miércoles, 22 de marzo de 2017

CANTARES


CANTARES

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.

Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse...
nunca perseguí la gloria.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar
al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar
hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar:
"Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso
Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
"Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso
Cuando el jilguero no puede cantar.
cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
"Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso,
golpe a golpe, verso a verso,
golpe a golpe, verso a verso.

Antonio Machado
(versión musical)

martes, 21 de marzo de 2017

A GALOPAR


A GALOPAR

Las tierras, las tierras, las tierras de España
las grandes, la sola desierta llanura
galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo
que la tierra es tuya

A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar (bis)

A corazón, suenan, suenan, resuenan
las tierras de España en las herraduras
galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo
que la tierra es tuya

A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar (bis)

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie
que es nadie la muerte si va en tu montura
galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo
que la tierra es tuya

A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar (bis)

 

Rafael Alberti

(versión musical)

lunes, 20 de marzo de 2017

SE EQUIVOCÓ LA PALOMA


SE EQUIVOCÓ LA PALOMA

Se equivocó la paloma, se equivocaba
por ir al norte fue al sur, creyó que el trigo era agua
se equivocaba

Creyó el mar era el cielo, que la noche la mañana
se equivocaba, se equivocaba
que las estrellas eran rocío, que la calor era nevada

se equivocaba, se equivocaba
que tu falda era su blusa, que tu corazón su casa
se equivocaba, se equivocaba

ella se durmió en la orilla do en la cumbre de una rama

se equivocaba, se equivocaba
que tu falda era su blusa, que tu corazón su casa
se equivocaba, se equivocaba
se equivocaba, se equivocaba

Rafael Alberti
(versión musicalizada)

domingo, 19 de marzo de 2017

MUJER EN SU VENTANA


MUJER EN SU VENTANA

 

Ella está sumergida en su ventana
contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro,
y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales procesiones.
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste;
allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa
sobre el polvo y el humo de otra casa.
Inhóspito este mundo.
Áspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche
-¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe,
ni el que se va creyendo que de los lazos rotos nacen preciosas alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana,
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,
hubieran sido el verdadero límite,
el abismo final entre una mujer y un hombre.

 
Olga Orozco

 

 

miércoles, 15 de marzo de 2017

BESOS


BESOS

 

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.

 
Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.

 
Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes  perdidos.

 
Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.

 
Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol ente dos hielos.

 
Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.

 
Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.

 
Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.

 
Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.

 
Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.

 
¿Te acuerdas del primero…? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenáronse de lágrimas tus ojos.

 
¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te ví celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos… vibró un beso,
y qué viste después…? Sangre en mis labios.

 
Yo te enseñé a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.

 
Gabriela Mistral

 

 

martes, 14 de marzo de 2017

DIÁLOGO DE LOS AMANTES (Fragmento de Bodas de Sangre)


 

DIÁLOGO DE LOS AMANTES

(Fragmento de Bodas de Sangre)

 

 

LEONARDO:            ¡Calla!

 

NOVIA:                     Desde aquí yo me iré sola.

                                   ¡Vete! Quiero que te vuelvas.

LEONARDO.            ¡Calla, digo!

 

NOVIA:                     Con los dientes,

con las manos, como puedas,

quita de mí cuello honrado

el metal de esta cadena

dejándome arrinconada

allá en mi casa de tierra.

Y si no quieres matarme

como víbora pequeña,

pon en mis manos de novia

el cañón de tu escopeta.

¡Ay, qué lamento, qué fuego

me sube por la cabeza!

¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!

 

LEONARDO:             Ya dimos el paso, ¡calla!

Porque nos persiguen cerca

y te he de llevar conmigo.

 

 

NOVIA:                     ¡Pero ha de ser a la fuerza!

 

LEONARDO:            ¿A la fuerza? ¿Quién bajo

primero las escaleras?

 

NOVIA:                     Yo las bajé.

 

LEONARDO:            ¿Quién le puso

al caballo brillas nuevas?

 

NOVIA:                     Yo misma. Verdad

 
LEONARDO:            ¿Y qué manos

me calzaron las espuelas?

