jueves, 12 de abril de 2018

LA TIRANÍA DE LA LIBERTAD - Carlos Fernández del Ganso


LA TIRANÍA DE LA LIBERTAD

¡Qué imposible tu herida!
Cuando hablas se interrumpe la nunca realidad
y amanecen figuras desnudas bailando,
como haciendo, del tiempo, palabras.

¡Tirana!
Construyes elefantes, hormigas hablando
aquí en este ciempiés de cifra hueca.

Boleto que nadie vende y a todos murmura.

¡Qué libertad, señora!
Cuando falleces de martes
y pides un polvo de amor en la despedida.

¡Qué tuya la lejanía!
cuando mujer y tierra son la misma canción:
largas trenzas negras tapándome de futuro cadáver.

¿Otra vez aquí?
Brutal, eres brutal cuando se apagan todos los fuegos,
teme el bosque las sombras de blanco extremo
y el mar su destino impredecible, a tus pies.

Carlos Fernández del Ganso
De “No recuerdo el futuro”


miércoles, 11 de abril de 2018

HE VIAJADO TANTO QUE... - Carlos Fernández del Ganso

HE VIAJADO TANTO QUE…


He viajado tanto que
planté hijos sobre el mar,
hoy, son delfines
de vientre blanco
oca marinas del todo azul.
Y escribí árboles
de girón
sobre playas desnudas
mirad, qué llanura de sombra.
Y tuve libros
como sábanas,
los adoquines de mi ciudad
arropaos si queréis
son nubes sin forma definida.

Fui, os digo
fiel y balanza de orquesta.

Ahora, calma mi alma
otra sed.

¿Alguna vez de hambre
saludasteis,
estrechamente,
a un manco
su cojera religiosa?
¿Conoces alguna
bandera
sin color?
¿Algún instante has amado en los torpes
de lápiz torcido,
sus cejas de arbotante
pobladas de ignorancia?

Yo nunca quemé
un billete moneda,
ni detuve con el pecho
un tranvía ebrio
sin freno, cuesta abajo.

No conozco sin embargo
San Francisco.
Mi panadero se llama Paco,
es bajito. De harina me saluda
en las madrugadas
tras su mostrador de madera.

¿Has visitado algún
monasterio sin piedras?
¿conoces algún campanario
que no tenga un monaguillo
travieso?

Mi madre hacía croquetas
con sus manos.
Benditas manos de ocho y remolino.

Yo siempre visito los
ríos, por su margen derecha
y saludo al sol
con las palmas cerradas.
Cuido los ojos,
sólo tengo dos que me acompañan
desde niño,
bien los conozco,
ellos miran lo que no ven.

He viajado tanto que
en fotografías canto
de ironía y humor cercano.

A veces hombre taciturno
a veces mujer robada.

Carlos Fernández del Ganso
De “Diván de sueños”



martes, 10 de abril de 2018

ASÍ ES EL AMOR EN MI TIERRA - Carlos Fernández del Ganso



ASÍ ES EL AMOR EN MI TIERRA


Como oleaje en pleamar
eclipse de luna y sierra
talando océanos,
así se presentaba ella,
recodando amores de pana en
Talante quebrado y hechizos de hoguera
Mediterránea,
así, al unísono como tañido de campana añeja
blandiendo todas las urbes,
como ubre repleta de nostalgia
exhalando el aire,
badajo de la noche pidiendo cantar y canto.

Al oído me soplaba
de soslayo, como era el amor
de siembra y hoja de estaño
en su tierra.
Un amor me decía de heráldicas y blasones
de escudos acuñados
a la piedra y moho,
el amor en  mi tierra de arado
y surco, es un amor vertical
de antepasados vivos y
muertos, de guillotinas en
tobillos presos al caminar
y lenta mirada de lejanía,
así es el amor en mi tierra por labrar
cada añada de sombra y
tallo torcido al viento,
grieta de ceniza resbalando savia
en belleza de piedra y álamo.

