miércoles, 8 de enero de 2020

VENUS - Rubén Darío


VENUS


En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
que esperaba a su amante bajo el techo de su camarín,
o que, llevaba en hombros, la profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

“¡Oh, reina rubia! ¿díjele?, mi alma quiere dejar su crisálida
y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida, 

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar”.
El aire de la noche refresca la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

Rubén Darío


domingo, 5 de enero de 2020

LA ROSA NIÑA



LA ROSA NIÑA


Cristal, oro y rosa. Alba en Palestina.
Salen los tres reyes de adorar al rey,
flor de infancia llena de una luz divina
que humaniza y dora la mula y el buey.

Baltasar medita, mirando la estrella
que guía en la altura. Gaspar sueña en
la visión sagrada. Melchor ve en aquella
visión la llegada de un mágico bien.

Las cabalgaduras sacuden los cuellos
cubiertos de sedas y metales. Frío
matinal refresca belfos de camellos
húmedos de gracia, de azul y rocío.

Las meditaciones de la baba sabia
van acompasando los plumajes flavos,
los ágiles trotes de potros de Arabia
y las risas blancas de negros esclavos.

¿De dónde vinieron a la Epifanía?
¿De Persia? ¿De Egipto? ¿De la India? Es en vano
cavilar. Vinieron de la luz del Día,
del Amor. Inútil pensar. Tertuliano.

El fin anunciaban de un gran cautiverio
y el advenimiento de un raro tesoro.
Traían un símbolo de triple misterio,
portando el incienso, la mirra y el oro.

En las cercanías de Belén se para
el cortejo. ¿A causa? A causa de que
una dulce niña de belleza rara
surge ante los magos, todo ensueño y fe.

¡Oh reyes! ¿Les dice? Yo soy una niña
que oyó a los vecinos pastores cantar,
y desde la próxima florida campiña
miró vuestro regio cortejo pasar.

Yo sé que ha nacido Jesús Nazareno,
que el mundo está lleno de gozo por El,
y que es tan rosado, tan lindo y tan bueno,
que hace al sol más sol, y a la miel más miel.

Aún no llega el día… ¿Dónde está el establo?
Prestadme la estrella para ir a Belén.
No tengáis cuidado que la apague el diablo,
con mis ojos puros la cuidaré bien.

Los magos quedaron silenciosos. Bella
de toda belleza, a Belén tornó
la estrella y la niña, llevada por ella
al establo, cuna de Jesús, entró.

Pero cuando estuvo junto a aquel infante,
en cuyas pupilas miró a Dos arder,
se quedó pasmada, pálido el semblante,
porque no tenía nada que ofrecer.

La Madre miraba a su niño lucero,
las dos bestias buenas daban su calor;
sonreía el santo viejo carpintero,
la niña estaba temblando de amor.

Allí había oro en cajas reales,
perfumes en frascos de hechura oriental,
incienso en copas de finos metales,
y quesos, y flores, y miel de panal.

Se puso rosada, rosada, rosada…
ante la mirada del niño Jesús.
(Felizmente que era su  madrina un hada,
de Anatole France o el doctor Mardrús).

¡Qué dar a ese niño, qué dar sino ella!
¿Qué dar a ese tierno divino Señor?
Le hubiera ofrecido la mágica estrella,
la de Baltasar, Gaspar y Melchor…

mas a los influjos del hada amorosa,
que supo el secreto de aquel corazón,
se fue convirtiendo poco a poco en rosa,
en rosa más bella que las de Sarón.

La metamorfosis fue santa aquel día
(la sombra lejana de Ovidio aplaudía),
pues la dulce niña ofreció al Señor,
que le agradecía y le sonreía,
en la melodía de la Epifanía,
su cuerpo hecho pétalos y su alma hecha olor.

Rubén Darío

domingo, 22 de diciembre de 2019

YO PERSIGO UNA FORMA.... RUBÉN DARÍO



YO PERSIGO UNA FORMA…


Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
el abrazo imposible de la Venus de Milo.

Adornan verdes palmas el blanco peristilo;
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.

Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;

y bajo la ventana de mi Bella Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.

Rubén Darío





viernes, 13 de diciembre de 2019

UNA TARDE CUALQUIERA - Carlos Fernández





UNA TARDE CUALQUIERA

Por contar esta historia nadie podrá denunciarme
y sin embargo aún la recuerdo.
Acabábamos de hacer el amor, comencé a sonreír
y… ¡espera, espera!
Salió corriendo hacia mi despacho jadeante y descalza,
volvió con papel, bolígrafo, cerillas de madera
y mi pipa de cedro irlandés.
¡Escríbelo, escríbelo!

Yo encendía la pipa y doblaba las hojas apoyándome
sobre un libro de cuentos que me había regalado.

