jueves, 5 de octubre de 2017

CUANDO ALGUIEN SE NOS MUERE - Olga Orozco



CUANDO ALGUIEN SE NOS MUERE

                                                     Poema a Eduardo Bosco

Fue necesario el grave, solitario lamento del viento entre los árboles,
para que tú supieras más que nadie ese desesperado resonar,
ese rumor sombrío con que pueden decirse las palabras
cuando de nada vale su fugaz melodía,
cuando en la soledad -la única apariencia verdadera -,
contemplamos, callando, los seres y los tiempos que fueron en nosotros
irrevocables muertes cuyos nombres no sabremos jamás.

Fue necesario el ocio de aquellas largas noches
que minuciosamente ordenaste en recuerdos, memorioso,
para que tú pasaras sosteniendo la sombra con tu sombra,
apenas presentida por los días,
con tu misma pausada palidez demorándose aún después de haberte ido,
porque era tu adiós la despedida última,
la última señal que acercaba los sueños desde el incontenible amanecer.

Fue necesario el lento trabajo de los años,
su rápido fulgor, su mustio decaer entre pesados muros
que sólo levantaron respuestas de ceniza a tu llamado
para que tú miraras largamente tus despojadas manos
como una llanura donde los vientos dejan polvaredas mortales,
mientras disponen, lejos,
la tempestad que arrase desmedida su sediento destino.

Fue necesario todo lo que fuimos contigo,
lo que somos contigo del lado de los llantos,
para saber, viviendo, cuánta sorda tiniebla te asediaba
y encontrarnos, después,
Con el transido resplandor del aire que dejaste muriendo.

Porque todo este tiempo
es el innumerable testigo que nos trae las mismas evidencias,
aquello en lo que fuiste cuanto eras, de una vez para siempre:
acostumbrados gestos,
ciertos ritos que cumpliera tu sangre sumisa a la memoria,
esos nocturnos pasos acercando los campos
donde la luz es sólo un repetido comienzo de penumbras,
las remotas paredes, las efímeras cosas a las que retornabas
con la triste paciencia de quien guarda afanoso, en la mirada,</P>
paisajes habituales que más tarde
aliviarán el peso de las horas en sabido destierro.

Tú pedías tan poco.
Apenas si anhelas un tranquilo vivir que prolongara la duración de tu alma
en idéntico amor,
en radiante amistad, en devoción sagrada
por gentes que existieron con la simple nobleza de la tierra,
sin glorias ni ambiciones.
Tú amabas lo inmortal, lo grandioso terrestre.

Mas no pudo el débil llamado de tu vida contra pesadas puertas
aposentos malditos, épocas miserables
donde la dicha duerme sordamente su legendario olvido-,
nada tu lejanía contra las invencibles mareas de lo inútil,
nada tu juventud contra ese rostro
que entre desalentadas rebeldías, nostalgias y furiosas pesadumbres,
infatigablemente se asomó a tus desvelos;
y unas noche sentimos dentro del corazón un ronco oleaje,
amargamente vivo,
en el preciso sitio donde ardía en nosotros,
como nosotros mismos duradera,
tu callada grandeza.

Ahora estamos más solos por imperio de muerte,
por un cuerpo ganado como un palmo de tierra por la tierra baldía,
recobrando al conjuro del más lejano soplo
realidades perdidas en lo más olvidado de los antiguos días,
imágenes que juntos traspasamos, que juntos nos esperan;
porque no es el recuerdo del pasado dispersos ademanes
-hojarascas y ramas que encendemos
para llorar al humo de una lánguida hoguera-,
sino fieles señales de una región dormida que aguarda nuestro paso
con las huellas de antaño suspendidas como eternos ropajes.

