miércoles, 5 de abril de 2023

CABALLERO SIN ANTIFAZ



CABALLERO SIN ANTIFAZ

 

 

Cuando se mueve la viva piedra

que me acompaña en el canto rodado de la voz,

apareces, de súbito, tú…

 

me esperas siempre,

yo

me conformo con alguna vez sin exigencias,

un encuentro verdadero.

 

Sin la interferencia del pasado

podemos inventar, me digo, cualquier vigencia,

decir por ejemplo:

te amo en el futuro rasgo de tu sonrisa.

 

Te amo como el vacío posterior al cruce en el viento

de bandadas de pájaros de la misma especie

y diferente plumaje en vuelo permanente.

 

Ese renglón, insisto,

vacío después de poner adiós por testigo

en un pañuelo de barra de labios intenso

dolor carne.

 

Así, con tu reverencia presente en la eterna espera

como hilandera que miente de telar nuevos vientos,

así llegaré, cabalgando una crin negra de hombre curtido

en todos los mares,

menos en tu océano de belleza impar

sin antifaz, de medianoche.

 

Carlos Fernández del Ganso

Del libro: “No recuerdo el futuro”

Cuadro: "Sobre fondo blanco"

 

 

lunes, 3 de abril de 2023

LAS LENGUAS

 


LAS LENGUAS

 

 

Yo, que descubrí la existencia de los decimales

y quebrados número y los racionales racimos

del natural sentimiento de la cifra,

puedo describir y digo: hay siete continentes

¿o son cinco?

Y más lenguas que idiomas

¿o son dialectos de madre?

 

Yo, que investigué minucioso, alguna vez, algún libro

sagrado o prohibido, y quebré todos los husos musculares

en hilos de plata y, de la razón que las viñetas puso como uvas

para la garganta, conozco

la oquedad del laringoscopio con su final de luz.

 

Yo, que dibujé carboncillo imitando la silueta de estatua,

el bronce níveo de la escarcha acuarela y los doce lápices

de color en la cena,

resulté impactado por el óleo versátil

en aleación metálica creando, del vacío diferentes planos,

¿O eran mapas buscando tu vientre?

 

Yo, sordo para la música de nacimiento, tarareaba versos

cual cantautor volando con un pañuelo rojo al cuello

y cazadora de cuero negro entre bosques de milhojas

preparando el amerizaje de tu ausencia,

¿O era un príncipe escalando el torreón de tus trenzas?

 

Yo, que no sé hablar todos los idiomas,

y diplomado en cuestas abajo sin freno ni paracaídas, sé decir:

je t’aime, je t’aime, je t’aime.

 

También viajé tus muslos arriba con lentitud para

en el centro de la cuestión susurrar:

i love you, i love you, i love you.

 

Bambina, no me pidas alemán, que no llegué al amazonas aún

y de las inteligentes tribus conservo sólo la pluma del latín recuerdo.

 

Pero reconozco esta noche entre las sábanas enroscadas

de tanto girar como una hélice sobre mi hambre de lumbre

que, antes y después de arrancarme el corazón hercúleo de la pasión,

lo que me vuelve auténticamente loco,

lo que mejor pronuncio,

lo que deseo,

donde soy torero de primera plaza

es cuando con diferentes tonos y todas las vocales

haciéndote mía:

Te amo, te amo, ate amo, te amo, te amo, te amo…

Te amo.

 

Carlos Fernández del Ganso

Del libro: “No recuerdo el futuro”

Cuadro: "Sinapsis del amor" de Carlos Fernández del Ganso

 

 

domingo, 2 de abril de 2023

MERCADO DE SAN JOSÉ

 


MERCADO DE SAN JOSÉ

 

 

Azulejos amarillos de pasar veranos relatan

en bandejas de avestruz lunes sin perejil

con el volar matutino de los globos del tendero

al verde centro de una calle de manzana.