¡Estoy mareada, estoy muy sensible, eso que haces choca en mí contra un tope!
¿tú lo notas?
Ella hablaba susurrándome al oído temblorosa y despeinada.
No le prestaba atención, recordaba esos vaivenes
de su cuerpo sobe el mío abatido en la cama,
aplastado por la noria de sus movimientos,
deslizándose como un acordeón de dúctiles paredes,
enroscándose a la cintura, abrasando mi pecho a besos,
girando novena grados sobre el vientre
mirando a la ventana que daba al mar.

A ella le gustaba hacer el amor de esa manera,
sentada en cuclillas dándome la espalda
y plegada sobre sí misma en una especie de zeta
que absorbía todos los jugos corporales y
deshidrataba hasta el último rincón de mi sed de amor.

Yo elevaba las caderas,
ella se agarraba furiosa a mí… decía para no caerse.
La izaba al aire y ella caía cada vez más abierta
a mi verga endurecida con aromas de diosas
y brava como el viento de ultramar.

¡No puedo más, no puedo más!,
gritaba y susurraba canciones de protesta
y caían de sus cabellos plumas de pasión
y las escamas de su vientre creaban unas con otras
melodiosos ruidos que acompañaban el ronroneo del somier.

Mientras escribía, seguía mirándome temblorosa y desnuda,
jugando con sus manos entre  mis muslos abiertos.
¿Te doy un masaje? Es muy bueno para la piel
y revitalización del tono intestinal,
lo he leído en una revista en la “pelu”. ¡Ya verás!
No le respondía, sabía que lo haría con placer
y me hacía sentir como un árabe rodeado de palmeras.

Volvía a encender la pipa y continuaba escribiendo,
más empezaba a notar, fruto de sus masajes
un calor cuando rodeando el surco balano prepucial 
de forma tangencial y precisa empezó a deglutirme
y creí morir… Pensé que es una tontería fallecer
justo en ese momento, dejé de escribir
y cayéndonos en la alfombra llena de libros
comencé a contarle una historia:
“Conocí una vez a dos mujeres que inventaban
en mis sueños siempre una nueva historia,
me regalaban verbos y me hacía bailar de acento.
Yo remarcaba oblicuo, cercano a ellas, sin rozarlas
cada vocal abierta de sus caderas,
los lomos del viento cruzando en zigzag sus pechos,
cayendo a bocados en vírgenes colores,
mientras abría sus piernas en columpios de atardeceres.
Una leía poemas sentada en el suelo,
la otra dibujaba acentos en cada gutural sonido,
en el gemido de mi cuerpo sordo bailando,
transformándome en rasgo, apenas tilde del desencuentro”.

Aquella noche, víspera del regreso a mi país,
cambié su rostro de siempre,
tiré a la papelera hojas y tabaco añejos.
Ella secó de lágrimas su cuerpo sobre el mío
y le hice el amor como se ama a una mujer,
abarcándola en cada movimiento,
acompasando cada latido con briosos envites al vacío,
rescatándola de golpe contra la nada,
dejándome arrastrar como un él, como una ella,
confundido, desvariado, firme en la cima,
ondeando la piel, aspirando en cada grito y jadeo
de su voz toda la muerte y volviendo sobre
los puntos suspensivos desvirgándome ajeno a mí,
escribiendo en su piel y rostro, aquella tarde.

Decidió contarme su secreto, nunca había gozado,
no sabía volar y aterrizando en jirones de color,
se crispó en túneles sin paredes, abrió el manjar.
De ella tomé lo que corresponde,
palabras sin acentuar durante siglos,
mirada sin lágrimas en la voz del deseo
y aquella historia enmarcando el silencio.

Esta vez el viaje es camino y huella,
fue botón de destrucción
será hoja de rocío, agua del mañana y sencillo remolino.

Carlos Fernández del Ganso

miércoles, 11 de diciembre de 2019

BESA MI PIEL EN TU ALCOBA - Maribel Domínguez Duarte



BESA MI PIEL EN TU ALCOBA


¿Qué más te puedo dar, que no hayamos gozado?
Toma mi existencia,
horas solitarias pensando en ti,
cada uno de mis huesos
cansados de abrazarte a escondidas,
habitantes de un mundo sumergido,
silencioso, invisible, que agoniza
a la luz
y fenece fulminante en ojos ajenos.
                      
Cuántos abrazos asesinados por las agujas de tu reloj.
Cuántas noches frías, sangrando soledad,
esperando un latido simultáneo, acompañante,
una secuencia compartida 
sin temor al adiós.

Besa mi piel en tu alcoba.

Déjame que me enrede en una arruga de tus sábanas,
anudarme en tus brazos,
contemplemos juntos las sucesivas lunas.
Dejemos atrás las alegrías momentáneas,
toma esta rosa completa, con pétalos y espinas
y amanezcamos mañana también en las tristezas.