Es un amor de puente de
ribera al lado de cruces sin
transitar, de eslabón y cerrojo
sobre las manos agrietadas y collar
de perro y bofe, un amor sin destino,
cabalgadura de adobe y timbre,
sin remite, al borde siempre de
un pozo seco y profundo.

Y mientras me narraba colores y
estancias diversas del amor,
no asomaba a su rostro ni un
jirón de tristeza, ni sombra de amargura,
ninguna arruga cruzaba dolor
en su cara limpia, abierta,
marea sosteniendo el sol.
¿Qué amor sería ese?
Tal vez me preguntaba en silencio
el amor de jabones y esencias de Oriente
lejanos y entrañables a la par;
ubicados frente a palacio o en
urnas cubiertas de ceremonial festín
sobre bandejas de plata,
o quizás un amor de ciprés, firme sombra en alargada figura
sobre todos los caminos,
girando en derredor según pidiera el día
o un amor de campanilla y horno
humeando cada noche mantel y leña
para convexas tripas de hambre y honor.

Su amor, descubrí con el paso
de los años y hojas,
era un amor de aroma, de oído cincelado
al poema,
de traidor de ancestros,
de campanario y soldado,
de labriego de libros,
un amor de amor y templanza,
de renglón y caída libre,
desvirgador de blancuras e inmaculado
crimen de lo nuevo,
un amor desterrado de vejez y
púber,
de tiza y solapa angulosa
de flor en solapa y tiza de pizarra
de pizarra y teja y flor
en balcones y veredas,
un amor de hombre y mujer
de tiza y barro,
un amor de mujer y hombre
de leña y fuego
tallado al calor de la poesía.

Carlos Fernández del Ganso
De “Atravesando sombras”

lunes, 9 de abril de 2018

SORTILEGIOS DEL AYER - Carlos Fernández del Ganso


SORTILEGIOS DEL AYER

Prestamos los cuerpos
a las palabras
y se hizo el amor;
ellas libres,
ajustaron la piel
resbalando olores
en cada rincón,
a una melodía nunca escrita.

Nos crearon
sílabas y acentos,
suspiros
en el desencuentro,
y caímos
profundos sueños del edén,
en locos sortilegios del ayer.

Prestamos nuestros cuerpos
y dejando de poseerlos,
encontraron esqueleto
al néctar de la pasión.
Rompimos, sin freno,
tierra adentro,
maremotos del aire
en cíclopes de terrón
y se hizo el amor.

Carlos Fernández del Ganso
De “Contando piedras”


domingo, 8 de abril de 2018

CREDO


CREDO


Creo en mi corazón, ramo de aromas
que mi Señor como una fronda agita,
perfumando de amor toda la vida
y haciéndola bendita.

Creo en mi corazón, el que no pide
nada porque es capaz del sumo ensueño
y abraza en el ensueño lo creado:
¡inmenso dueño!

Creo en mi corazón, que cuando canta
hunde en el Dios profundo el flanco herido,
para subir de la piscina viva
recién nacido.

Creo en mi corazón, el que tremola
porque lo hizo el que turbó los mares,
y en el que da la Vida orquestaciones
como pleamares.

Creo en mi corazón, el que yo exprimo
para teñir el lienzo de la vida
de rojez o palor y que le ha hecho
veste encendida.

Creo en mi corazón, el que en la siembra
por el surco sin fin fue acrecentado.
Creo en mi corazón siempre vertido
pero nunca vaciado.

Creo en mi corazón en que el gusano
no ha de morder, pues mellará a la muerte;
creo en mi corazón, el reclinado
en el pecho de Dios terrible y fuerte.