 

Vocerío de mutilados y el ciego presente

del azar prohibido por la mugre necesaria

de escamas y huesos destilando en la botica

el frío de la humedad pintando los cristales de dolor.

 

Noviazgo consumado en las miradas furtivas

de rivales viandas y calderilla resonando

el fiel de balanzas y la orquesta del vigilante

hurtando su porción de suerte a los gatos.

 

¡Aligustre barato, cromos de campeones!

¡Aquí, en el andamio de madera sin bombillas

en la primer rendija a la izquierda, encontrará

alambres para el fogón y amor en papel de estraza!

 

¡Perejil, perejil, perejilito para tus noches de muérdago

y sal de las fauces del pelícano que quiso volar

a bajo nivel entre las palancas de una quilla gallega!

Y ¿quién no vistió un delantal verde y negro, de rayas,

descolorido por el roce mostrador en los cuerpos?

 

¿Qué faraón no tuvo en su corte, un mendigo de sueños

cantando calderilla en el suelo sus migajas de hambre?

Yo, que nunca estuve de lejos en tu presencia de multitud

ni en el turno de esperar los boletos del domingo.

 

Yo, que no soy yo, esperé el milagro del calamar,

tinta que tantas veces extraje con mis manos

para pintar la noche de colores

y cantar de aquel pescador de tierra adentro

que, con tiempo del alma, se hizo médico.

 

 

Carlos Fernández del Ganso

Del libro: “No recuerdo el futuro"

Cuadro: "Bagdag" de Carlos Fernández del Ganso

martes, 28 de marzo de 2023

CALLE DE LAS SIERPES

 


CALLE DE LAS SIERPES

A D. Ramón de la Serna

 

Una corriente de brazos y de espaldas

nos encauza

y nos hace desembocar

bajo los abanicos,

las pipas,

los anteojos enormes

colgados en medio de la calle;

únicos testimonios de una raza

desaparecida de gigantes.

 

Sentados al borde de las sillas,

cual si fueran a dar un brinco

y ponerse a bailar,

los parroquianos de los cafés

aplauden la actividad del camarero,

mientras los limpiabotas les lustran los zapatos

hasta que pueda leerse

el anuncio de la corrida del domingo.

 

Con sus caras de mascarón de proa,

el habano hace las veces de bauprés,

los hacendados penetran

en los despachos de bebidas,

a muletear los argumentos

como si entraran a matar;

y acodados en los mostradores,

que simulan barreras,

brindan a la concurrencia

el miura disecado que asoma la cabeza en la pared.

 

Ceñidos en sus capas, como toreros,

los curas entran en las peluquerías

a afeitarse en cuatrocientos espejos a la vez,

y cuando salen a la calle

ya tienen una barba de tres días.

 

En los invernáculos edificados por los círculos,

la pereza se da como en ninguna parte

y los socios la ingieren

con churros o con horchata,

para encallar en los sillones

sus abulias y sus laxitudes de fantoches.

 

Cada doscientos cuarenta y siete hombres,

trescientos doce curar y doscientos noventa y tres soldados,

para una mujer.

 

Oliverio Girando

Argentina 1891

Cuadro: "Animales lejanos" de Miguel O. Menassa

 

lunes, 27 de marzo de 2023

PARA EL VEINTICINCO DE OCTUBRE DE 1828

 


PARA EL VEINTICINCO DE OCTUBRE DE 1828

 

 

Si quieres vivir bien y solazarte,

del pasado no debes preocuparte,

y si algún menoscabo padecieres,

no te apures y sigue entes quehaceres.

Despierta en la mañana cada día,

cual un recién nacido, y sin porfía,

aguarda que él te trace su dictado,

que cada día tiene su cuidado.

Aunque tu propia obra te complazca,

harás por apreciar lo que a otros plazca;

procura sobre todo a nadie odiar

y deja que Dios ponga lo demás.

 

****

Fija el poeta los ojos en el vulgo

y ve a los hombres, presa de sí mismos,

tan pronto alegres como tristes, mustios,

pero el poeta persigue su designio.