Maribel Domínguez Duarte


martes, 10 de diciembre de 2019

NO ME REGALES ROSAS - Gloria Gómez


NO ME REGALES ROSAS


No me regales rosas, no.
No es que yo no ame las rosas,
es que en el rosal lucen mejor
están vivas y cantan su alegría en los pétalos
dando el sí cuando corresponde un amor
y el no cuando visita el desamor.

En su raíz perdura la savia de la vida
recordando las espinas que recorren el alma
al ver su tallo.
Alcanzan la libertad echando pétalos al viento
para sembrar más vida en distinto jardín.
Nos sonríen a su paso dejando el inconfundible aroma de los besos,
inspiran el mejor verso al amante taciturno,
colman de belleza el trasluz de la ventana,
tersas y sublimes nos abren el rocío abrazando cuerpos.
Muestran la libertad en banderas trayendo el pan.

En su regazo guardan mi niñez.
Cada azul siento su aroma acariciando mi piel
van siempre en mi camino.
Cómo voy a querer arrancarlas?
Han  escuchado mis plegarias y mis juegos
han sido las primeras en descubrir mi primer beso
y han visto mi llanto y mi dolor, mis quejas y mis sueños.
Sonrientes cimbrean el ritmo de los amantes
son libres en su matorral,
allá donde están dejan una sonrisa que sólo ellas conocen.

Pero si se las corta…, se marchitan
poco a poco entristecen, no les llega la savia de la tierra,
¿savia? o ¿amor?...
…y sin darnos cuenta
el lugar que ocupan, queda vacío y se llena de soledad
en forma de nudo en el pecho
como si el amor se acabara.
Como si solo durante el tiempo que dura una flor cuando la cortas.
Después no queda nada.

No me regales rosas, no.
Sería como arrancar mi esencia de la tierra,
como quedarme sin las alas que da la libertad de la savia
o… el amor?

No se puede amar la libertad,
si se decide cortar la savia de cualquier vida,
el fluido que recorre las venas.
El temblor de la piel ante el roce de otra piel
se hiela, se enquista y muere.

Déjalas vivir
que yo quiero amarlas
cada vez que me regalas una con  tu boca

Gloria Gómez

lunes, 9 de diciembre de 2019

ME SIENTO EXTRAÑO




ME SIENTO EXTRAÑO


Somos una costumbre, un gesto, un modo,
una manera de mirar, acaso.
Pequeños movimientos nos distinguen,
leves fórmulas marcan signos, rasgos
que se hacen peculiares nos conducen
por rutas diferentes a escenarios
de vida en que los viejos papeles suenan como
otro cuento distinto y necesario.

Me doy cuenta que estoy hecho de mínimos
materiales de vida moldeados
por antiguas liturgias, ritos graves,
ceremoniales de confusos hábitos
que me hacen lo que soy y ponen
su irremediable marca en mi costado.

Soy un pequeño mundo con sus normas,
sus leyes, sus funciones, sus mandatos,
su inevitable proceder, su modo
de respirar. No doy un solo paso
que no proceda de una antigua historia
y que no esté a un sistema acomodado.

¿Será la forma de partir el pan,
como Meaux? ¿Será como alzo el vaso
para el agua que bebo? Breves signos
caracterizan mi talante humano
y me hacen tan reducto de costumbre
y soledad, que ahora me siento extraño. 

Y sin embargo sé que soy lo mismo,
que algo nos une irremediablemente,
que un recorrido igual está esperándonos
y una misma materia nos sostiene.

Hay una misma sangre, un mismo río
de vida golpeando en nuestras sienes
y una misma esperanza que se hace angustia
en la garganta y en el pecho siempre.

En los espejos cruzan de los ojos,
árboles, lagos, tierras diferentes,
pero una sola flor los unifica:
es la roja azucena de la muerte.

Leopoldo de Luis


sábado, 7 de diciembre de 2019

EL INTERLUDIO DE LAS HORAS -Esther Núñez



EL INTERLUDIO DE LAS HORAS


En el interludio de las horas
las agujas de una clepsidra,
reposan precisas.

Su música acaricia los acordes que combinan un nuevo amor.
Sutiles se detienen…
de nuevo prosiguen…
afables, abrazas una nueva conversación.

En las alas del corazón su tic-tac
resuena en la precisión de otros labios, otro cuerpo.

Sus abrazos con sabor a aire,
presentes, libres, muerden la manzana prohibida.

Esther Núñez Roma

ATARDECER SOBRE EL ACANTILADO - Alicia Martín



ATARDECER SOBRE EL ACANTILADO

                  
En las mañanas del verano
reflejada por los rayos de sol
intervienen los recuerdos del
pasado,
las conversaciones persisten
activas
verificando nuevos proyectos
acontecidos en el olvido.
Apresurándonos
hacia la máquina del amor
construimos estrofas que
marcarán el destino de los dos.