No es por decir, Eduardo, cuando alguien se nos muere,
no hay un lugar vacío, no hay un tiempo vacío,
hay ráfagas inmensas que se buscan a solas, sin consuelo,
pues aquí, y más allá,
tanto de lo que él fue respira con nosotros la fatiga del polvo pasajero,
tanto de lo que somos reposa irrecobrable entre su muerte
que así sobrevivimos
llevando cada uno una sombra del otro por los distantes cielos.
Alguna vez se acercarán,
Entonces, cuando estemos contigo para siempre,
Últimos como tú, como tú verdaderos.


Olga Orozco

 

TRAICIÓN


TRAICIÓN

 

¡El oculto ignorar fue mi castigo!
¡No supe nunca lo que adentro fuera!
¡Al blondo ciervo lo llamé pantera
y al gavilán destazador amigo!

 
¡De yermos columbarios al abrigo,
fui el que le rinde culto a la huesera!
¡El que sembró de sal su primavera
Y en la abundancia padeció mendigo!

 
¡Di mi pasión y me negué un abrazo!
¡Entre azucenas me volví cetrino!
¡Amé el fogón más olvidé el lucero!

 
¡Como al can que arrastran con un lazo
y en agria hostilidad por un  camino,
para mi propio ser fui traicionero!

 
Germán Pardo García

martes, 3 de octubre de 2017

SÍMBOLOS


SÍMBOLOS

 

Es la pequeña lágrima
que ha debido verterse,
y no cayó jamás,
y entonces se convierte
en contenida lluvia
que refugió en los ojos
la sal de sus silencios
y el odio de sus peces,
y está luchando en noches
atlánticas sin días,
por derramarse inmensa
de sus bastiones áridos
y sus miradas verdes.

 
Y es la palabra noble
de sílabas ardientes
que no se dijo nunca,
y entonces se convierte
en interior escándalo;
en hiel de la garganta
y en piedra de los dientes,
y martiriza y clama
sin sosegar, y vuelve
a clamar, a clamar,
y a clamar, y a clamar,
hasta romper los tímpanos
y calcinar los labios,
por laberintos sólidos
y bóvedas de nieve.

 
Y es el amor intenso,
de púrpuras que duelen,
aquel amor sin nombre
que no se amó jamás,
y entonces se convierte
en insondable réprobo
que agarra y estremece
la luz de los barrotes
de su prisión sin hálitos,
y golpea y golpea
sin cesar en los muros,
hasta herirse los puños
y sangrar de las sienes.
Y grita y grita y grita
contra el pecho con lapidas,
y consume crepúsculos
y tinieblas y límites,
y está sintiendo siempre
trepidar de motores
en los pulsos que avanzan
cual un potro con látigos;
como las sordas hélices
de un avión que se lanza
sin poder elevarse;
como  eléctrico timbre
de una casa entre ruinas
donde nadie responde.
Y así clamando siempre
y acumulando siempre
la lágrima que nunca
se derramó y las sílabas
que no se dicen nunca.
Hasta que al fin destruye
los diques y se arroja
colérico y proscrito,
rompiendo las paredes,
derribando las cárceles,
las columnas, los túmulos,
dejando, fugitivo,
timones y maderas;
despojos y cadáveres
de corazones náufragos,
y escamas de sirenas
y escorzos  de querubes,
que huyeron en la sombra
con inaudible estrépito,
por una eternidad.

 
Germán Pardo García
De “Sacrificio”

domingo, 1 de octubre de 2017

EL VENDEDOR DE FRUTAS Y PÁJAROS


EL VENDEDOR DE FRUTAS Y PÁJAROS

 

Yo soy ese hombre vendedor de frutas
que en las ciudades a las puertas llama,

 
con su pequeño carro y su burrito
y un pregón musical para que le abran.

 
oídme lo que digo, gentes duras,
escuchad mi pregón y mis parábolas:

 
Vengo del monte, de los campos vivos.
soy un fruticultor de la montaña.

 
Vendo liebres y tórtolas, limones
y ramas de malvón, vendo naranjas.

 
Ofrezco almíbar de ciruelas rojas
y blando betabel, vendo guanábanas.