Para lograrlo, su camino propio

de seguir trata y se lo muestra el prójimo:

luego baja la frente ante su sino.

 

****

Mocito, señala a tiempo

alto blanco a tu saeta;

que las Musas acompañan,

mas no guían al poeta.

 

Johann Wolfgang von Goethe

Cuadro: "Y cada uno tendrá su pequeña balsa" de Miguel O. Menassa

 

 

 

 

viernes, 24 de marzo de 2023

AUDACIA SUPERIOR



 AUDACIA SUPERIOR

 

 

Audacia superior la del descubrimiento,

hace que su lengua flexible

moleste la calma de los burócratas.

Agobiado por un destino envidiable,

tiene placeres inocentes.

Los he amado con timidez, silenciosamente.

No tuve esperanzas.

No nos comanda lo dicho, sino lo indecible.

No hay felicidad en el mundo,

sólo existen la paz y la libertad

indispensables para el poeta.

Oh Poeta, no estimules demasiado el amor del pueblo.

Escucharás el juicio del tonto y las risas heladas del gentío.

Pero quédate ahí, debes vivir solo.

Eres el rey, una audacia superior que nos han elegido.

 

Lucía Serrano

Cuadro: "Hasta aquí llegó el hombre" de Miguel Oscar Menassa

jueves, 23 de marzo de 2023

TE FUISTE


 


TE FUISTE


El esplendor de los mejores años era verte llegar siempre conmigo.

Esperábamos juntos todas las primaveras.

Admirábamos la audacia que creció en los arebatados suburbios

de nuestros mejores sueños.

Después, ya no recuerdo cuando, te fuiste

y yo desconocí tu paradero.

Seducida la valentía gastada por tanta juventud otorgada,

no volvimos a vernos.

Perdida por tu ausencia, la muerte arrebatö con su torpeza

mi cuerpo en la intemperie y yo me fui lejos.


Lucía Serrano

Cuadro: "Amores ocultos" de Miguel Oscar Menassa



miércoles, 22 de marzo de 2023

LEER

 


LEER

 

 

Es verdad que no hay que cansarse de reclamar a los escritores claridad, simplicidad, deferencia hacia las masas que no escriben, pero alguna vez nos asalta la duda de que no todos sepan leer. Leer es muy fácil, dicen aquellos a quienes la larga costumbre de los libros ha quitado todo respeto por la palabra escrita; pero quien, en cambio, más que libros trata con hombres o cosas, y tiene que salir por la mañana y regresar de noche endurecido, si por casualidad se concentra sobre una página, comprende que tiene ante sus ojos algo áspero y extraño, desvanecido y al mismo tiempo fuerte, que lo arremete y lo desalienta. Es inútil decir que éste último está más cerca de la verdadera lectura que el otro.

 

Sucede con los libros como con las personas. Hay que tomarlos en serio. Pero, precisamente por eso, debemos guardarnos de hacer de ellos ídolos, es decir, instrumentos de nuestra pereza. En esto, el hombre que no vive entre libros, y que para abrirlos debe hacer un esfuerzo, tiene un capital de humildad, de desconocida fuerza –la única verdadera- que le permite acercarse a las palabras con el respeto y el ansia con que nos acercamos a una persona predilecta. Y esto vale mucho más que la “cultura”, al contrario, es la verdadera cultura. Necesidad de comprender a los demás, caridad hacia los otros, que es, al fin, el único modo de comprenderse y amarse a sí mismo: aquí se inicia la cultura. Los libros no son los hombres, son medios para llegar a ellos; quien los ama y no ama a los hombres, es aun fatuo y condenado.

 

Hay un obstáculo al leer –y es siempre el mismo, en cualquier campo de la vida-: la demasiada seguridad en sí mismo, la falta de humildad, el rechazo del prójimo, del que es distinto.

