EL SUDOR
En el mar halla el agua su paraíso
ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su
plumaje.
El sudor es un árbol desbordante y
salado,
un voraz oleaje.
Llega desde la edad del mundo más
remota
a ofrecer a la tierra su copa sacudida,
a sustentar la sed y la sal gota a
gota,
a iluminar la vida.
Hijo del movimiento, primo del sol,
hermano
de la lágrima, deja rodando por las
eras,
del abril al octubre, del invierno al
verano,
áureas enredaderas.
Cuando los campesinos van por la
madrugada
a favor de la esteva removiendo el
reposo,
se visten una blusa silenciosa y dorada
de sudor silencioso.
Vestidura de oro de los trabajadores,
adorno de las manos como de las
pupilas.
Por la atmósfera esparce sus fecundos
olores
una lluvia de axilas.
El sabor de la tierra se enriquece y
madura:
caen los copos del llanto laborioso y
oliente,
maná de los varones y de la
agricultura,
bebida de mi frente.
Los que no habéis sudado jamás, los que
andáis yertos
en el ocio sin brazos, sin música, sin
poros,
no usaréis la corona de los poros
abiertos
ni el poder de los toros.
Viviréis maloliendo, moriréis apagados:
la encendida hermosura reside en los
talones
de los cuerpos que mueven sus miembros
trabajados
como constelaciones.
Entregad al trabajo, compañeros, las
frentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos
cristales,
con sus lentos diluvios, os hará
transparentes,
venturosos, iguales.
Miguel Hernández
Cuadro: "El poeta y el oro" de Miguel Oscar Menassa

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