Gabriela Mistral

viernes, 6 de abril de 2018

Presentación poemario "La Máquina del Tiempo"

 
La editorial GRUPO CERO os invita a la presentación del poemario,
LA MÁQUINA DEL TIEMPO,
Autor: Carlos Fernández del Ganso.
Os esperamos en una tarde de poesía y algunas sorpresas.

miércoles, 4 de abril de 2018

TESTIGOS PERDIDOS - Enrique Molina


TESTIGOS PERDIDOS



Óyeme:
Criatura de pasión y abandono con labios de mil noches que
no quieren morir
dilapidada ante la esfinge del pan y del agua
de un país lacerado por la memoria
de adiós en adiós de sombra en sombra la ruta se prolonga
hasta las islas somnolientas de tu cuerpo
Las mejillas doradas y la increíble maleta sobre la tierra
entre las comisuras del hotel
Tantas frases de pasión y de odio
Y en la playa las pescadoras bajo sus trenzas chorreantes
bañándose en el amanecer
Con el escalofrío de sus toscas camisas
Una blanca águila de espumas con senos palpitantes para las
leyendas del viento
En la impalpable mutación de mi sangre
Faz intrusa de la bahía espiando desde el balcón nuestros
amores sobre el petate
Y tú mi ciencia de extravío
Haciendo desaparecer esos personajes de la extrema alegría
en las ceremonias ambiguas
Que ligan la tierra y el sueño
Los ídolos vagabundos que sustentaron mi fanatismo y
mi debilidad

Óyeme:
Perdida hechicera del perfume del viento en la estación
inconmensurable
En el perpetuo conflicto
De beso y ausencia de agonía y furor
Más allá de la parálisis en tu cueva de llamas abrías el jardín
del desayuno entre las sábanas
Y el pozo blanco y sin fondo del pan en la espesura matinal
de los besos
El talud ha desparecido pero en lo profundo de un reino sin tregua
Yo hubiera querido seguir balbuceando ante los restos de un
amor devorador
Yo con una manzana nefasta y labios de forajido
Cada ribera deshaciéndose cada pájaro de paso cada sonrisa
con la noche cada objeto en pleno vuelo
Instalados como el infierno en una belleza insalvable

Óyeme:
Gran sombrero de paja en llamas del pequeño vendedor de
mangos en la escollera
Mercaderías fáusticas altares de la costa
Con fuego y polvo han sido creados estos huacos de
imágenes obscenas que sellan vínculos meteóricos
La ciega dulzura de estar vivo en un circo de formas feroces
modificadas a cada latido mientras camino a lo largo de
los médanos con el pecho constelado por un oro
demoníaco.
Ese irrisorio antro de cinc de la Aduana deja pasar
sin embargo tanta miseria
Tanta mirada ausente
Para esas almas de escándalo que desarraigan a sus hombres
con magias confusas
Mordiendo sus lenguas
Con apariciones de voz negra que hablan un idioma
encarnizado y húmedo de equinoccio

Óyeme:
Sexo azul de mujer cuando impones tu autoridad y tu fuerza
en cualquier límite de estrellas
Entre los movimientos del verano y las sorpresas de una tierra
que entrega sus secretos
A la luz del delirio
Oh amante desconocida apostada en los más altos vientos a
mi espera
Hacia la irrealidad y la decrepitud
Pero aún prisionera de estos veloces vuelos de alacranes

Vosotros sois testigos –mujer de antaño virando hacia
otras dichas
Paisajes tatuados sosías sin identificación ni esperanza
inventario de viejos sortilegios de mi vida—de que algo
inmenso y devastador
Como una lámpara que se desborda
Como el diálogo de un dios con el huésped de un burdel del
olvido
Sobrepasaba instante por instante mi ser oscuro
El terror
El ansioso torbellino de venas de un hombre desconcertado
por la presión de su aliento

Enrique Molina

martes, 3 de abril de 2018

DIÁLOGO ENTRE VENUS Y PRÍAPO - Rafael Alberti



DIÁLOGO ENTRE VENUS Y PRÍAPO


Príapo:
…Despierta, sí, cerrada
Caverna de coral. Voy  por tus breñas,
Cabeceante, ciego, perseguido.
Ábrete a mi llamada
al mismo sueño que en tu gruta sueñas.
Tus rojas furias sueltas me han mordido.
¿Me escuchas en lo oscuro?
sediento, he jadeado las colinas
y descendido al valle donde empieza
el caminar más duro,
pues todo, aunque cabellos, son espinas,
montes allí rizados de maleza.
¿Duermes aún? ¿No sientes
cómo mi flor, brillante y ruborosa
la piel, extensa y  alta se desnuda,
y con labios calientes
–coral los tuyos y los míos rosa—
besa la noche de tus labios muda?
¡Despierta!...

