible frenesí,

cómo me arrebataste

hacia tu amor!

Yo dudaba.

No, no dudo:

dame tu incógnita aventura,

tu inundación, tu océano,

tu final,

la tromba indefinida de tu mente,

dame tu nombre,

en ti.

 

Dámaso Alonso

Cuadro: "El mar verde" de Miguel O. Menassa

martes, 24 de febrero de 2026

COSA

 


COSA

Rompes… el ondear del aire

J.R. Jiménez

 

¡Ay, terca niña!

Le dices que no al viento,

a la niebla y al agua:

rajas el viento,

partes la niebla,

hiendes el agua.

 

Te niegas a la luz profundamente:

la rechazas,

ya teñida de ti: verde, amarilla,

--vencida ya—gris, roja, plata.

 

Y celas de la noche,

la ardua

noche de horror de tus entrañas sordas.

 

Cuando la mano intenta poseerte,

siente la piel tus límites:

la muralla, la cava

de tu enemiga fe, siempre en alerta.

 

Nombre te puse, te marcó mi hierro:

“cáliz”, “brida”, “clavel”, “cenefa”,”pluma”…

(Era tu sombra lo que aprisionaba.)

 

Al interior sentido

convoqué contra ti.

                                   Y, oh burladora,

te deshiciste en forma y en color,

en peso o en fragancia.

¡Nunca tú: tú, caudal, tú, inaprensible!

 

¡Ay, niña terca,

ay, voluntad del ser, presencia hostil,

límite frío a nuestro amor!

                                                 ¡Ay turbia

bestezuela de sombra,

que palpitas ahora entre mis dedos,

que repites ahora entre mis dedos

tu dura negativa de alimaña!

 

Dámaso Alonso

Cuadro: "Aves del paraíso" de Miguel O. Menassa 

sábado, 14 de febrero de 2026

AMOR

 

 


AMOR

 

¡Primavera feroz! Va mi ternura

por las más hondas venas derramada,

fresco hontanar, y furia desvelada,

que a extenuante pasmo se apresura.

 

¡Oh qué acezar, qué hervir, oh, qué premura

de hallar, en la colina clausurada,

la llaga roja de la cueva helada,

y su cura más dulce, en la locura!

 

¡Monstruo fugaz, espanto de mi vida,

rayo sin luz, oh tú, mi primavera,

mi alimaña feroz, mi arcángel fuerte!

 

¿Hacia qué hondón sombrío me convida,

desplegada y astral, tu cabellera?

¡Amor, amor, principio de la muerte!

 

Dámaso Alonso

Cuadro de Edouard Manet

lunes, 28 de julio de 2025

LOS COLEÓPTEROS DE LAS RUINAS

 

LOS COLEÓPTEROS

DE LAS RUINAS

 

Estos negros filósofos huraños,

de fuertes patas y de antenas finas,

gozan la verdad de nuestros años,

lascivos en sus ansias masculinas.

¡Extraños,

los coleópteros de las ruinas!

Tienen fuertes artejos

los tentáculos largos de sus patas.

Con ellos trepan por los muros viejos

y pos los troncos de estas pobres matas.

Entre los torreones derruidos,

sobre la calma de las aguas muertas

del foso, en las alturas dominantes,

estos negros y fieros

guerreros de corazas quitinosas

surcan las piedras tristes

y las hierbas humildes de las grietas

con el desdén infatuo que las cosas

que andan sienten por las cosas quietas.

Y el abdomen, curvado

con la elegancia de una mandolina,

lo llevan revestido e indurado

por una negra capa de quitina,

que, sin otra armazón que les proteja,

les provee de escudo y de loriga,

sin que romperlo al combatir consiga

el aguijón agudo de la abeja

ni las fuertes maxilas de la hormiga.

Y sus hembras hermosas,

aún más curvadas elegantemente,

se entregan al amor voluptuosas

con una languidez adolescente.

Ocupación: la lucha en el verano,

con  un adarme de filosofía

cuando por el invierno el viento vano

gime en el torreón su sonería.

Anárquicos, desdeñan los progresos

del moderno y brutal colectivismo

con una religión: la de los besos;

con un solo ideal: el de sí mismo.