 
NOVIA:                     Estas manos, que son tuyas,

                                   pero que al verte quisieran

                                   quebrar los ramos azules

                                   y el murmullo de tus venas.

                                   ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!

                                   Que si matarte pudiera,

te pondría la mortaja

con los filos de violetas.

¡Ay, qué lamento, qué fuego

me sube por la cabeza.

 

LEONARDO:            ¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!

                                   Porque yo quise olvidar

y puse un muro de piedra

entre tu casa y la mía.

es verdad. ¿No lo recuerdas?

Y cuando te vi de lejos

me eché a los ojos arena.

Pero montaba a caballo

y el caballo iba a tu puerta.

Con alfileres de plata

mi sangre se puso negra,

y el sueño me fue llenando

las carnes de mala hierba.

Que yo no tengo la culpa,

que la culpa es de la tierra

y de ese olor que te sale

de los pechos y las trenzas.

 

NOVIA:                     ¡Ay, qué sinrazón! No quiero

contigo cama ni cena,

y no hay minuto del día

que estar contigo no quiera,

porque me arrastras y voy,

y me dices que me vuelva

y te sigo por el aire

como una brizna de hierba.

He dejado a un hombre duro

y a toda su descendencia

en la mitad de la boda

y con la corona puesta.

Para ti será el castigo

y no quiero que lo sea.

¡Déjame sola! ¿Huye tú!

No hay nadie que te defienda.

 

LEONARDO:            Pájaros de la mañana

por los árboles se quiebran.

La noche se está muriendo

en el filo de la piedra.

Vamos al rincón oscuro

donde yo siempre te quiera,

que no me importe la gente

ni el veneno que nos echa.

 

NOVIA:                     Y yo dormiré a tus pies

para guardar lo que sueñas.

Desnuda, mirando al campo.

Como si fuera una perra,

¡porque lo soy! Que te miro

y tu hermosura me quema.

 

LEONARDO:            Se abrasa lumbre con lumbre.

La misma llama pequeña

mata dos espigas juntas.

¡Vamos!

 

NOVIA:                     ¿A dónde me llevas?

 

LEONARDO:            Adonde no puedan ir

Estos hombres que nos cercan.

¡Donde yo pueda mirarte!           

 

NOVIA:                     Llévame de feria en feria,

dolor de mujer honrada,

a que las gentes me vean

con las sábanas de boda

al aire, como banderas.

 

LEONARDO:            También yo quiero dejarte

si pienso como se piensa.

Pero voy donde tú vas.

Tú también. Da un paso. Prueba.

Clavos de luna nos  funden

mi cintura y tus caderas.

 

NOVIA:                     ¿Oyes?

 

LEONARDO:            Viene gente.

 

NOVIA:                     ¡Huye!

Es justo que yo aquí muera

con los pies dentro del agua

y espinas en la cabeza.

y que me lloren las hojas,

mujer perdida y doncella.

 

LEONARDO:            Cállate. Ya suben

 

NOVIA:                     ¡Vete!

 

LEONARDO:            Silencio. Que no nos sientan.

Tú delante. ¡Vamos, digo!

 

NOVIA:                     ¡Los dos juntos!

 

LEONARDO:            ¡Como quieras!

Si nos separan, será

porque esté muerto.

 

NOVIA:                     Y yo muerta.

 

 

Federico García Lorca

 

                       

                

sábado, 11 de marzo de 2017

EL VUELO DE LOS HOMBRES


EL VUELO DE LOS HOMBRES

 