Venus:
¿Quién me nombra?
¿quién persigue mis óleos seminales,
quién mi gruta de sombra
y navegar oculto mis canales?

Príapo:
Quien solamente puede y se desvela,
levantado por ti, de noche y día,
se atiranta en candela
y no se dobla hasta que el mar lo enfría
¡Deja que te contemple!

Venus:
Que te mire
déjame a mí también.? Siempre eres bello!

Príapo:
¡Déjame que en tus selvas te respire!

Venus:
¡Que me despeine en tu robusto cuello!

Príapo:
¿Por qué dormías?

Venus:
Todo era fingido.
Mi dormir no era más que desearte.
Tú alzas mi sueño cuando estás dormido.
Nací tan sólo para levantarte.

Príapo:
¡Oh noche clara!

Venus:
¡Oh clara la luna llena!
¡Rayo directo que me inundas!

Príapo:
Eres taza de espuma azul,
concha marina,
alga abierta en la arena,
paraíso de sal de las mujeres
secreto erizo que en la mar trasmina.
Golfo nocturno, ábrete a mí, bañadas
del más cálido aliento tus riberas.
Sabes a mosto submarino, a olas
en vivientes moluscos despeñadas,
a tajamares, soles de escolleras
ya rumor de perdidas caracolas.
Sabes también…

Venus:
Repósate un momento…

Príapo:
El reposar es mi mayor tristeza.

Venus:
También yo quiero repetir al viento
toda mi admiración por tu grandeza.

Príapo:
Hincho las velas. Habla.

Venus:
Eres trinquete,
palo mesana… torre indagadora
y, ardido del más rojo gallardete,
cresta de gallo al despuntar la aurora.
Sales de un bosque, lanza o jabalina.
Redondos aramboles, de espejuelos
te alumbran cuando  cazas.
Pende en los dos la gloria masculina.
Llenas las nubes, los cargados cielos
rebosan de sus tazas.

Príapo:
¡Oh, ven más cerca! ¡Ven!

Venus:
¡No! No me riegues,
amor, de blancos copos todavía.
Guarda, mi bien, esas nevadas flores
hasta que al fin me llegues
a lo más hondo de cueva umbría
con tus largos y ocultos surtidores.

Príapo:
¿Qué quieres más?

Venus:
Anhelo que me cantes
cosas que faltan. Mis alrededores
prometen sima al sur y el norte cumbres.

Príapo:
Hacia ellas van mis rayos penetrantes,
su flor certera, sus certeras lumbres.

Venus:
¿Qué ves, qué me iluminas?

Príapo:
¡Oh precipicio, oh noche bordeada
de oscuridad también! ¡Despeñadero
que hacia las sombras sólo me encaminas!
Te miro y más se hunde mi mirada.
Si la dicha es redonda, está en tu cero.

Venus:
Pasa a los altos, sube a los alcores… ¿qué ves ahora, dime?

Príapo:
Un baluarte
de clavel y de nieve a cada lado.
¡Oh fortalezas” ¡Claros miradores
para clavar en ellos mi estandarte
y descender al bosque enamorado!

Venus:
Dime si escondes para mi ventura
cosas que acaso yo no sepa.