Así pasan la vida estos huraños

filósofos de eclécticas doctrinas.

¡Extraños,

los coleópteros de las ruinas!

 

Dámaso Alonso

Cuadro de Miguel O. Menassa

 

martes, 4 de junio de 2024

SÓLO

 

SÓLO

Como perro sin amo,

que no tiene huella ni olfato,

y yerra por los caminos…

Antonio Machado

Hiéreme. Sienta

mi carne tu caricia destructora.

Desde la entraña se eleva mi grito,

y no me respondías. Soledad

absoluta. Solo. Solo.

Sí, yo he visto estos canes errabundos,

allá en las cercas últimas,

jadeantes huir a prima noche,

y esquivar las cabañas

y el sonoro redil, donde mastines

más dichosos, no ignoran

ni el duro  pan ni el palo del pastor.

Pero ellos huyen,

hozando por las secas torrenteras,

venteando luceros, y si buscan

junto a un tocón del quejigal yacija,

pronto otra vez se yerguen:

se yerguen y avizoran la hondonada

de las sombras, y huyen

bajo la indiferencia de los astros,

entre los cierzos finos.

 

Dámaso Alonso

Cuadro: "Reencuentro" de Miguel O. Menassa

 

 

 

 

martes, 24 de octubre de 2023

EN LA SOMBRA

 


EN LA SOMBRA

 

 

Sí: tú me buscas.

 

A veces en la noche yo te siento a mi lado,

que me acechas,

que me quieres palpar,

y el alma se me agita con el terror y el sueño,

como una cabritilla, amarrada a una estaca,

que ha sentido  la onda sigilosa del tigre

y el fallido zarpazo que no incendió la carne,

que se extinguió en el aire oscuro.

 

Sí: tú me buscas.

 

Tú me oteas, escucho tu jadear caliente,

tu revolver de bestia que se hiere en los troncos,

siento en la sombra

tu inmensa mole blanca, sin ojos, que voltea

igual que un iceberg que sin rumor se invierte en el

agua salobre.

 

Sí: me buscas.

Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.

 

No me digas que no. No, no  me digas

que soy náufrago solo

como esos que de súbito han visto las tinieblas

rasgadas por la brasa de luz de un gran navío,

y el corazón les puja de gozo y de esperanza.

Pero el resuello enorme

pasó, rozó lentísimo, y se alejó en la noche,

indiferente y sordo.

 

Dime, di que me buscas.

Tengo miedo de ser náufrago solitario,

miedo de que me ignores

como al náufrago ignoran los vientos que le baten,

las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan.

 

Dámaso Alonso

Cuadro: "Encuentro nocturno" de Miguel Oscar Menassa

jueves, 9 de abril de 2020

A LOS QUE VAN A NACER


A LOS QUE VAN A NACER


¡Cuán cerca todavía
de las manos de Dios! ¿Sentís su aliento
rugir entre los cedros del Levante?
¿Hay en vuestras pupilar rabos de oro,
vedijitas, aún, incandescentes,
de la gran lumbrarada creadora?
¿O fraguasteis, tal vez, en su sonrisa
-sonrisillas de Dios, niños dormidos-
y juerga en vuestras salas,
niño eternal, gran inventor de juegos?
Oh, vosotros le veis, seres profundos,
y saltáis en el vientre de la madre.

¿Qué peces de colores
os surcan aguas del dorado sueño?
¿Qué divinos esquifes
-juguetes sin engaño-
cruzan el día albar de vuestro cauce?
¿De qué extraña ladera
son esas pedrezuelas diminutas
que bullen al manar de vuestras aguas?
Oh fuentes silenciosas.
Oh soterradas fuentes
de los enormes ríos de la vida.

Seréis torrente en furia
que va a rodar al páramo. Seréis
indagación y grito sin respuesta.
Ay, guardad esta luz estremecida.
Ay, refrenad el agua,
volved al centro exacto.
Ay de vosotros

…Ay de estos cieguecitos
de leche no cuajada,
de tierna pulpa vegetal, dormida.
Ay, copos de manteca,
que hacia el mercado vais –de sus ordeños
modelados por Dios, aún en su música,
con las gotas aún de su rocío-
entre las verdes hojas de los úteros.