Sobre la piel del cielo, sobre sus
precipicios se remontan los hombres.
¿Quién ha impulsado el vuelo?
Sonoros, derramados en aéreos ejercicios,
raptan la piel del cielo.
Más que el cálido aceite, sí, más que los motores,
el ímpetu mecánico del aparato alado,
cóleras entusiastas, geológicos rencores,
iras les han llevado.
Le han llevado al aire, como un aire rotundo
que desde el corazón resopla un plumaje.
Y ascienden y descienden sobre la piel del mundo
alados de coraje.
En un avance cósmico de llamas y zumbidos
que aeródromos de pueblos emocionados lanzan,
los soldados del aire, veloces, esculpidos,
acerados avanzan.
El azul se enardece y adquiere una alegría
un movimiento, una juventud libre y clara, lo mismo
que si mayo, la claridad del día corriera, resonara.
Los estremecimientos del valor y la altura,
los enardecimientos del azul y el vacío:
el cielo retrocede sintiendo la hermosura como un escalofrío.
Impulsado, asombrado, perseguido,
regresa al aire al torbellino nativo y absorbente,
mientras evolucionan los héroes en su empresa inverosímilmente.
Es el mundo tan breve para un ala atrevida,
para una juventud con la audacia por pluma;
reducido es el cielo, poderosa la vida, domada y con espuma.
El vuelo significa la alegría más alta, la agilidad más viva,
la juventud más firme.
En la pasión del vuelo truena la luz y exalta alas con que batirme.
Hombres que son capaces de volar bajo el suelo, para
quiénes no hay ámbitos ni grandes ni imposibles,
con la mirada tensa, prorrumpen en el vuelo gladiadores, temibles.
Arrebatados, tensos, peligrosos, tajantes, igual que una colmena de soles extendidos, de astros motorizados, de cigarras trémulas, cruzan con sus bramidos.
Ni un paso de planetas, ni un tránsito de toros batiéndose,
volcándose por un desfiladero, darán al universo ni acentos
más sonoros ni resplandor más fiero.
Todos los aviadores tenéis este trabajo:
echar abajo el pájaro fraguador de cadenas,
las ciudades podridas abajo, y más abajo las cárceles, las penas.
En vuestra mano está la libertad del ala, la libertad del mundo,
soldados voladores:
y arrancaréis del cielo la codiciosa mala hierba de otros motores.
El aire no os ofrece ni escudos ni barreras:
el esfuerzo ha de ser todo de vuestro impulso.
Y al polvo entregaréis el vuelo de las fieras abatido, convulso.
Si ardéis, si eso es posible, poseedores del fuego,
no dejaréis ceniza ni rastro, sino gloria.
Espejos sobrehumanos, iluminaréis luego
la creación, la historia.

 
Miguel Hernández

jueves, 9 de marzo de 2017

LOS REFLEJOS INFIELES


LOS REFLEJOS INFIELES

 

Me moldeó muchas caras esta sumisa piel,
adherida en secreto a la palpitación de lo invisible
lo mismo que una gasa que  de pronto revela figuras
emboscadas en la vaga sustancia de los sueños.
Caras como resúmenes de nubes para expresar la intraducible travesía;
mapas insuficientes y confusos donde se hunden los cielos y emergen los abismos.
Unas fueron tan leves que se desgarraron entre los dientes de una sola noche.
Otras se abrieron paso a través de la escarcha, como proas de fuego.
Algunas perduraron talladas por el heroico amor en la memoria del espejo;
algunas se disolvieron entre rotos cristales con las primeras nieves.
Mis caras sucesivas en los escaparates veloces de una historia sin paz y sin costumbres:
un muestrario de nieblas, de terror, de intemperies.
Mis caras más inmóviles surgiendo entre las aguas de un ágata sin fondo que presagia la muerte,
solamente la muerte, apenas el reverso de una sombra estampada en el hueco de la separación.
Ningún signo especial en estas caras que tapizan la ausencia.
Pero a través de todas, como la mancha de ácido que traspasa en el álbum los ambiguos retratos,
se inscribió la señal de una misma condena:
mi vana tentativa por reflejar la cara que se sustrae y que me excede.
El obstinado error frente al modelo.

 

Olga Orozco

 

miércoles, 8 de marzo de 2017

NO BUSQUES, NO


NO BUSQUES, NO

 

Yo te he querido como nunca.
Eras azul como noche que acaba,
eras la impenetrable caparazón del galápago
que se oculta bajo la roca de la amorosa llegada de la luz.
Eras la sombra torpe
que cuaja entre los dedos cuando en tierra dormimos solitarios.