Príapo:
Escondo,
también allá en lo hondo
de una caverna oscura,
de blancas y mordientes
almenas vigiladas,
una muy  dulce y de humedad mojada
cautiva…

Venus:
Yo prosigo. Son los dientes
los que fijos la rondan y dan vela.
También yo otra cautiva
como la tuya aguardo. ¿No la sientes?
A navegar sobre propia estela
mírala aquí dispuesta, siempre viva.

Príapo:
¡Oh encendido alhelí, flor rumorosa!
Deja que tu saliva  
de miel, que tu graciosa
corola lanceolada de rubíes
mojen mi lengua, ansiosa
de en la tuya mojar mis carmesíes.

Venus:
¡Flor contra flor!

Príapo:
¡Qué blandos oleajes
ya por mis flancos tu alhelí resbala!

Venus:
Gira la noche…

Príapo:
Cantan los cordajes…

Venus:
Cambia el viento… Dan vuelta los paisajes…

Príapo:
Y hace en tus labios mi navío escala,
mientras tu fuente oculta, prisionera
de mi boca, entreabriendo
su dócil ya y sumisa enredadera,
dulce y quejosamente va fluyendo.

Venus:
¡Oh bonanza!

Príapo:
¡Oh tranquilo
descanso ahora! ¡Calmas, aunque plenas,
nuncios ya de los hondos y más duros
combates!

Venus:
¡Desflecadas, hilo a hilo,
tus espumas descienden mis almenas.

Príapo:
Tus arroyos y peces más oscuros
me corren por los labios todavía.

Venus:
Un sabor a jazmín me permanece
ya tallo donde nada antes crecía.

Príapo:
A tallo que por ti de nuevo crece.

Venus:
¡Oh asombro! ¡Prodigiosa,
mágica fuerza!

Príapo:
¡Abismo que me atrae!

Venus:
¡Oh cima misteriosa!

Príapo:
¡Cima que sólo en ese abismo cae!

Venus:
Qué mármol jaspeado!
¡Pálida, arquitectónica belleza!
¡Qué alto fuste estriado
de azules ríos! ¡Capitel armado
para elevar el mundo en su cabeza!

Príapo:
Avanzo ya.

Venus:
La noche abrasa.

Príapo:
Gotas
de esperma verde tiemblan los luceros.

Venus:
Las dehesas remotas
de la luna, sus albos ventisqueros
se llenan de bramidos.
Del cielo penden signos genitales.
La Vía Láctea rueda sus henchidos
torrentes de amorosos sementales

Príapo:
Gruta sagrada, toco tus orillas.
Abre tus labios ya, siénteme dentro.

Venus:
¡Oh maravilla de las maravillas!
¡Luz que me quema el más profundo centro!

Príapo:
Se confunde los bosques, las lianas
se juntan y conmueven,
en el pomar revientan las manzanas
y en el jardín copos de nardos llueven.

Venus:
¡Qué bien cubres mis ámbitos! Sus muros
¡cómo me los ensanchas y los llenas!
¡Qué pleamar, qué viento acompasados!

Príapo:
Jaca y jinete, unísonos, seguros,
galopan de corales y de arenas
y de espumas bañados.

Venus:
Detente, amor. No infundas ese aliento
tan rápido a las brisas. Aminora
un poco el paso. Da a tu movimiento
un ritmo nuevo ahora.

Príapo:
Pondré en mis alas un volar más lento.

Venus:
¡Dulce vaivén! Rezuman mis paredes
las más blandas esencias.

Príapo:
Desasidas de sus más hondas redes,
ya mis médulas saltan encendidas.

Venus:
Ten más el freno.

Príapo:
¿El freno? Querencioso,
mi caballo se pierde a la carrera.

Venus:
Sigo también su galopar furioso,
antes que derramado en mí se muera.

Príapo:
¡Amor!

Venus:
¡Amor! La noche se desvae.
Nos baña el mar. ¡Oh luz! El mundo canta.
Cae la luna… El viento…

Príapo:
Todo cae
cuando el gallo del hombre se levanta.