Dámaso Alonso


jueves, 31 de octubre de 2019

YO


YO


Mi portento inmediato,
mi frenética pasión de cada día,
mi flor, mi ángel de cada instante,
aun como el pan caliente con olor de tu hornada,
aun sumergido en las aguas de Dios,
y en los aire azules del día original del mundo:
dime, dulce amor mío,
dime, presencia incógnita,
45 años de misteriosa compañía,
¿aún no son suficientes
para entregarte, para desvelarte
a tu amigo, a tu hermano,
a tu triste doble?

¡No, no! Dime, alacrán, necrófago,
cadáver que se me está pudriendo encima
desde hace 45 años,
hiena crepuscular
fétida hidra de 800.000 cabezas,
¿por qué siempre me muestras sólo una cara?
Siempre a cada segundo una cara distinta,
unos ojos crueles,
los ojos de un desconocido,
que me miran sin comprender
(con ese odio del desconocido)
y pasan:
a cada segundo.

Son tus cabezas hediondas, tus cabezas crueles,
oh hidra violácea.

Hace 45 años que te odio,
que escupo, que te maldigo,
pero no sé a quién maldigo,
a quién odio, a quién escupo.

Dulce,
dulce amor mío incógnito,
45 años hace ya
que te amo.

Dámaso Alonso
De “Hijos de la ira”



sábado, 17 de marzo de 2018

NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS QUE VAN A DAR A LA MAR J.M.




NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS QUE VAN A DAR A LA MAR
J.M.


     Todos los días que pasan
son para el cuerpo un desgarro;
para el alma, un desconsuelo.
¡Ay!, nuestras vidas se amasan
con un poquito de barro
y otro poquito de cielo…

    Tenemos que luchar solos
con la carne que nos tienta
y el alma que nos levanta,
y entre tan opuestos polos
gira la vida cruenta,
la que quisiéramos santa…

    En este punto indeciso
está el espíritu grave
y turbado, sin saber
hacia qué punto es preciso
guiar de proa la nave,
hacia qué playa torcer.

   Algunas flores matizan
las orillas de este río
que corremos. Son amores.
¡Oh, qué suave se deslizan
por el pobre pecho mío
esas flores!

     ¡Y sólo tienen espinas…!
Se deshacen las divinas
facetas de la ilusión,
y está en el triste desierto
la nave sin ver el puerto
y sangrando el corazón.

     Entre las aguas del río,
derivando en la corriente,
navegan las flores muertas.
Suaves gotas de rocío
vibran, en perla riente,
sobre sus corolas yertas.

     ¡Flor que en el agua ha caído,
la onda mansa la lleva,
seca, arrugada, amarilla…!
Más ya que esa flor se ha ido,
¿no ha de brotar otra nueva,
del río en la fresca orilla?

     Y pasan así los años
pletóricos de ilusiones
por la venidera suerte
¡y, tras muchos desengaños,
naufragan los corazones
en las playas de la muerte!

    Todos los días que pasan
son para el cuerpo un desgarro,
para el alma un desconsuelo,
¡ay, nuestras vidas se amasan
con un poquito de barro
y otro poquito de cielo…!

Dámaso Alonso


martes, 7 de noviembre de 2017

LA OBSESIÓN


LA OBSESIÓN

 

Tú. Siempre tú.
Ahí estás,
moscardón verde,
hocicándome testarudo,
batiendo con zumbido interminable
tus obstinadas alas, tus poderosas alas velludas,
arrinconando esta conciencia, este trozo de conciencia empobrecida,
izándola a empellones tenaces
sobre las crestas últimas, ávidas ya de abismo.

 

 Alguna vez te alejas,
y el alma, súbita, como oprimido muelle que una mano en
el juego un instante relaja,
salta y se aferra al gozo, a la esperanza trémula,
a la luz de Dios, a campo de estío,
a estos amores próximos que, mudos, en torno a mi angustia, me interrogan
con grandes ojos ignorantes.
Pero ya estás ahí, de nuevo,
sordo picón, ariete de la pena,
agrio berbiquí mío, carcoma de mi raíz de hombre.