 
Nísperos doy y fresas y aceitunas
y flores de amarilla calabaza.

 
Vendo zenzontles, lirios y turpiales
y un mirlo arrullador en esta jaula.

 
Venid, llegad a mi silbante fronda
que en la ciudad ensombrecida avanza.

 
Vendo membrillos, uvas y frambuesas.
acudid a comprar, vendo manzanas.

 
Pero nadie me escucha y estoy solo.
¿Qué se hicieron los niños que compraban

 
mis pájaros azules, mis ramitos
de arrayanes y todas mis castañas?

 
Me siento solo en la ciudad oscura.
Cambiaré mi pregón: ¡vendo esperanza!

 
Vendo alegría para el mundo, vendo
ternura y amistad para las almas.

 
¿Quién recibe un manojo  de ternura?
¿Quién quiere conocer esta abundancia

 
cristalina que llevo entre las manos,
y que amistad y corazón se llama?

 
Vendo espíritu puro, vendo brisas.
Soy un apicultor de las montañas.

 
Pero nadie me escucha mis pregones
se estrellan contra el muro de las casas.

 
La ciudad en las brumas no recuerda
que soy su antiguo compañero. Hay caras

 
desconocidas para mí y se nublan
cuando paso, portones y ventanas.

 
Vendo frutas recientes, las más dulces,
y alcatraz y laurel y remolacha.

 
El eco imperceptible me responde.
Nadie más… y mi espíritu se apaga.

 
Voy a brindar la miel de mis colmenas
a las tímidas liebres y a las cabras,

 
y mis primicias de algodón al nido
del colibrí y a las palomas blancas.

 
La ciudad en las brumas me desprecia.
Soy su vulgar jardín sucio de cáscaras.

 
No se puede ofrecer frutas y alondras
a un mundo sanguinario que fracasa.

 
No se puede llevar lirios al pecho,
porque otros lucen homicida espada.

 
¡Adiós, adiós, me voy con mis jilgueros,
mis frutas y mi olor a mejorana!

 
Ya nadie me conoce. ¡Adiós, amigos!
vendo ciruelas, nueces y guayabas.

 
En el reloj de la vecina torre
suena la una de la madrugada.

 
¡Qué soledad! Mis pájaros sollozan
y no he vendido ni siquiera un ánsar.

 
Y yo creyendo que era el mediodía,
y era mi corazón el que irradiaba.

 
Mi abierto corazón de niño grande,
vendedor de avecillas y balsáminas.

 
Hora lo comprendo: era mi espíritu.
Soy una claridad entre fantasmas.

 
Me circundan espectros de otros mundos.
Seres que conocí surgen y me hablan

 
desde el fondo apacible de otros días,
y les vuelvo a decir: ¡vendo naranjas!

 
Me miran y se alejan y se ocultan
otra vez en las sombras asordadas.

 
Yo empuño un sol nocturno y en su esfera
de signo un ruiseñor con ojos de águila.

 
Y me pregunto: ¿qué hago yo a estas horas
con un carro de flores y calandrias?

 
¿Por qué esta oscuridad, por qué hay tinieblas
siempre en nosotros, siempre agazapadas?

 
¡Ah mi espíritu simple que transforma
las penumbras en luz, y entre sus lágrimas

 
suelta un  barquito de papel y dice
que él es el capitán de aquella barca!

 
¡Ay del que ignora que jugó y fue niño!
¡Ay del que vive lejos de su infancia!

 
Más, ¿qué hacer con los sueños que yo tuve
y en donde ir a soñar los que me faltan?
 
¿Cuándo seré mas hombre y menos niños?
¿Cuándo tendré la voluntad forjada

 
a golpes de cincel como ese obrero
que en túneles sin luz vive y trabaja,

 
o como el panadero que en la boca
del horno abrasador curte las masas

 
y el brazo leudador hunde en el gluten
y de la cueva renegrida saca

 
panes alimenticios y reservas
que el hombre necesita en su morada?