Rafael Alberti

LA MUERTE DEL HOMBRE - Miguel Oscar Menassa



LA MUERTE DEL HOMBRE
 31 de diciembre de 1976


Es otra vez de noche
y en general la casa duerme.

Una voz en la radio dice últimas palabras.
Me entretengo con el humo
y me ocurren mil fantasías
y ninguna tiene que ver
con recostarme
tranquilamente en la cama
y dormir.

Entre tantos papeles
terminaré siendo un escritor
y fijo mi mirada en la lejanía
y dejo que la historia del hombre
irrumpa
con la violencia de su sino
mi noche.

Enciendo cigarrillos a mansalva
una detrás de otro como si fueran
centelleantes granadas contra los opresores.

Desde hace millones de años 
el hombre vive de rodillas.

Las granadas estallan en mi rostro.

Primitivas presencias
pueblan mi noche de salvajes ritos.

Ceremonias donde la muerte
siempre es una canción
sublime y misteriosa.
Bestias indomables
semejantes al hombre
por la torpeza
de sus movimientos
danzan a mi alrededor
iracundos
silvestres.

En un mal castellano
me dicen que su jefe
quiere charlar conmigo.

Sentado en mi cama escribiendo
pido que dejan de rugir tambores
que cese la danza
que me dejen escribir este poema.

El hombre tiene hambre y sed desde milenios.

Somos ese hombre hambriento y sediento poeta
cantad con nosotros.
Venimos de Mesopotamia
y del Caribe
y buscando la perfección hemos llegado
hasta los mundos que se esconden
por encima del cielo
y no hemos encontrado nada.

Siempre hay un hombre que tiene hambre.
Siempre hay un hombre que se muere de sed.

Aquí mismo poeta
en tu casa
anidan el opresor y el oprimido.

Sentado sobre mi cama escribiendo
les digo a los salvajes
que ya es noche tarde
que por favor dejen de danzar
que necesito
hundirme entre las letras
mi hambre
mi única sed.

Dejaron de danzar
y al que se destacaba
por su tremenda humanidad
me fulminó con su mirada.

¿Quién es más cruel?
Poeta
¿Quién más salvaje?
El que muere peleando
por un trozo de pan
o el que no muere nunca.
Quién producirá el exterminio
poeta.
Mis armas o tus versos.

Y ahora poeta deja la pluma
echa a andar y piensa.

Sentado sobre mi cama
escribiendo
le digo al salvaje
que no quiero irme de mi pieza
y que siempre supe que pensar
no era necesario  y que deseo
es la última vez  que lo digo  
seguir escribiendo este poema.

Antes de continuar me detengo
en la inteligencia del salvaje:
habla bien y mientras habla
deja escapar entre las palabras
el aliento
para que todo suene vital
desgarrador.

Yo soy el hombre
grita la bestia encadenada.
Y tu poeta ¿eres el hombre?
Escribir para quién
dónde los amigos
y dónde los enemigos.

Dime poeta
¿tu canto
necesita del futuro
para ser?
Ese poema que escribes
contra todo
a quién le servirá.

A ver poeta un verso
que me diga ahora mismo
¿qué es el hombre?

Sentado sobre mi cama escribiendo
me doy cuenta
que la inteligencia del salvaje
terminará quemando
todos mis papeles escritos
en esa hoguera
que  fueron construyendo
a mi alrededor
sus palabras.

Dejo de escribir
lo miro fijamente a los ojos
y murmuro sus propias palabras
en un solo verso un hombre
en un solo verso un hombre
y me decido a escribir ese verso.

Sostengo con mi mirada
la mirada del salvaje
y con rápidos movimientos
tomo la ametralladora
y disparo varias ráfagas
sobre el cuerpo del salvaje
que con los ojos desorbitados
por el asombro
cae
para morir y desparecer.

Sentado sobre mi cama escribo ahora
con la seguridad
de quien ha llegado a la cima.

Un poeta asesinó su hombre
para escribir este poema
y eso
es un hombre.

Miguel Oscar Menassa