 
¿Qué piedras, qué murallas
quieres batir en mí,
oh torpe catapulta?

 
Si, ahí estás,
peludo abejarrón.
azorado en el aire,
sacudes como dudosos diedros de penumbra,
alas de pardo luto,
oscilantes, urgentes, implacables al cerco.
rebotado de ti, por el zigzag
de la avidez te enviscas
en tu presa,
hocicándome, entrechocándome siempre.

 
No me sirven mis manos ni mis pies,
que afincaban la tierra, que arredraban el aire,
no me sirven mis ojos, que aprisionaron la hermosura,
no me sirven mis pensamientos, que coronaron mundos a la caza de Dios.

 
Heme aquí, hoy, inválido ante ti,
ante ti,
infame criatura, en tiniebla nacida,
pequeña lanzadera
que tejes ese ondulante paño de la angustia,
que me ahoga
y ya me va a extinguir como se apaga el eco
de un ser con vida en una tumba negra.
 

Duro, hiriente, me golpeas una vez y otra vez,
extremo diamantino
de vengador venablo, de poderosa lanza.

 
¿Quién te arroja o te blande?
¿Qué inmensa voluntad de sombra así se obstina
contra un solo y pequeño (¡y tierno!) punto vivo de los espacios técnicos?
No, ya no más, no más, acaba, acaba,
atizonador de mi delirio,
hurgón de esto que queda de mi rescoldo humano,
menea, menea bien los últimos encendidos carbones,
y salten las altas llamas purísimas, las altas llamas cantoras,
proclamando a los cielos
la gloria, la victoria final
de una razón humana que se extingue.

 
Dámaso Alonso

 

domingo, 29 de octubre de 2017

CIENCIA DEL AMOR


CIENCIA DEL AMOR

No sé. Sólo me llega en el venero
de tus ojos, la lóbrega noticia
de Dios; sólo en tus labios, la caricia
de un mundo en mies, de un celestial granero.

¿Eres limpio cristal, o ventisquero
destructor? No, no sé... De esta delicia,
yo solo sé su cósmica avaricia,
el sideral latir con que te quiero.

Yo no sé si eres muerte o si eres vida,
si toco rosa en ti, si toco estrella,
si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.

Junco en el agua o sorda piedra herida,
sólo sé que la tarde es ancha y bella,
sólo sé que soy hombre y que te amo.

 

Dámaso Alonso

 

jueves, 10 de noviembre de 2016

DE PROFUNDIS


 
DE PROFUNDIS

 

Si vais por la carera del arrabal, apartaos, no os inficione mi pestilencia.
El dedo de mi Dios me ha señalado: odre de putrefacción quiso que fuera este mi cuerpo,
y una ramera de solicitaciones mi alma,
no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer de amor al príncipe,
sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano,
sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes,
que ya ha olvidado las palabras de amor,
y sólo puede pedir unas monedas de cobre en la cantonada.
Yo soy la piltrafa que el tablero arroja al perro del mendigo,
y el perro del mendigo arroja al muladar.
Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo de la miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,
y le ha dicho: Oh Señor, tu que has hecho también la podredumbre,
mírame,
yo soy el orujo exprimido en el año de la mala cosecha
yo soy el excremento del can sarnoso
el zapato sin suela en el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer, que nadie compra,
y donde casi ni escarban las gallinas.
Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas de mi ser,
para que un día sea mantillo de tus huertos!

 
Dámaso Alonso
“Hijos de la ira, 1945”

miércoles, 26 de octubre de 2016

MONSTRUOS


MONSTRUOS


Todos los días rezo esta oración
al levantarme:

Oh Dios,
no me atormentes más.
Dime qué significan
estos espantos que me rodean.
Cercado estoy de monstruos
que mudamente me preguntan,
igual, igual, que yo les interrogo a ellos.
Que tal vez te preguntan,
lo mismo que yo en vano perturbo
el silencio de tu invariable noche
con mi desgarradora interrogación.
Bajo la penumbra de las estrellas
y bajo la terrible tiniebla de la luz solar,
me acechan ojos enemigos,
formas grotescas que me vigilan,
colores hirientes lazos me están tendiendo:
¡son monstruos,
estoy cercado de monstruos!

