VIVIMOS ENCADENADOS A LA MEMORIA
HISTÓRICA
Vivimos encadenados al
futuro requiebro en la voz.
No muere lo desaparecido
sin entierro, no.
Grita en la memoria y nos
taladra la ausencia
con vocales de mármol la
espalda traicionada.
Las plegarias prohibidas
son migajas de pan
en los bolsillos
agujereados del abuelo
y, en el telar de los
sueños, la sed del recuerdo
delata el colmillo
hambriento de justicia.
En invierno, desierta la
calle de golfos,
el amanecer despertaba
al jornalero disciplinado
en el tajo yunque y ya sin sol
volvía al hogar un dolor
de sombra arrugada.
En noches de tormenta,
aún escucho arrastrar los
huesos descoyuntados,
camino del cementerio, el
temblar de las tibias,
las manos descosidas y la
hueca calavera
con su despojo de carne
pegado en la nuca a la
altura de la apófisis
espinosa de la tercera vértebra cervical.
La sacramental no tenía
techo, una leyenda
en letras cursivas decía:
“enterrar boca arriba”
a los muertos les gusta la
lluvia,
el vuelo del vencejo en
invierno y las estrellas.
Vivimos encadenados al
futuro,
eslabones en tobillos y
muñecas,
son el peso del miedo a la
cuneta, donde docenas
de cadáveres sin ropa, los
más recientes aún con ojos,
yacen sin cadenas de
humanidad.
Carlos Fernández del Ganso
Cuadro de Carlos Fernández del Ganso

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