 
De nada serviría besar tu oscura encrucijada de sangre alterna,
donde de pronto el pulso navegaba
y de pronto faltaba como un mar que desprecia a la arena.
La sequedad viviente de unos ojos marchitos,
de los que yo veía a través de las lágrimas,
era una caricia para herir las pupilas,
sin que siquiera el párpado se cerrase en defensa.

 
Cuán amorosa forma
la del suelo las noches del verano
cuando echado en la tierra se acaricia este mundo que rueda,
la sequedad oscura,
la sordera profunda,
la cerrazón a todo,
que transcurre como lo más ajeno a un sollozo.

 
Tú, pobre hombre que duermes
sin notar esa luna trunca
que gemebunda apenas si te roza;
tú, que viajas postrero
con la corteza seca que rueda entre tus brazos,
no beses el silencio sin falla por donde nunca
a la sangre se espía,
por donde será inútil la busca del calor
que por los labios se bebe
y hace fulgir el cuerpo como con una luz azul si la noche es de plomo.

 
No, no busques esa gota pequeñita,
ese mundo reducido o sangre mínima,
esa lágrima que ha latido
y en la que apoyar la mejilla descansa.

 
Vicente Alexandre
De “La destrucción o el amor”

martes, 7 de marzo de 2017

PARA DESTRUIR A LA ENEMIGA


PARA DESTRUIR A LA ENEMIGA

 

Mira a la que avanza desde el fondo del agua borrando el día con sus manos,
aciando en piedra gris lo que tú destinabas a memoria de fuego,
cubriendo de cenizas las más bellas estampas prometidas por las dos caras de los sueños.
Lleva sobre su rostro la señal:
ese color de invierno deslumbrante que nace donde mueres,
esas sombras como grandes alas que barren desde siempre todos los juramentos del amor.

 
Cada noche, a lo lejos, en esa lejanía donde el amante duerme con los ojos abiertos a otro mundo adonde nunca llegas,
ella cambia tu nombre por el ruido más triste de la arena;
tu voz por un sollozo sepultado en el fondo de la canción que nadie ya recuerda;
tu amor, por una estéril ceremonia donde se inmola el crimen y el perdón.
Cada anoche, en el deshabitado lugar adonde vuelves,
ella pone a secar la cifra de tu edad al bajar la marea,
o cose con el hilo de tus días la noche del adiós,
o prepara con el sabor del tiempo más hermoso ese turbio brebaje que paladeas en la
soledad,
ese ardiente veneno que otros llaman nostalgia
y que tan lentamente transforma el corazón en un puñado de semillas amargas.

 
No la dejes pasar.
Apaga su camino con la hoguera del árbol partido por el rayo.
Arroja su reflejo donde corran las aguas para que nunca vuelva.
Sepulta la medida de su sombra debajo de tu casa que por su boca la tierra la reclame.
Nómbrala con el nombre de lo deshabitado.
Nómbrala con el frío y el ardor,
con la cera fundida como una nieve sucia donde cae la forma de su vida,
con las tijeras y el puñal,
con el rastro de la alimaña herida sobre la piedra negra,
con el humo del ascua,
con la fosa del imposible amor abierta al rojo vivo en su costado,
con la palabra de poder
nómbrala y mátala.
Y no olvides sepultar la moneda.
hacia arriba la noche bajo el pesado párpado del invierno más largo.
hacia abajo la efigie y la inscripción:
“Reina de las espadas,
Dama de las desdichas,
Señora de las lágrimas:
en el sitio en que estés con dos ojos te miro,
con tres nudos te ato,
la sangre te bebo
y el corazón te parto”.

 
Si mirar otra vez en el fondo del vaso,
sólo verás ahora una descolorida cicatriz cuyos bordes se cierran donde se unen las aguas,
pero pueden abrirse en otra herida, adonde nadie sabe.
 

Porque ella te fue anunciada en el séptimo día,
--en el día primero de tu culpa--,
y asumiste su nombre con el tuyo,
con los nombres vacíos, con el amor y con el número,
con el mismo collar de sal amarga que anuda la condena a tu garganta.
 

Olga Orozco