No me devoran.
Devoran mi reposo anhelado,
me hacen ser una angustia que se desarrolla a sí misma,
me hacen hombre,
monstruo entre monstruos.

No, ninguno tan horrible
como este Dámaso frenético,
como este amarillo ciempiés que hacia ti clama con todos sus tentáculos enloquecidos,
como esta bestia inmediata
transfundida en una angustia fluyente;
no, ninguno tan monstruoso
como esa alimaña que brama hacia ti,
como esa desgarrada incógnita
que ahora te increpa con gemidos articulados,
que ahora te dice:
«Oh Dios,
no me atormentes más,
dime qué significan
estos monstruos que me rodean
y este espanto íntimo que hacia ti gime en la noche.»

Dámaso Alonso


martes, 8 de marzo de 2016

PREPARATIVOS DE VIAJE


PREPARATIVOS DE VIAJE

Unos
se van quedando estupefactos,
mirando sin avidez, estúpidamente, más allá, cada vez más allá
hacia la otra ladera.

Otros
voltean la cabeza a un lado y otro lado,
sí, la pobre cabeza, aún no vencida,
casi
con gesto de dominio,
como si no quisieran perder la última página de un libro de aventuras,
casi con gesto de desprecio,
cual si quisieran
volver con despectiva indiferencia las espaldas
a una cosa apenas si entrevista,
más que no va con ellos.

Hay algunos
que agitan con angustia los brazos por fuera del embozo
cual si en torno a sus sienes espantaran tozudos moscardones azules,
o cual bracearan en un agua densa, poblada de invisibles medusas.

Otros maldicen a Dios,
escupen al Dios que les hizo,
y las cuerdas heridas de sus chillidos acres
atraviesan como una pesadilla las salas insomnes del hospital,
hacen oscilar como un viento sutil
las alas de las tocas
y cortan el torpe vaho del cloroformo.

Algunos llaman con  débil voz
a sus madres,
las pobres madres, las dulces madres
entre cuyas costillas hace ya muchos años que se pudren las tablas del ataúd.

Y es muy frecuente
que el moribundo hable de viajes largos,
de viajes por transparentes mares azules, por archipiélagos remotos,
y que se quiera arrojar del lecho
porque va a partir el tren, porque ya zarpa el barco.
(Y entonces se les hiela el alma
a aquellos que rodean al enfermo. Porque comprenden).

Y hay algunos, felices,
que pasan de un sueño rosado, de un sueño dulce, tibio y dulce,
al sueño largo y frío.

Ay, era ese engañoso sueño,
cuando la madre, el hijo, la hermana
han  salido con enorme emoción, sonriendo, temblando, llorando,
han salido de puntillas,
para decir: ”¡Duerme tranquilo, parece que duerme muy bien!”
pero, no: no era eso.

…Oh, sí; las madres lo saben muy bien: cada niño se duerme de una manera distinta…

Pero todos, todos se quedan
con los ojos abiertos.
ojos abiertos, desmesurados en el espanto último,
ojos en guiño, como una soturna broma, como una mueca ante un panorama grotesco,
ojos casi cerrados, que miran por fisura, por un trocito de arco, por el segmento inferior de las pupilas.

No hay mirada más triste.
Si, no hay mirada más profunda ni más triste.

Ah, muertos, muertos, ¿qué habéis visto
en la esquina cruel, en el terrible momento del tránsito?
ah, ¿qué habéis visto en ese instante del encontronazo con el camión gris de la muerte?
No sé si cielos lejanísimos de desvaídas estrellas,
de lentos cometas solitarios hacia la torpe nebulosa inicial,
no sé si un infinito de nieves, donde hay un rastro de sangre, 
una huella de sangra inacabable,
ni si el frenético color de una inmensa orquesta convulsa cuando se descuajan los orbes,
ni si acaso la gran violeta que esparció por el mundo la tristeza como un largo perfume de enero,
ay, no sé si habéis visto los ojos profundos, la faz impenetrable.

Dios mío, Dios mío, ¿qué han visto un instante esos ojos que se quedaron abiertos?