Siempre nos detiene el inaudito descubrimiento de que alguien ha visto, no mucho más lejos que nosotros, pero si de un modo distinto. Estamos hechos de tristes costumbres. Nos gusta asombrarnos, como los niños, pero no demasiado. Cuando el estupor nos obliga a salir realmente de nosotros mismos, a perder el equilibrio para encontrar otro, quizá más arriesgado, entonces fruncimos la boca, pataleamos, verdaderamente nos volvemos niños. Pero de éstos nos falta la virginidad que es inocencia. Nosotros tenemos ideas, tenemos gustos, ya hemos leído libros: poseemos algo, y como todos los poseedores, tememos por ese algo.

 

Todos hemos leído. Y sucede a menudo que, así como los más pequeños burgueses se atienen al falso decoro y a los prejuicios de clase mucho más que los audaces aventureros del gran mundo, así el ignorante que ha leído algo se aferra ciegamente al gusto, a la banalidad, al prejuicio que ha absorbido, y desde aquel día, si se le ocurre leer todavía, todo lo juzga y lo condena según ese patrón. Es tan fácil aceptar la perspectiva más banal y mantenerse en ella, seguros del consentimiento de la mayoría. Es tan cómodo suponer que todo esfuerzo ha terminado y se conoce la belleza, la verdad y la justicia. Es cómodo y vil. Es como creer que nos hemos absuelto de nuestro eterno y temido deber de caridad hacia el hombre, regalando una lira al pordiosero de vez en cuando. Nada haremos, ni aun en esto, sin el respeto y la humildad: la humildad que va abriendo grietas de luz a través de nuestra sustancia de orgullo y pereza, el respeto que nos persuade de la dignidad de los otros, del diferente, del prójimo como tal.

 

Se habla de libros. Y se sabe que los libros, cuanto más pura y llana es su voz, tanto más dolor y tensión han costado a quien los ha escrito. Es inútil por lo tanto, esperar sondearlos sin pagar nada. Leer no es fácil. Y sucede que quien ha estudiado, quien se mueve ágilmente en el mundo del conocimiento y del gusto, quien no posee el tiempo y los medios para leer, muy a menudo no tiene alma, está muerto al amor por el hombre, está encostrado y endurecido en el egoísmo de casta. En cambio, quien anhelaría, como anhela la vida, ese mundo de fantasía y el pensamiento, casi siempre está aún privado de los primeros elementos: le falta el alfabeto de cualquier lenguaje, no le sobran tiempo ni fuerzas, o, pero, está extraviado por una falsa preparación, casi una propaganda, que le oculta y desfigura los valores. Quienquiera que afronte un tratado de física, un texto de contabilidad, la gramática de una lengua, sabe que existe una preparación específica, un mínimo de nociones indispensables para sacar provecho de la nueva lectura. ¿Cuántos se dan cuenta de que se requiere un análogo bagaje técnico para acercarse a una novela, a un poema, a un ensayo, a una meditación? ¿Y, además, que estas nociones técnicas son inconmensurablemente más complejas, sutiles y fugitivas que las otras, y no se encuentran en ningún manual y en ninguna Biblia? Se piensa que un relato, un poema, por el hecho de que hablen, no al físico, al contador o al especialista, sino al hombre que hay en todos ellos, han de ser naturalmente accesibles a la común atención humana. Y éste es el error. Una cosa es el hombre, otra los hombres. Pero, por otra parte, una tonta leyenda la de que poetas, narradores y filósofos se dirijan al hombre en absoluto, al hombre abstracto, al Hombre. Ellos hablan al individuo de una determinada época y situación, al individuo que siente determinados problemas y busca resolverlos a su manera, también y sobre todo, cuando lee novelas. Será entonces necesario, para comprender las novelas, situarse en la época y proponerse los problemas; lo que quiere decir, ante todo, en este terrenos, aprender los lenguajes, la necesidad de los lenguajes. Convencerse de que si un escritor elige ciertas palabras, ciertos tonos y giros insólitos, tiene por lo menos el derecho de no ser inmediatamente condenado, en nombre de una precedente lectura donde los giros y las palabras eran más ordenados, más fáciles, o solamente diferentes. Esta tarea del lenguaje es la más vistosa, pero no la más ardiente. Por cierto que todo es lenguaje en un escritor que sea tal, pero basta justamente con hacerlo comprendido para encontrarse en inmundo de los más vivos y complejos, donde la cuestión de una palabra, de una inflexión, de una cadencia, se vuelve en seguida un problema de costumbre, de moralidad. O, sin más de política.

