GALOPE MUERTO
Como cenizas, como mares
poblándose,
en la sumergida
lentitud, en lo informe,
o como se oyen desde
el alto de los caminos
cruzar las campanadas
en cruz,
teniendo ese sonido
ya aparte del metal,
confuso, pesando,
haciéndose polvo
en el mismo molino de
las formas demasiado lejos,
o recordadas o no
vistas,
y el perfume de las
ciruelas que rodando a tierra
se pudren en el
tiempo, infinitamente verdes.
Aquello todo tan rápido,
tan viviente,
inmóvil sin embargo,
como la polea loca en si misma,
esas ruedas de los
motores, en fin.
Existiendo como las
puntadas secas en las costuras del árbol,
callado, por
alrededor, de tal modo,
mezclando todos los
limbos sus colas.
Es que de dónde, por
dónde, en qué orilla?
El rodeo constante,
incierto, tan mudo,
como las lilas
alrededor del convento,
o la llegada de la
muerte a la lengua del buey
que cae a tumbos,
guardabajo, y cuyos cuernos quieren
sonar.
Por eso, en lo inmóvil,
deteniéndose, percibir,
entonces, como aleteo
inmenso, encima,
como abejas muertas o
números,
ay, lo que mi corazón
pálido no puede abarcar,
en multitudes, en lágrimas
saliendo apenas,
y esfuerzos humanos,
tormentas,
acciones negras
descubiertas de repente
como hielos, desorden
vasto,
oceánico, para mí que
entro cantando
como con una espada
entre indefensos.
Ahora bien, de qué
está hecho ese surgir de palomas
que hay entre la
noche y el tiempo, como un barranca
húmeda?
Ese sonido ya tan
largo
que cae listando de piedras
los caminos,
más bien, cuando solo
una hora
crece de improviso,
extendiéndose sin tregua.
Adentro del anillo
del verano
una vez los grandes
zapallos escuchan,
estirando sus plantas
conmovedoras,
de eso, de los que
solicitándose mucho,
de lo lleno, obscuros
de pesadas gotas.
Pablo Neruda
Cuadro: "Lo imposible y sus quimeras" de Miguel O. Menassa

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