Dámaso Alonso

“Hijos de la ira”

miércoles, 22 de abril de 2015

VISIÓN DE PRIMAVERA


VISIÓN DE PRIMAVERA


Este domingo en flor de primavera
en el verde reciente de los prados,
junto al río, dormido en la ribera,
pastaba el pastorcillo sus ganados.

Leía en el librote con estampas
que regaló a la madre del señor cura,
mientras subía de las tierras campas
la niebla matinal hasta la altura.

Y era en el libro la maravillosa
rosa de una visión de primavera,
Milagrosa, la llama silenciosa,
y milagrosa, el agua pasajera.

¡Y el sol! El sol caía soslayado,
blondo y trivial como un adolescente
que por primera vez viese, azorado,
el llanto enorme y la montaña ingente.

Un mirlo en el seguro de algún chopo
silbaba la canción de la leyenda.
Y en la riba feraz hozaba un topo
el oculto trazado de su senda.

Leía el pastorcillo. Solamente
de vez en  vez cantaban las esquilas.
En el río dormía la corriente
en las aguas ahondas y tranquilas.

¡Oh, el encanto del libro, que decía
que la Blanca señora, entre las flores,
también alguna vez se aparecía
a los pobres y cándidos pastores!

Y ebrio de sol, de río y de milagro,
por almohadón el libro tan querido,
en la sonora soledad del agro
el pastorcillo se quedó dormido.

Y tuvo un sueño
por el cielo raso
navegaba una nube diminuta,
que dejaba prendidas a su paso
unas claras estrellas en su ruta.

Y venía hacia él, y se iba haciendo Mayor.
Y era su paso el de la aurora.
¡Y sobre ella venía, sonriendo
como una blanca flor, Nuestra Señora,

En sus brazos el niño Jesú Cristo,
y unos  ángeles rubios por cortejo!
(El pastorcillo tal la había visto
en las estampas del libro viejo).

Mas la nube dorada ya cernía
su gracia sobre el prado floreciente,
y desde el claro cielo descendía
a posarse en la hierba dulcemente.

Y las vacas, dejando el pasto ameno,
recogidas, devotas y asustadas,
doblegando sus manos sobre el heno
humillaron las testas encornadas.

Y la blanca señora al muchachuelo,
que estaba destocado y temeroso,
le dirigió su voz, que era del Cielo
un murmullo callado y melodioso:

<Tu tienes estas vacas en el prado
terreno, pastorcillo, pero no conoces
aquel prado regalado
que para mis amantes guardo yo>.

Allí cantan los mirlos ciérnales
en los copudos árboles de plata,
y beben mis corderos recentales
la blanca leche de la espesa nata.

¡Sube conmigo al místico alborozo,
al huerto de perenne primavera!
atónito escuchaba el pobre mozo
volteando en sus manos la montera.

Cuando, indeciso, preguntó a María,
con la voz matizada de ternura;
«¿y mis vacas señora, no podría
subirlas a ese prado de ventura?».

Se sonrió maravillosamente
la Virgen Santa y respondió que sí
y el pastorcillo entonces, diligente,
todas sus vacas congregó tras sí.
Y entraron en la nube misteriosa
las rojas, las marelas, las pintadas,
con la mirada grande y vagarosa,
tañendo las esquilas reposadas…
la nube se elevó pausadamente,
llevada por los vientos celestiales,
cruzó el río de lánguida corriente,
y navegó por el azul riente
hacia los frescos prados eternales.
Se levantó el retozo de la brisa,
para el pastor, de amargo despertar.
Repicaban la estrofa de la misa
a coro las campanas del lugar.

Ya el sol crecido por el campo ardía
matando flores con sus besos rojos.
Y lloró el pastorcillo que veía
la soledad del campo ante sus ojos
y, volviendo la vista a su ganado,
notó la falta de la más querida
de sus vacas… ¡pastaba en el cercado ajeno
yerba fresca y prohibida!

Y en su busca cruzó valles sombríos,
y praderas en flor, y matorrales,
y bosques hondos de árboles bravíos,
y frescos y cantores manantiales.
¡Allí estaba!... perdida en lejanía,
mordisqueando los retoños tiernos,
y volvió, sudoroso, al mediodía
sujetando a su vaca por los cuernos.



Dámaso Alonso