 

Baste esto, entonces. El arte, como se dice, es una cosa seria. Es por lo menos tan seria como la moral o la política. Peor si tenemos el deber de apoyarnos en éstas con aquella modesta que es búsqueda de claridad –caridad hacia los otros y dureza para nosotros- no se ve con qué derecho, ante una página escrita, olvidamos el ser hombre y que un hombre nos habla.

 

Cesare Pavese

Artículo publicado en L’Unitá de Turín, el 20 de junio de 1945

 

 

 

jueves, 16 de marzo de 2023

MÁS ALLÁ


 

MÁS ALLÁ

 

 

Más allá de la vida, mi amor, más allá siempre,

ahora ligeros, únicos, sobre un lecho de estrellas,

poblamos a la noche sin límites, vivimos

en muerte, oh hermosa mía, una noche infinita.

 

Sobre un seno azulado reposa blandamente

su testa fatigada del mundo. Siento sólo

tu sangre ya poblada de luces, de miríadas

de astros, y beso el pulso suave del universo y toco

su rostro con el leve fulgor de mi mejilla.

 

Oh triste, oh grave noche completa. Amada, yaces

perfecta y te repaso te ciño. Mundo solo.

Universal vivir de un cuerpo que, hecho luces,

más allá de la vida de un hombre amor permites.

 

Vicente Aleixandre

Cuadro de Van Gogh

 

 

miércoles, 15 de marzo de 2023

LAS PALABRAS DEL POETA

 


LAS PALABRAS DEL POETA

 

 

Después de las palabras muertas,

e las aun pronunciadas o dichas,

¿qué esperas? Unas hojas volantes,

más papeles dispersos.  ¿Quién sabe? Unas palabras

deshechas, como el eco o la luz que muere allá en gran noche.

 

Todo es noche profunda.

Morir es olvidar unas palabras dichas

en momentos de delicia o de ira, de éxtasis o abandono,

cuando, despierta el alma, por los ojos se asoma

más como la luz que cual sonido experto.

Experto, pues que dispuesto fuese

en virtud de un son sobre página abierta,

apoyado en palabras, o ellas con el sonido calan

el aire y se reposan. No con virtud suprema,

pero sí con un orden, infalible, si quieren.

 

Pues obedientes, ellas, las palabras, se atienen

a su virtud y dóciles

se posan soberanas, bajo la luz se asoman

por una lengua humana que a expresarlas se aplica.

 

Y la mano reduce

su movimiento a hallarlas,

no: a descubrirlas, útil, mientras brillan, revelan,

cuando no, en desengaño, se evaporan.

 

Así, quedadas a las veces, duermen,

residuo al fin de un fuego intacto

que si murió no olvida,

pero débil su memoria dejó, y allí se hallase.

 

Todo es noche profunda.

Morir es olvidar palabras, resortes, vidrio, nubes,

para atenerse a un orden

invisible de día, pero cierto en la noche, en gran abismo.

Allí la tierra, estricta,

no permite otro amor que el centro entero.

Ni otro beso que serle.

Ni otro amor que el amor que, ahogado, irradia.

 

En la noches profundas

correspondencia hallasen

las palabras dejadas o dormidas.

En papeles volantes, ¿quién las sabe u olvida?

Alguna vez, acaso, resonarán, ¿quién sabe?,

en unos pocos corazones fraternos.

 

Vicente Aleixandre

Cuadro: "El poeta llega a Madrid"