ODA A LA SOLEDAD
Ah soledad,
Mi vieja y sola compañera,
Salud.
Escúchame tú ahora
Cuando el amor
Como por negra magia de la
mano izquierda
Cayó desde su cielo,
Cada vez más radiante,
igual que lluvia
De pájaros quemados,
apaleando hasta el quebranto,
Y quebrantaron
Al fin todos sus huesos,
Por una diosa adversa y
amarilla
Y tú, oh alma,
Considera o medita cuántas
veces
Hemos pecado en vano
contra nadie
Y una vez más aquí fuimos
jusgados
Una vez más oh dios, en el
banquillo
De la infidelidad y las
irreverencias.
Así pues, considera,
Considérate, oh alma,
Para que un día seas
perdonada,
Mientras ahora escuchas
impasible
O desasida al cabo
De tu mortal miseria
La caída infinita
De la sonata opus
Ciento veintiséis
De Mozart
Que apaga en tan insólita
Suspensión de los tiempos
La sucesiva imagen de tu
culpa
Ah soledad,
Mi soledad amiga, lávame,
Como a quien nace, en tus
aguas australes
y pueda yo encontrarte,
descender de tu mano,
bajar en esta noche,
en esta noche séptuple del
llanto,
los mismos siete círculos que
guardan
en el centro del aire
tu recinto sellado.
José Ángel Valente
Cuadro: "Hoy también" de Miguel O. Menassa

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