 
¿Cuándo me dejaré de estar creyendo
que no hay dolor y que las piedras cantan?

 
¿Cuándo voy a entender que entre los bosques
un tigre sideral bruñe sus garras?

 
¡Qué torpeza!... y me burlo de mí mismo.
¡Luz y penumbra… y no diferenciarlas!

 
¡Pobre de mi que nunca h comprendido
lo que dice mi perro en sus alarmas!

 
El sí sabe, él sí escucha y él sí ha visto.
¡Me estremecen sus cósmicas miradas!

 
Va certero a sus presas y adivina
donde esta el escorpión y a que distancia.

 
Pero a mi se me oculta siempre el mundo
¡y que equivocaciones tan extrañas!

 
 ¡Vender turpiales a la media noche
y por una ciudad abandonada!

 
¡Oh discordantes sumas de mis cifras!
¡Oh divino ignorar de mi ignorancia!

 
Mi burrito se acuna y en sus sueños
por las estrellas inocentes vaga,

 
y las Siete Cabrillas Nexus rondas
lo hacen girar con músicas y danzas.

 
¡Que soledad!… mis pájaros suplican
y se me parte contra el mundo el alma.

 
Vendo azucenas, higos y nopales,
doradillas y tallos de linaza.

 
Más ya me voy con mi burrito triste,
mi viejo carro y mis cantoras jaulas.

 
¡Adiós, adiós, me voy hacia las brisas!
Ya nunca volveré… o quizá mañana,

 
si la luna y el sol no se equivocan
y mis sentidos de juglar no fallan.

 
En el reloj de la vecina torre
timbra el vacío de la madrugada.

 
Vendo gladiolas y orozuz y alpiste
y aretillos y anís… ¡vendo esperanza!

 

 
Germán Pardo García

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 29 de septiembre de 2017

TRIUNFO FINAL



TRIUNFO FINAL


Me derrotó la claridad. No pude
resistir con mis ojos animales
su resplandor, ya espadas siderales
mi último sueño el batallar elude.

Mas el infierno a defenderme acude
de todas las potencias celestiales.,
y al odio de los tigres zodiacales
suplica mi tormento que lo escude.

No pude tolerar de la Alegría
los cánticos divinos y me interno
como bestia bramando, en la anarquía

de un bosque y su impiedad bajo el invierno.
Me agobiaron los ángeles del día
pero soy vencedor entre mi infierno.


Germán Pardo García

miércoles, 27 de septiembre de 2017

FUERZA DEL MUNDO


 
FUERZA DEL MUNDO

 

Vuelvo del infinito con mi herida
de estrellas y mis ojos aterrados,
busco la piedad de mis ganados
mis colmenas, mi casa abastecida.

 
Me aguarda la humildad y una comida
de legumbres, los frutos sazonados
de la última estación, y los collados
tranquilos y la acequia arborecida.

 
Y al llevar a mi boca el alimento
que yo mismo sembré, los zumos fríos
la carne de la fuerza y el sustento,

 
caigo a los pies de los apoyos míos,
abrazando la sal del pavimento,
la fiel ceniza, los salubres ríos.

 
Germán Pardo García

 

 

YO FUI UN HACHERO


YO FUI UN HACHERO

 

Allá en mi juventud yo fui un hachero,
un cortador de seres vegetales.
Araucarias, encinos y nogales
hendí con la blancura de mi acero.

 
Y un día, del que inútilmente quiero
cantar en sus grandezas forestales,
en esas arboradas catedrales
oí una voz, un grito lastimero:

 
¿Por qué me hieres? Y elevé la cara
hacia la cima de la joven vara
que en ese instante, al resplandor campero,

 
con toda su hermosura se mecía.
¡Y escondí para siempre mi osadía!
Allá en mi juventud yo fui un hachero.

 
Germán Pardo García